— Que vuele sola. A lo mejor allí la secuestran — frunció el ceño la suegra Una sofocante tarde pre…

Que vaya sola. Igual allí la secuestran frunce el ceño Mercedes, la suegra.

La tarde es densa y calurosa en vísperas de vacaciones, de esas que deberían sentirse ligeras, con la casa envuelta en ilusión y nervios alegres.

Pero en el piso de Daniel y Carmen el aire se puede cortar con un cuchillo. En medio del salón, rígida como una estatua, está Mercedes López. Aprieta con fuerza el mando de la tele entre las manos.

¡No pienso permitirlo! ¿Pero es que os habéis vuelto locos? Su voz, entrenada para mandar en las aulas del instituto (Mercedes es maestra jubilada), resuena como una orden.

En la pantalla, congelada, aparece la imagen de un presentador sombrío frente a un mapa color rojo de América Latina, dibujando flechas sobre riesgos y secuestros masivos.

Carmen recoge ropa y doblando camisas para la maleta mantiene una calma que parece imposible. Ya conoce el guion de memoria. Daniel, agotado y resignado, intenta interrumpirla.

Mamá, por favor, déjalo ya. Eso son disparates. Vamos a un hotel normal, con un viaje organizado

¿Disparates? Mercedes levanta los brazos y casi manda el mando a la pared ¡Pero si lo están diciendo en la tele! Carmen os va a arrastrar al desastre. Daniel, hijo, abre los ojos. Iros a México, a esos sitios, ¡es jugarse la vida! Te mandarán por unas cervezas a un callejón y apareces en una nevera, sin riñones, sin hígado, ni nada ¡Y a ella! señala teatralmente a Carmen A ella la venden como esclava o la meten en un burdel. ¡He visto el reportaje!

Carmen deja de hacer la maleta y eleva la vista, tranquila pero firme, hacia su suegra. Sostiene la mirada con una paciencia y calma que a Daniel siempre le ha faltado.

Doña Mercedes habla despacio, sin levantar la voz ¿De verdad usted cree eso? ¿Que cada mexicano es mafioso, cirujano experto y proxeneta a la vez?

¡Ni se te ocurra reírte! No tienes argumento alguno. ¡Esto lo enseñan en el telediario! La gente va allí buscando perder dos duros y lo que mandan a casa son trozos suyos dentro de una caja de Corona.

Daniel suspira y se pasa la mano por la cara.

Mamá, esos reportajes solo asustan a los jubilados para que sigan viendo la tele. Hay millones de turistas

¡Y miles desaparecen cada año! rebate Mercedes Y tú, Carmen, ¿ya tienes los billetes? ¿No los vas a devolver?

Los tengo. No pienso devolverlos responde Carmen sin alterarse Llevamos dos años ahorrando para el viaje. He mirado valoraciones, he leído foros, lo hemos contratado todo con una agencia de confianza. No vamos a meternos en barrios raros ni a salir por ahí de noche. Haremos excursiones, tomaremos el sol en la playa de Cancún, comeremos tacos

Os van a envenenar. Vete a saber qué ponen en esos guisos. Daniel, hijo, te lo suplico, recapacita. Que ella, si quiere, se arriesgue, pero tú quédate aquí, sano y salvo. Algo me dice el corazón de madre.

El silencio se espesa, absoluto. Entonces Carmen toma una decisión que, tal vez, lleva años madurando.

Bien, Mercedes, tiene razón. El riesgo es para valientes. Viajaré sola.

¡Carmen! Daniel se queda helado.

Lo has oído a tu madre. Que presiente desgracias. No puedo cargar con el peso de tus órganos y, mucho menos, condenarte a la esclavitud. Quédate aquí, tomando té con tu madre y viendo tertulias de conspiraciones. Yo me iré al infierno sola.

Mercedes muestra un extraño gesto, entre el triunfo y el desconcierto. Lo había conseguido, pero la decisión inesperada de su nuera le descoloca.

Mejor así, responde al cabo, ya menos florida Te lo has buscado.

Daniel intenta convencer a Carmen, pero ella permanece inflexible. La noche antes del vuelo duermen de espaldas, callados.

¿Y si lo piensas mejor? pregunta él.

Que no responde ella, tajante.

*****

El avión aterriza en Ciudad de México y una ola de aire cálido, denso y picante envuelve a Carmen como una manta.

¿Miedo? Ni rastro. Solo cansancio y una curiosidad que arde. Los primeros días, fiel a su plan, pasea por barrios animados, fascina con los colores de los mercados, degusta sin miedo la comida callejera.

Nadie le roba, incluso los vendedores regatean tímidamente unos cuantos pesos.

Comparte en el grupo de WhatsApp con Daniel y Mercedes (que lo exige) una foto: Carmen sonriente, cóctel en mano, el mar de fondo. Texto: Órganos enteros. Sin propuestas de esclavitud aún. Seguimos informando con ganas.

Daniel le responde con corazones. Mercedes lee en silencio, sin decir palabra.

Al poco, Carmen viaja al sur, a Oaxaca. Allí, en una posada familiar, la dueña, una señora mexicana llamada Lupita, le enseña a preparar mole y sucede algo inesperado.

Lupita, hablándole en un español pausado y lleno de cariño, recuerda a Carmen a Mercedes: se angustia igual por su hija, que trabaja en Ámsterdam.

Mi niña está sola allí, hace frío y la gente es seca, la comida muy rara se queja Lupita mientras remueve la salsa Por la tele dicen que allí hay mucha violencia y nadie te sonríe.

Carmen, al ver esa cara preocupada, de pronto comienza a reír. Se ríe tanto que acaba llorando de la risa.

Lupita la mira desconcertada. A través de gestos y fotos, le cuenta entonces toda la historia de Mercedes, de la tele y aquellas ideas de secuestros y tráfico de órganos.

Lupita la escucha boquiabierta. Y pronto ambas acaban riéndose. Esa risa suena como campanas en la noche.

¡Ay, las madres! exclama Lupita. En todas partes somos iguales. Tememos lo que no entendemos. La tele en México también dice tonterías.

Esa noche, bajo las estrellas que aquí parecen estar a un suspiro, Carmen llama, esta vez por videollamada, a Mercedes.

La suegra aparece con el rostro cansado y receloso.

¿Sigues viva? pregunta, sin más rodeos.

Entera, Mercedes. Todos los órganos en su sitio, mire.

Carmen muestra el patio, sale Lupita con té y dulces, sonríe al ver a la señora austera tras la pantalla.

¡Hola! grita Lupita. Tu nuera es un sol. Cocina de maravilla y está bien cuidada, ¡aquí no hay esclavos! la abraza de lado riendo.

Mercedes se queda muda. Mira con recelo a la mujer mexicana, luego a Carmen, relajada y morena.

¿Y los órganos? susurra, ya sin convicción.

Todo en su sitio, Mercedes. Incluso el apetito me va mejor aquí. Hay gente amable, los sitios son preciosos Lupita, por ejemplo, teme por su hija en Holanda porque la tele lo pinta todo fatal.

Un largo silencio.

Pásame con Lupita dice, repentina, Mercedes.

Carmen le pasa el móvil. Durante diez minutos, las dos mujeres conversan, sin apenas entenderse con palabras, pero comprendiendo el fondo. Lupita sonríe, Mercedes al principio sigue ceñuda, pero poco a poco la expresión se le suaviza.

Cuando cuelga, Daniel escribe: Mamá acaba de apagar la tele. Dice: Ya basta de sustos. Y pregunta cuándo vuelves.

Carmen tarda en contestar. Mira las estrellas sobre Oaxaca, luego hace una foto: ella y Lupita, abrazadas, sonrisa amplia, y lo manda al grupo.

Texto: Ya tengo aliada. Mañana vuelo en parapente. Los riñones siguen bien. Besos.

El viaje de vuelta se hace corto. En Barajas la espera Daniel y, un poco más lejos, con un ridículo ramo de claveles de colores chillones, Mercedes.

No salta a abrazarla, pero tampoco monta un escándalo. Se aclara la garganta y tiende las flores.

¿Qué, sigues entera?

Ya ves. Y sin amos nuevos.

Bueno, bueno gruñe la suegra, encogiéndose de hombros. Ya me contarás ¿Qué tal tu Lupita esa?

De camino al piso, Carmen relata peripecias de templos, mercados, gente buena y anécdotas divertidas.

Mercedes pregunta a ratos. El televisor permanece apagado.

En la pantalla negra se reflejan tres figuras: el marido abrazando a su esposa y la suegra, que parece dispuesta, al fin, a asomarse al mundo sin el filtro catastrofista de los informativos, sino a través de los ojos vivos de quien ha cruzado por el infierno y regresado, no solo intacta, sino feliz.

Ya con el té, Mercedes comenta, como probando reacción:

El año que viene si queréis, podría ir con vosotros. Pero a sitios menos raros.

Daniel y Carmen se miran y sonríen. No esperaban que Mercedes cambiara así de actitud.

Pero días después llega a casa alborotada, roja y nerviosa:

¡No vuelvo a ir a ningún lado! Carmen, has tenido mucha suerte, sin más. Ahora mismo han sacado a un montón de gente de una secta allí. ¡No pienso ir!

Como quieras responde Carmen, encogiéndose de hombros.

Daniel, tú tampoco tienes que ir por ahí. En España también hay maravillas por conocer sentencia Mercedes, con aire solemne.

El hijo niega con la cabeza, resignado, sabiendo que discutir con su madre, al fin y al cabo, es inútil.

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