Salí con una chica de 30 años (yo tengo 42): pensaba que la edad no importaba, pero tras medio año e…

Salía con una chica de treinta años. Yo tengo cuarenta y dos. Pensé que la edad no sería un problema. Pero medio año después comprendí que no estábamos hechos el uno para el otro. La eché de casa tras una bronca.

Nos conocimos en un gimnasio en Madrid. Iba hacia la cinta de correr y ella estaba ya dándole alíptica justo al lado. Me sonrió; yo correspondí. Al acabar, intercambiamos unas palabras junto a la fuente de agua.

¿Vienes mucho por aquí? me preguntó ella.

Casi todos los días respondí.

Se llamaba Jimena, tenía treinta años y trabajaba como responsable de marketing en una empresa tecnológica. Yo, con cuarenta y dos, ingeniero industrial de toda la vida.

Doce años de diferencia pensé: ¿Y qué?. Ambos adultos, formados, con trabajo estable. ¿Qué más da?

Me equivoqué. La distancia era mucho mayor de lo que imaginé. Y no donde yo pensaba.

Los tres primeros meses volaron, todo fácil y agradable

Al principio todo fluía. Nos veíamos un par de veces a la semana: cine, tapeo, paseos por El Retiro. Ella era divertida, enérgica, lista.

¡Mira la peli nueva que han estrenado, me apetece ir! decía.

Genial, vamos decía yo, encantado.

Hablábamos de trabajo, libros, sueños. La intimidad era regular, sin complicaciones. Me parecía la relación ideal.

Algunas cosas pequeñas empezaron a molestarme a los tres meses

Un día, sentados en una cafetería en Malasaña, Jimena me enseñó un vídeo que había visto en TikTok:

¡Mira qué gracioso!

Salía un chico bailando y haciendo muecas. No le pillé la gracia, la verdad.

Bueno, sí, simpático musité, por cortesía.

No lo entiendes, ¿eh? Es que ya eres mayor, esto no es para ti dijo entre risas.

Me incomodó el mayor. Pero lo dejé pasar.

A Jimena le encantaba grabar vídeos, siempre: la comida del restaurante, el atardecer en la playa de la Barceloneta, a nosotros en el coche.

¡Venga, vamos a grabar una historia! Di algo me pidió al volver de un fin de semana en la sierra.

Estoy conduciendo…

Bueno, al menos saluda.

¿Para qué?

¡Para mis seguidores! Anda, no seas soso.

Gruñí un hola a la cámara. Ella soltó una carcajada:

¡Qué gruñón eres! Mi gruñón favorito.

Subió el vídeo a Instagram con la frase mi chiquitín al volante. Odiaba que me llamara chiquitín.

A veces, si se me olvidaba comprar leche o mezclaba las fechas, me decía tontorrón, y me revolvía el pelo riendo.

Eres mi tontorrón decía cariñosa.

Tengo cuarenta y dos años. Llevo veinte trabajando de ingeniero. Y ella me llama tontorrón.

Jimena, no me gusta que me llames así.

¿Por qué? ¡Pero si es de cariño!

Yo lo siento como falta de respeto.

Ay, no te rayes, relájate, eres demasiado serio respondía, divertida.

El episodio clave: el cumpleaños de su amiga

En mayo fue el cumpleaños de su amiga Paula, veintinueve años. Unas quince personas.

¡Hoy conocerás a mis amigos! sonrió Jimena.

Fui.

Todo el mundo era joven, música alta, mesas con tortilla, jamón, vino y cervezas. Entre veinticinco y treinta y tantos años.

Este es Mateo, mi chico me presentó.

Di las buenas tardes, me senté con una copa de Rioja. Escuchaba sus conversaciones sobre la última serie de Netflix, youtubers, memes no entendía nada. Me sentía ajeno.

Paula propuso un juego:

¡Juguemos a verdad o reto!

Dije que sí aunque no sabía bien cómo iba. Tocaron preguntas cómicas, primeras citas, bailes improvisados.

Le tocó a Jimena.

¿Verdad o reto? preguntó Paula.

¡Reto!

Graba un vídeo besando a Mateo y súbelo a stories con el título Mi sugar daddy.

Todos se rieron. Jimena me acercó el móvil:

¡Venga, bésame para el vídeo!

No me aparté.

¿Por qué?

No quiero.

¡Mateo, es un juego! No seas aguafiestas.

Jimena, no me hace gracia. No quiero salir en tus redes como sugar daddy. Me parece humillante.

Silencio. Todo el mundo expectante.

Es sólo un chiste, nadie lo malinterpreta dijo ella colorada.

Yo sí. Lo siento.

Salí a la terraza a fumar un cigarro y a respirar.

Conversación de vuelta a casa

Viajamos en silencio. Ella, seria, mirando por la ventanilla.

Jimena, tenemos que hablar dije al aparcar en Chamberí.

¿De qué?

De nosotros. He entendido algo hoy. Vivimos en mundos diferentes.

¿Qué quieres decir?

Tú vives para las redes, los vídeos, los memes, el qué dirán tus seguidores, que si las historias, las bromas con tus amigos.

Guardó silencio.

Yo valoro otras cosas: el respeto, la intimidad, la seriedad. No me importan los likes. Me importa sentirme bien.

Pero sólo era un juego…

Para ti, sí. Para mí, fue humillante. Me llamas chiquitín, tontorrón, grabas vídeos sin pedírmelo, te ríes de mi edad. No me gusta.

Ella lloró:

No busco hacerte daño…

Lo sé. Pero me lo haces. Tenemos valores diferentes. Para ti son bromas, para mí falta de respeto.

¿No crees que eres demasiado serio, Mateo?

Puede. Pero a mis cuarenta y dos años, no quiero salir en TikTok, ni en juegos absurdos, ni que me llamen sugar daddy, aunque sea en broma.

Ella asintió.

Lo entiendo. Creo que lo mejor es dejarlo.

Así es.

¿Por qué nos separamos y qué pensé después?

Nos separamos con calma al día siguiente. Nada de peleas.

Gracias por este tiempo. Eres buen tío, simplemente somos distintos escribió.

Tú también eres buena persona. Venimos de mundos distintos contesté.

Han pasado cuatro meses. Reflexioné mucho. El problema no era la edad per se, sino que estábamos en momentos muy distintos de la vida.

Jimena, treinta, disfruta del cachondeo, la aprobación, las redes, los juegos y la broma constante. Yo, con cuarenta y dos, busco tranquilidad, respeto, privacidad. Hablábamos idiomas distintos.

Para ella chiquitín es tierno. Para mí, humillante.

Para ella un vídeo en stories es divertido. Para mí, una invasión a mi intimidad.

Para ella lo de sugar daddy era sólo un juego. Para mí, una falta de respeto.

No nos entendimos. No era cuestión de ganas, sino de experiencia y etapas vitales.

¿Hice bien en dejar a una chica doce años menor por pertenecer a mundos distintos, o fui excesivamente serio? ¿Ella tuvo la culpa por no respetar mis límites, o soy yo demasiado sensible?

¿La diferencia de edad es cuestión de carácter, de valores? ¿Está bien que una mujer de treinta llame a su pareja tontorrón y chiquitín con cuarenta y dos años, o es un desprecio disfrazado de cariño?

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Salí con una chica de 30 años (yo tengo 42): pensaba que la edad no importaba, pero tras medio año e…