Hoy ha sido uno de esos días en los que los recuerdos vienen y van, casi sin previo aviso. Lo compruebo al abrir este cuaderno, donde vuelco mis pensamientos y las historias que la vida me ha dejado.
Recuerdo perfectamente el día en que Sofía trajo al mundo a nuestra hija. El parto fue complicado; los médicos de la clínica de La Paz no tardaron en decirle que no podría tener más hijos. Aquello fue un golpe duro, que resquebrajó nuestro matrimonio. No supe lidiar con la noticia, y me fui distanciando de Sofía poco a poco. No fueron ni seis meses cuando ya no compartíamos ni conversaciones ni penas. Para entonces, ya había conocido a Laura, que pronto me confesó que esperaba gemelos. Sin pensarlo demasiado, dejé a Sofía sola en Madrid, junto a nuestra hija pequeña. Ella, valiente como es la mujer española, enfrentó la maternidad en solitario.
A medida que la niña, Victoria, crecía, Sofía la llevaba a todo tipo de actividades: flamenco, natación, talleres de pintura en el Ateneo y hasta clases de guitarra. La niña tenía un brillo especial en los ojos y una curiosidad desbordante. Desde muy pequeña jugaba a ser profesora con sus muñecas, colocándolas en círculo en su habitación para darles clase. Sofía no se cansaba de observar a su hija, ni de hablar de sus pequeñas aventuras en el barrio de Chamberí.
Victoria se adaptó sin problemas al colegio. Era el alma de su clase, siempre rodeada de amigos y amigas, y no tardó en convertirse en la voz cantante del grupo. En el instituto conoció a su novio, un joven peculiar que prefería ir con ella a los festivales de música de verano o a las jornadas culturales que se organizaban en la universidad. Victoria se enganchó a la batería y Pedro, su pareja, tocaba la guitarra. Fundaron un grupo y empezaron a dar conciertos en pequeñas salas de la ciudad, primero por poco dinero, luego con alguna que otra actuación que les daba para cenar unas tapas en La Latina. Vivían a su manera y, dentro de ese caos, parecían felices.
Los años pasaban y Sofía, lógicamente, miraba con anhelo la posibilidad de tener nietos. Victoria ya tenía veintinueve años y su madre empezaba a hablarle con insistencia del tema.
Hija, ya va siendo hora de que pienses en aumentar la familia le soltó una tarde entre cafés y bizcocho.
Mamá, ¿quieres que acabe como la tía Marisa? contestó Victoria, medio en broma, medio en serio. Tuvo cuatro hijos y no vive más que para ellos. Eso no es vida. Solo cocina, limpia y juega con los críos.
Pero hija, no tienes por qué ser como tu tía. Puedes tener solo uno y ya está.
Mamá, tienes que comprenderlo: no queremos hijos. Y si algún día cambiamos de opinión, adoptaremos. Hay muchos niños que necesitan un hogar.
Pero siempre será mejor tener uno propio. Dale una vuelta, cariño.
Mamá, por favor, no quiero hablar más de esto.
Hoy sé que Victoria terminó confesándole la verdad a Sofía. Quizá, con el tiempo, todo cambie, o quizá no, pero he aprendido que cada uno debe seguir su propio camino y aceptar los deseos y decisiones de los que amamos, sin imponer los nuestros. La vida es lo suficientemente larga como para aprender a dejarse llevar, incluso cuando cuesta.




