Déjame contarte algo que me ocurrió no hace mucho. Contraté a una señora de la limpieza para que viniera a la oficina. Es una mujer estupenda, trabajadora donde las haya, siempre aparece antes de tiempo y deja el sitio reluciente en menos de una hora. De hecho, termina todo antes de que llegue el primero de los empleados, lo que ya es decir.
Un día vino a mi despacho a recoger su paga. Venía arregladísima, con un pelo espectacular. Y, te juro, no la reconocí por un instante. Nada más entrar me suelta:
¿Es cierto que los empleados de su empresa tienen descuento en el lavadero de autos?
Te digo, me pilló completamente desprevenido. No tenía ni idea de para qué quería semejante descuento, pero le confirmé que sí, y además le dije que su familia también podía aprovecharlo, que para algo era de la casa.
Pero lo mejor viene ahora. Tenías que ver mi cara cuando apareció al día siguiente en un Mercedes de los caros, con su marido y su hija, que tampoco venían precisamente en utilitarios de cinco puertas. Vamos, que ni en la mejor serie española de sobremesa habría imaginado algo así. Yo, inocente de mí, preguntándome cómo era posible que pudiera permitirse semejantes coches, me enteré de que la señora, ni corta ni perezosa, limpia veinte oficinas al día como la mía… ¡veinte! Y claro, cobra un pastizal cada mes. ¿Te lo puedes creer?
Ahora empiezo a pensar seriamente en pedirle unas clases sobre cómo llevar un negocio. ¡A ver si aprendo de una vez!







