No quiero

¡Ya está bien, Lucía! exclamó indignada ¿Qué más queréis que haga yo? ¡Siempre recae todo sobre mí!

Su marido, Daniel, calló sin atreverse a mirarla. Como siempre, optaba por ese silencio cobarde, como quien espera que los problemas desaparezcan si les da la espalda. Pero nada se solucionaba solo: Lucía era siempre quien terminaba resolviéndolo todo. Trabajaba desde casa como diseñadora gráfica con horarios flexibles, y si bien al principio el sueldo era modesto, tras formarse más, empezó a cobrar mucho más y desde luego, más que Daniel. Con su salario pagaban la letra del coche, los veranos en la Costa Brava o en Menorca, y la compra de electrodomésticos y ropa. Luego vino la baja por maternidad; Lucía apenas bajó el ritmo y llevó adelante el embarazo sin renunciar a ese buen ingreso que tanto le costó conseguir.

Cuando el pequeño comenzó la guardería privada de un barrio acomodado de Madrid escogida con mimo por Lucía, que sólo quería lo mejor para su hijo, ella sintió alivio y aún así no dejó de emplearse a fondo. Ahora, además, esa guardería de élite había que pagarla, pero Daniel confiaba siempre en su criterio para esas decisiones: no era de meterse mucho en esos asuntos.

Vivían en el piso de Lucía, herencia de su abuela. Daniel no tenía su propia vivienda; antes de casarse, vivía en casa de su madre, Carmen Sáez, junto a su sobrina Ana hija de su hermana mayor fallecida hacía tres años en circunstancias de las que nadie quería hablar mucho. Aquello sumió a Carmen en una profunda tristeza y le disparó la tensión.

Cuando Daniel se mudó a vivir con Lucía, Ana estaba en la Universidad y hacía su vida aparte: salía con amigas, se iba de viaje en Blablacar, conocía chicos… apenas pisaba la casa. Carmen, rodeada de soledad y achaques, acudía con todos sus problemas a casa de su hijo. Mejor dicho, a Lucía. Porque de los demás poco podía esperar. Pero a la nieta Ana nunca le faltó de nada: cubría todos sus caprichos con la excusa de que era huérfana y su madre la tuvo fuera de matrimonio De aquello nadie hablaba demasiado; ¿de qué servía escarbar en el pasado?

Así seguía todo, hasta que Carmen terminó ingresada tras un ataque de hipertensión. Aunque en el hospital lograron estabilizarla, volvió a casa totalmente dependiente, sin un horizonte claro de mejoría.

Daniel, como era habitual, eludió implicarse y dejó la carga en Lucía.

Estas cosas se os dan mejor a las mujeres dijo encogiéndose de hombros.

¿A qué cosas te refieres? preguntó Lucía, casi al borde de la risa nerviosa.

Lo de cuidar enfermos, las curas, la rehabilitación musitó Daniel, rascándose la cabeza.

Yo soy diseñadora, no enfermera suspiró Lucía Pero en fin. Iré a hablar con el médico.

La relación entre suegra y nuera era, en el mejor de los casos, un armisticio incómodo. Habían discutido mucho al principio, pero habían aprendido a tolerarse por educación, cada una sabiendo que discrepaban en casi todo. Carmen soportaba a Lucía porque sabía que Daniel nunca aportó realmente en casa: el verdadero sustento lo ponía ella. Carmen apenas veía al nieto. Siempre que se le pedía quedarse un rato con él le dolía la cabeza o le subía la tensión. Lucía nunca pudo contar con ayuda de su suegra.

Ahora tampoco cabía esperar otra cosa: Lucía se ocupó de sacar a Carmen del hospital (ella podía ausentarse porque trabajaba desde casa; Daniel ni plantearlo, el jefe no le daba permiso) y la llevó a su propio domicilio. Decidieron que durante un tiempo, Daniel, Lucía y su hijo vivirían allí para cuidar de Carmen.

Y se instalaron. Pero en solo tres semanas la delgadez de Lucía era tal que parecía un perchero. Compaginaba como podía su trabajo con la atención casi continua a su suegra: cocinaba calditos, trituraba alimentos y la daba de comer a cucharadas, la aseaba, la ayudaba a girarse.

Ana, la nieta, escurría el bulto pero con una elegancia digna de actriz principal: se encerraba en su habitación y apenas se la sentía. Por la mañana universidad, por la tarde ocio. La vida sigue.

Daniel ayudaba lo justo. Lucía, desesperada, trataba de apelar a su sentido de la responsabilidad:

¡Es tu madre, ayúdame un poco! No puedo con todo yo sola…

Buff… no es lo mío… Son cosas de mujeres balbuceaba Daniel He ido a por la compra ¿qué más tengo que hacer?

Las cosas de mujeres eran, en realidad, durísimas. Carmen no mejoraba, se volvió irritable y mordaz, arremetía contra todos y se quejaba a toda hora. Lucía escuchó de su boca cosas que ni imaginaba; según Carmen, Lucía había tenido la suerte de estudiar una buena carrera y de encontrar un trabajo bien pagado donde se pasaba el día tomando té y tocando el ordenador mientras caían euros a espuertas. Daniel, en cambio, pobre desgraciado, no había tenido esa suerte: malos profesores, no logró entrar a la universidad a la primera, luego costosos estudios privados sin mucha gana (pagados a crédito por su madre), todo injusticias de la vida.

Ana también era, para Carmen, ejemplo de superación: ella sí entró en la Complutense por méritos propios; eso demostraba que los maestros lo son todo y mira que Mónica la hermana de Daniel, madre de Ana había tenido que pagarle el colegio exclusivo.

Lucía se tragaba por centésima vez el mismo monólogo y sentía que ya no podía más. Todos eran unos campeones menos ella, que según su suegra, simplemente, había tenido suerte.

Sí, una suerte tremenda pensaba Lucía, irónica, sobre todo con Daniel. ¿Qué vi yo en él? ¿En qué pensaba?

Un día, ya exhausta, sugirió a Daniel que buscaran una cuidadora profesional y que volvieran a su piso.

¿Una cuidadora? se sorprendió él Eso cuesta una pasta… Yo no puedo permitírmelo. Mira a ver si te interesa, contrátala tú, pero la pagas tú, claro.

Hacía tiempo que Lucía y Daniel tenían repartidos los gastos: él pagaba la comunidad y algo de comida, Lucía todo lo demás. Así que cómo no, la cuidadora sería cosa suya. Lucía hervía: Parece que soy la única responsable de todo ¡y aún tienen la cara dura de decírmelo así!

Un día vio claro que no podía más, ni quería. Nada más vestir y dar de cenar a Carmen, y sabiendo que Daniel volvería en hora y media, metió rápidamente unas cosas en una bolsa, recogió a su hijo directamente de la guardería y se marchó a su hogar.

Tengo derecho a vivir, pensó tumbada al fin en su cama grande y mirando sin ver el viejo techo familiar. Estoy en casa… Aquí sólo quiero descansar. No quiero nada más Qué agotamiento…

Llamó a su hijo Leo para la cena. Mientras cenaban juntos, Lucía imaginó las caras de sorpresa en casa de Carmen cuando advirtieran su marcha. Ella no había dejado en la estacada a su suegra: la dejó aseada, alimentada y a punto para que Daniel llegase del trabajo. Había dejado una nota: No puedo más, me marcho. Deseo pronta recuperación a Carmen, por favor no te enfades. Apagó el móvil.

Daniel llegó como un rayo esa misma noche. Lucía ni le dejó pasar del umbral. Hablaron, o más bien se dijeron lo justo. Daniel no expresó ni una palabra de amor ni por ella ni por su hijo; sólo le preocupaba qué iba a hacer sin ella.

Te recomiendo seriamente que contrates una cuidadora. Sabrán mucho mejor cómo hacerlo zanjó Lucía. Y voy a pedir el divorcio. No quiero seguir siendo la bestia de carga de nadie. Adiós.

Daniel se fue con las manos vacías. Lucía encendió de nuevo el móvil a la mañana: podía recibir avisos del trabajo.

Llamó Carmen. Le suplicaba que volviera, que no las abandonara, se disculpó por su actitud, aunque en el fondo sonaban exigencias enmascaradas: Venga ya, vuelve y cumple con lo tuyo.

Lucía le explicó con palabras muy claras lo que hasta entonces nunca se había atrevido a decir: que no le debía nada a nadie; que su hijo y su nieta tenían la vida entera para ayudarle, que ella ya bastante había hecho. Carmen colgó el teléfono indignada.

El divorcio se firmó. De pronto Lucía tuvo el estatus de separada. Pero nada cambió realmente: seguía llevando sola la casa y al niño, pero ahora con menos lastres. Y, paradójicamente, se sentía agradecida a la suerte que le abrió los ojos.

A Carmen la cuidó finalmente una enfermera gracias a que Daniel (¡sorpresa!) buscó un segundo empleo para poder pagarlo; Resulta que sí sabía buscarse la vida, pensó Lucía con una media sonrisa irónica cuando se lo contó Ana, a la que se encontró por casualidad en el parque. Antes de ello, fue la propia Ana quien se ocupó de la abuela un tiempo, demostrándole que sí podía ser responsable y atenta.

Al final, todos aprendieron algo reflexionó Lucía, mientras entregaba el último encargo profesional desde su portátil. Les vino bien a todos, pero sobre todo a mí: por fin he dejado de cargar con el peso de todos. Ojalá no vuelva a cometer el mismo error nunca másPor primera vez en años, Lucía sintió que el aire pesaba menos. Salió con Leo al balcón y, entre las luces de la ciudad y el murmullo lejano del tráfico, lo abrazó fuerte. Leo, con la urgencia de los niños que creen que el mundo es inagotable, le preguntó si algún día volverían a Menorca.

Claro que sí respondió Lucía sonriendo, pero sólo si tú ayudas a elegir el hotel.

Afuera, el verano despuntaba precoz. Lucía respiró hondo, sin miedo al futuro. Habría días difíciles y algún bajón, pero ya sabía que no la romperían. Había descubierto su propio valor en el silencio del hartazgo y la valentía de decir basta.

En el fondo, pensó, la verdadera herencia que había recibido no era aquel piso ni el apellido de nadie, sino la certeza de que cuando dijo no, toda su vida empezó a decir sí.

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