¿Sabes esa vecina que siempre está al pie del cañón? Cada edificio tiene una mujer que grita desde la ventana si alguien fuma justo bajo su balcón, que se queja de los adolescentes que se pasan la noche en la terraza, y que escribe cartas al administrador por la basura que deja la gente. Si no la conoces, es que eres tú. Exacto, soy yo: la vecina enfadada. No soporto a los vecinos amantes de los perros. Sus canes dejan caca en mi maceta de geranios y peonías. Y peor aún, los que alimentan a los callejeros, porque esos perros no solo hacen sus pilas y entierran huesos entre las flores, sino que también ladran a deshoras, y a veces empiezan a aullar en primavera como si estuvieran en una ópera.
Yo también detesto a los que tienen gatos, porque su piso huele perpetuamente a arenero. Y si los mininos se pasean por la calle, mucho peor. Una vez, una gata negra de la vecina saltó al balcón y casi me hace perder la voz cuando subí a gritar a los niños del piso de arriba. Ya te imaginarás, ¡bingo! No soporto a los niños pequeños. No entiendo cómo puedes querer a esas criaturitas tan frágiles y descontroladas. Mi tía me pidió que cuidara a su sobrino de cinco años y en media hora me dejó el cerebro hecho polvo. Primero jugaba con su camión, luego se abalanzó a la comida, no a la sopa con albóndigas que tenía, sino a toda la bandeja, la tiró por la mesa y, mientras yo lavaba, encontró mi neceser y se acabó mi labial rojo de Chanel. Al menos, no se escuchó durante quince minutos. Después se metió en los filetes y dejó manchas grasientas en la cocina y el pasillo con sus manitas.
Resulta que a los niños no les va bien la comida frita, y al final, con un ataque de acetonamiento, empezó a escupir por todo el apartamento. Por suerte le di carbón activado y todo se calmó, y pude devolver al pequeño a su madre agobiada.
Empecé a pelear con los vecinos cuando tenía quince años. Una anciana del portal me lanzó una mirada que decía ¡Vete a freír espárragos!. Yo, furiosa, le respondí metiéndole en el buzón todos los folletos publicitarios que encontraba en los buzones abiertos: catálogos de ventanas, revistas de remedios milagrosos, anuncios de pulseras para la hipertensión. Cada vez que buscaba la factura de la luz, le aparecían pilas de papelitos. Un día hasta imprimí una factura falsa con un cero más y se la di; la pobre fue al proveedor, se quejó y se quedó sin respuesta.
Mi carácter conflictivo dio un giro cuando reclamé un trozo de maceta bajo mi ventana. Tras varios intentos descubrí que los geranios eran los más resistentes: ni los amantes de los perros que quieren impresionar a sus hembras los roban, ni los beodos se atreven a pisotearlos porque el perfume de esas flores les da náuseas.
Una mañana de primavera encontré, como si fuera una señal divina, un coche aparcado sobre mi maceta. No, no era un coche cualquiera, sino un todoterreno rojo que parecía haber llegado a la zona de guerra de mis flores. Le pregunté a Doña Lola, la vecina de la planta de al lado, quien estaba siempre con sus cinco gatitos bajo el brazo y con la mirada de quien no se pierde ni una rata. ¿De quién es ese cacharro?, le lancé. Lola, con su sombrero de paja, me explicó que era de un vecino del quinto piso que siempre aparca como un matón. No había nadie que tuviera aspecto de bandido, pero sí un chaval que vivía en el piso 33 y que estaba muy débil por el asma.
Después de una larga lista de enfermedades que el vecino del quinto había mencionado, llegamos al punto: el nieto de la anciana ocupaba el piso 33 y estaba reformando. El aire se llenó de tensión y corrí al ascensor para decirle al bandido cuál era su sitio, pero al tocar el timbre nadie salió. El coche seguía allí, como una amenaza negra sobre mis queridas geranias. Golpeé la fría puerta de cuero sintético del portal, pensando que quizá no escuchara el timbre. Ninguno abrió.
Entonces dejé una nota: Estimado desconocido, retire su coche de mi maceta, o no me hago responsable. La metí entre la puerta y el marco. Al día siguiente el coche seguía allí, y mi paciencia se estaba acabando. Salí corriendo a buscar a Doña Lola y le pregunté si había visto al bandido del piso 33. No, había llegado en otro coche, se quedó un par de horas y se fue.
Me dije a mí misma: Si él no lo mueve, yo lo llamaré. Doña Lola tenía su número de teléfono anotado, por si acaso. Llamé y escuché una voz grave al otro lado: ¿Qué pasa?. Le dije que había dejado la nota y que quería que quitara su coche. Él respondió con calma: No pienso moverlo, me gusta donde está. Le dije que lo iba a hacer a la primera, pero su tono era tan serio que casi me olvido de mi enojo. Entonces colgué y traté de quemar el coche con la mirada; nada. Así que saqué mi jarra de vinagre y, al día siguiente, le tiré un puñado de avena sobre el capó. Los pájaros se posaron y picotearon como si fuera un buffet.
Al día siguiente, el coche volvió a brillar como recién lavado, pero con las ruedas sobre el bordillo dejando huellas negras, como si fueran cicatrices en mi corazón. Sentí que era una declaración de guerra. Me puse como una tetera a punto de hervir y salí a la calle, casi tropezando con el gato de la vecina, que llevaba un pez en la boca. ¡Lleva el pez al piso 33!, le grité al felino, y se me iluminó la cabeza.
Esa noche el edificio se quedó sin dormir: los gatos de todo el barrio se reunieron en el pasillo y organizaron una especie de concierto felino frente al piso 33. Yo había rociado un poco de valeriana en la puerta para que los vecinos no se despertaran, pero los mininos se liaron parda y empezaron a maullar como locos. Al día siguiente, el coche volvió a estar allí, y yo, con la rabia a flor de piel, pensé en meter cerillas en la cerradura. No podía permitir que eso quedara impune, así que busqué sal de roca en Google y me la compré.
El siguiente amanecer desperté sin sobresaltos; los gatos estaban tranquilos, yo me preparé un café italiano, casi se me cae la taza cuando el timbre sonó con una fuerza de otro mundo. Abrí la puerta y allí estaba el vecino, con aspecto de un exmilitar, con los pantalones vaqueros azul turquí y una camiseta verde. Sin decir una palabra, se quitó los mocasines sucios y empezó a lavar sus manos con un jabón de aloe. Yo, sin saber qué decir, le respondí: ¿No podías haberlo hecho en casa?. Él, sin perder el ritmo, se echó a reír y tomó mi taza de café, diciéndome que estaba delicioso. Al final, me dijo que había visto a Doña Lola llevar regalitos al piso 33 y que la música había sido demasiado alta.
Le propuse una tregua: Mientras no vuelva a aparcar sobre mis flores. Él aceptó, pero con la condición de que yo no pusiera más cerillas en su cerradura. Al día siguiente, el coche volvió a aparcar, pero esta vez yo le puse una cinta roja alrededor del capó, como señal de no pasar.
Al final, la guerra de los vecinos sigue, pero al menos ahora tengo mi maceta de geranios a salvo, mi café sin interrupciones y una historia que contar cada vez que suene el timbre. ¡Y cuidado con los gatos con pescado, que pueden ser más peligrosos que cualquier bandido!





