El acto de perdonar: Un viaje hacia la redención

Perdón

Olga nació en una familia acomodada. Su padre era un alto directivo, su madre se quedaba en casa cuidando a la única hija, planchaba los trajes del marido y preparaba conservas.

Habitaban en un pequeño pueblo de la provincia de CastillaLa Mancha; al terminar el colegio, Olga se mudó a la capital para cursar estudios superiores. Allí conoció a Alejandro, se casaron y, al principio, todo parecía ir bien: vivían bajo el mismo techo, tenían buen empleo y una relación de armonía.

Sin embargo, les angustiaba la ausencia de hijos. Recorrieron innumerables hospitales, incluso viajaron al extranjero, y siempre les aseguraban que su salud estaba perfecta. Cada vez que la prueba de embarazo mostraba negativo, Olga derramaba lágrimas. «¿Hasta cuándo?, se preguntaba. ¿Por qué Dios no me concede descendencia si tanto la deseo?»

Un día de descanso, decidió pasear por el parque para despejarse. El tiempo era radiante, los pájaros cantaban y la vida parecía una fiesta, pero en su interior había un vacío. En una banca, una anciana alimentaba a las palomas con maíz. Los pájaros se agolparon alrededor, graznando con entusiasmo. Olga se acercó, tomó asiento a su lado y la anciana, sin decir palabra, le ofreció un sobre con semillas. Ambas empezaron a esparcirlas.

Impulsada por una extraña necesidad, Olga le confesó a la anciana su tristeza por no tener hijos. La mujer escuchó en silencio, sin interrumpir.

Dime, Olga, ¿existe alguien a quien hayas ofendido gravemente y del que hayas querido olvidar? preguntó la anciana.

Olga reflexionó y contestó que no.

¿Estás segura? Tal vez en la escuela insistió la anciana.

Olga no recordaba nada relevante de sus años de instituto; siempre se había considerado una estudiante tímida y reservada, sin enemistades. No mantenía contacto con sus antiguos compañeros y desconocía sus destinos. De pronto, un recuerdo surgió como una punzada en el corazón. En la clase había una compañera llamada Leonor, criada por su abuela, cuyos padres eran poco responsables.

Leonor era extremadamente tímida, aislada, y la llamaban la «bendita». Sufría burlas constantes, pero nunca respondía. A veces llamaba a Olga por el teléfono de casa y conversaban largo rato sobre libros, películas y tareas. En la escuela, sin embargo, Leonor nunca se acercaba a Olga, temía que la criticasen por ser amiga de la «bendita».

Una mañana, Leonor llegó al colegio con una chaqueta y falda, en lugar del uniforme. En el recreo, la cremallera de la falda se abrió y la sujetó con una horquilla. Unos chicos, al ver la situación, se acercaron sigilosamente, desataron la horquilla y la falda cayó al suelo. Se desató la risa; todos se burlaron de Leonor. Olga, paralizada, observó la escena con compasión, pero no se atrevió a intervenir por miedo al escarnio.

Leonor recogió la falda, la ajustó y huyó del aula. Se dirigió al río cercano y, en esa tarde de otoño, se lanzó al agua helada. Nadó sin percibir el frío, hasta que perdió el conocimiento. Un hombre que pasaba por allí la sacó, la cubrió con su chaqueta y llamó a la ambulancia.

La trasladaron al hospital, donde permaneció varios días en coma. Tras despertar, sufrió una grave inflamación por hipotermia; sólo su abuela la visitaba. Los compañeros apenas oyeron la noticia y siguieron su vida. Olga había pensado en visitar a Leonor, pero lo olvidó. Leonor nunca volvió al colegio; se decía que había padecido una afección mental. Desde entonces, Olga no volvió a saber nada de ella.

Ese recuerdo fue el único momento en que Olga sintió vergüenza por su conducta, aunque no hubiera querido herirla. Quiso contarle a la anciana lo sucedido, pero la mujer había desaparecido y las palomas se habían dispersado. Entonces se le ocurrió volver al pueblo de su infancia. Sus padres ya vivían en otro sitio y allí no le quedaban parientes.

Al día siguiente pidió permiso en el trabajo y partió. Le explicó a Alejandro que sus progenitores le habían pedido visitar aquel lugar. Al llegar, se alojó en una pensión y se dirigió de inmediato a la casa de la abuela de Leonor. Nada había cambiado con los años; el pueblo parecía detenido en el tiempo. Tras tocar la puerta, esperó largo rato hasta que la abrió la ancuela.

¿Olga? ¿Qué buscas?

Buenos días. Quisiera saber si Leonor se encuentra en casa.

¿Y a qué viene?

Necesito hablar con ella, por favor.

Pues entra, si ya estás aquí.

Olga cruzó el umbral del cuarto donde Leonor estaba sentada de espaldas, pintando.

Leonor, hola. Soy Olga Beltrán, ¿me recuerdas?

Claro que sí, Olga. ¿Qué deseas?

Olga le relató sinceramente su aflicción, la historia de la anciana y su culpa. Leonor se volvió, y Olga descubrió una mujer hermosa, transformada por los años.

Olga, te esperé aquel día en el hospital, junto al río, todos los días. No te recordé, pero no guardé rencor; entendí que, si te defendía, me ridiculizarían. Yo era la «bendita» Pero en el hospital me sentí devastada, sin nadie más que mi abuela y tú. Guardé resentimiento y, cuando los médicos dijeron que nunca tendría hijos, deseé en silencio que tú también lo sufrieras, como una especie de traición. No pensé que fuera a cumplirse.

Leonor se acercó y tomó a Olga de las rodillas.

Perdóname, Leonor, por no haber corrido a socorrerte, por no haber ido al hospital. Fui egoísta y ahora pago por ello.

Leonor, de carácter bondadoso, la levantó y respondió:

Yo también te perdono, Olga. No guardo rencor, aunque mis pensamientos fueron duros. Quiero ayudarte ahora, aunque no sé cómo.

Tomaron una taza de té, charlaron un rato y Olga partió, prometiendo llamar con frecuencia. El corazón le quedó ligero.

Tres meses después, compró otra prueba de embarazo. Cuando apareció la doble línea, no podía creerlo: estaba embarazada. Llamó enseguida a Leonor, que se alegró al saber que no había sido culpable de su infertilidad. Después informó a su marido y a sus padres; todos celebraron la noticia. El embarazo transcurrió sin contratiempos y dio a luz a una niña a la que llamó Alicia. Leonor aceptó ser madrina con gusto.

Así, la historia recuerda que las palabras de ira y los deseos de maldad vuelven como boomerang a quien las pronuncia. No deseemos el mal a los demás; vivamos en paz y con armonía en el alma.

Rate article
MagistrUm
El acto de perdonar: Un viaje hacia la redención