Vaya, ¡qué despistado eres!

¡Basta, Javier! No puedo seguir así, me voy a divorciarme.

Las palabras salieron de los labios de Elena con una ligereza casi cotidiana. Ella misma se sorprendió de lo fácil que resultó. Años de amargura acumulada, noches en vela esperando a su marido hasta el amanecer, inventando excusas, todo se condensó en dos breves frases.

Javier giró la cabeza hacia ella. En su rostro se dibujó una expresión que rozaba la perplejidad.

Vamos, ¿en serio? ¿Por qué?

Por qué, esbozó Elena una sonrisa amarga. Por el perfume ajeno impregnado en sus camisas. Por los mensajes que descubrí por accidente. Por la forma en que te miraba a través de mí, como si fuera un mueble viejo que ya debería desecharse, pero al que no tiene mano para levantar. Por la compañera de la oficina. Por la vecina del piso de arriba. Por la camarera del café donde celebramos nuestro aniversario.

Por todo eso encogió los hombros. Estoy harta.

El proceso de divorcio se alargó varios meses y resultó tan agotador que Elena a veces se olvidaba de comer. El juzgado, los papeles, las interminables audiencias se convirtieron en una pesadilla densa de la que no podía salir. Asistía a la sala con un vestido viejo, aquel que había usado antes de quedar embarazada. La tela tiraba en sus caderas, la cremallera trasera no llegaba a cerrarse del todo, y ella lo tapaba con un cárdigan el único que aún no estaba lleno de bolitas y mangas estiradas.

Javier estaba sentado frente a ella, impecable en un traje nuevo. La chaqueta le quedaba perfecta, la corbata era la última moda, con un estampado extravagante. Elena contempló esa corbata y trató de recordar la última vez que había comprado algo para ella. Hace dos días apenas había encontrado dinero para comprarle a Arturo botines de invierno. Casi nuevos, por cinco euros, en una zapatería del barrio vecino. Mientras subía al autobús atestado, pensaba en los pantalones que necesitaba su hijo, en una chaqueta y en un gorro para el verano.

Entonces el abogado dejó sobre la mesa unos documentos impresos.

Según el extracto bancario dijo con voz firme y profesional, en los últimos dieciocho meses el demandado ha gastado en restaurantes y establecimientos de ocio una suma equivalente al presupuesto anual de la familia.

Elena miró las cifras sin poder traducirlas a una imagen coherente. Restaurantes, ocio. Una línea aislada mostraba una floristería, y ella sabía con certeza que él nunca le había regalado ramos. Joyería: pendientes, colgante, anillo. Joyas que nunca fueron para ella.

Mientras tanto, Elena se preguntaba si podría comprarle a Arturo un plátano. No una manojo, solo uno, porque un manojo ya era un lujo. Cortaba manzanas en finas rodajas para que duraran varios días. Cocía avena con agua, porque la leche había subido de precio, y se bebía té sin azúcar, convenciéndose de que así cuidaría la figura.

Javier tosió y ajustó la corbata.

Son mis ganancias personales. Yo las he conseguido.

Al terminar la audiencia, Javier la alcanzó en el aparcamiento, la agarró del codo y la giró hacia él.

¿Crees que vas a ganar algo? su voz rezumaba veneno. Me llevaré a Arturo. ¿Me oyes? Lo llevaré.

Elena lo miró en silencio, al hombre con quien había compartido cinco años, al que le dio la vida a su hijo, al que la había dejado embarazada, había perdido el empleo, la cualificación, incluso a sí misma.

Eres una inútil prosiguió, triunfante. No sabes nada. ¿Qué le puedes dar? ¿Pobreza? Yo le criaría un hombre, no un desastre. Y los alimentos los pagarás tú, no al revés.

Inútil, esa palabra la había pronunciado antes.

Eres una inútil, no comprendes lo elemental.
Eres una inútil, otra vez lo olvidas.
Eres una inútil, ¿qué te falta?

Y Elena lo aceptaba porque amaba, porque era familia, porque así debía ser.

El exmarido siguió llamando, exigiendo que ella entregara al niño para que no lo corrompiera, para que no gastara la pensión en cosas sin sentido.

Una de esas llamadas la hizo perder la paciencia.

Está bien dijo. Llévatelo.

Al otro lado del auricular se instaló el silencio.

¿Qué?
Dije que estaba bien. Lo llevo mañana.

Y lo llevó.

Arturo apareció en el pasillo del piso de Javier: pequeño, con una mochila con forma de dinosaurio y una bolsa donde Elena había metido su pijama favorita, un libro de astronomía y un conejito de peluche con la oreja arrancada. Javier miró a su hijo como si acabara de surgir del aire.

Pues ahí tienes colocó Elena la bolsa en el suelo. Créanle.

¿Mamá? tremó la voz de Arturo.

Elena se sentó frente a él, lo abrazó con fuerza, enterrando su nariz en su cabeza y respirando el aroma del champú infantil y del sol.

Pasa un tiempo con papá, ¿vale? Será como una aventura. Yo estaré llamándote cada día.

Salió sin mirar atrás, dobló la esquina, se apoyó contra la pared y se deslizó por ella, apretando las manos contra el rostro. Dios mío, ¿qué está haciendo? Estaba harta de las llamadas de Javier, de su voz y sus reproches.

Lila, soy yo… balbuceó Javier una hora después. ¿A qué hora lleva Arturo al cole? ¿Mañana o…?

¿Al cole? parpadeó Elena. Javier, él va al cole todos los días de lunes a viernes, a las ocho de la mañana. ¿No lo sabías?

¿Cómo iba a saberlo? Está bien, lo arreglaré.

No lo arregló. Esa misma noche dejó al niño con la vecina Valentina, por unas horas, mientras resuelvo cosas, y desapareció.

Cuatro días después sonó el teléfono. Apareció el número de la exsuegra, Doña Valentina, y ella dejó escapar una sonrisa corta y airada antes de responder.

¿Has perdido el sentido de la moral? exclamó con furia. ¿Entregas al niño y te vas de fiesta? Yo, con mis sesenta años, tengo la presión. ¡Me está doliendo!

No se lo entregué a usted respondió Elena con serenidad. Lo entregué al padre, que, como recordará, quería criarlo como a un verdadero hombre, se golpeaba el pecho, prometía, amenazaba con ir a juicio.

¡Él trabaja! ¡No tiene tiempo!

¿Y yo, cuándo tengo? Yo también trabajo, todos los días, y lo manejo sola.

Pero él…

Doña Valentina interrumpió Elena, le entregué a Arturo a Javier por su propio pedido. Que lo críe como prometió. No puedo ayudarle más.

El silencio se coló en la línea, seguido de un pitido.

Dos días después, Doña Valentina volvió a llamar, con la voz cansada y desinflada.

Ven, recoge a Arturo. No puedo más.

Elena llegó al atardecer. Arturo salió corriendo, se aferró a sus piernas, y se apoyó con la cara contra su vientre.

Mamá, mamá, mamá…

Lo repetía como un conjuro, y Elena le acarició la cabeza.

Ya basta de aventuras, pequeño. Vamos a casa.

Doña Valentina permanecía en la puerta, cruzada de brazos, con una expresión de irritación que no era arrepentimiento, sino la frustración de un plan que había fallado. La nuera resultó no ser tan inútil como todos pensaban.

Javier desapareció. No llamó, no escribió, no apareció con más exigencias ni amenazas. Simplemente se esfumó. Sus padres tampoco volvieron a visitar al nieto. Sólo aparecieron una vez, años después, cuando Arturo ya tenía siete, estaba en segundo de primaria, nadaba y coleccionaba piezas de LEGO.

El niño abrió la puerta y miró a los extraños.

¿A quién buscan? preguntó.

¡A Arturo! exclamó Doña Valentina con los brazos al aire. ¡Somos la abuela y el abuelo!

Arturo frunció el ceño y se volvió.

Mamá, hay gente aquí.

El diálogo fue breve y desagradable. Doña Valentina se quejó de que el nieto no la reconocía, no se acercaba, no lo abrazaba. El señor Nicolás movía la cabeza y murmuraba algo sobre la educación moderna.

Se fueron, dejando como último comentario que el chico era terrible, malcriado y tan inútil como su madre. Elena cerró la puerta tras ellos y soltó una carcajada. ¿Qué esperaban?

El tiempo pasó rápido. Arturo cumplió once años. Se había vuelto alto, semejante al padre de Elena, heredó la barbilla obstinada y la mirada aguda y burlona. No preguntaba por su padre. Tal vez algún día lo hará, y Elena responderá con sinceridad, sin adornos ni amargura. Por ahora, siguen adelante, sólo ellas dos.

El pasado volvió de golpe, en forma de su amiga Cata, llorando en la cocina, con tinta corrida por las mejillas.

Él amenaza con quitarle a Sergio sollozaba Cata. Dice que va a contratar a un abogado, a reunir papeles… No sé qué hacer.

Elena le sirvió un té, acercó la azucarera.

Cata, sonrió con una esquina de los labios, ¿quieres un consejo?

Cualquier cosa. Me estoy volviendo loca.

Entrégale al padre al niño tú misma.

Cata se quedó paralizada, taza en la mano.

¿Qué?

Empaca tus cosas, lleva a Sergio al padre. Dile: críalo. Y vete. Tres días levantó Elena tres dedos, quizá menos. Y tu problema quedará resuelto de una vez.

¿En serio?

Totalmente. Lo he probado.

Cata la miró desconcertada, con una chispa de esperanza.

¿Y después?

Después Elena tomó otro sorbo y se recostó en la silla, vivirás normalmente. Sin esas personas que solo te sirven para marcar la casilla familia en las redes sociales.

Recordó a Javier, a sus padres. Todo quedó atrás. Pero ella había aprendido la lección, y la había sacado con sobresaliente.

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