¡Mira, allí está! ¡Te lo aseguro! susurró una mujer de porte distinguido a un hombre con pinta de no romper un plato. Vamos a observarla un par de minutos.
Una niña de unos cinco años jugaba tranquila en el arenero, construyendo un castillo digno de una princesa. De momento, aquello parecía más una montaña de arena que otra cosa, pero Claudia demostraba una determinación cabezota para no necesitar ayuda de adultos: ¡ella podía sola! Además, aún quedaba excavar el foso y hacerle una cueva al dragón, que en todo reino que se precie debe haber un dragón guardián.
Era pleno verano, con el sol español brillando con ganas. Afortunadamente, Claudia estaba cubierta bajo una sombrilla instalada por sus padres, así que ni pizca de incomodidad por su parte. Con quien no se parecía el día tan llevadero era con sus padres, que huían de la solanera. Por miedo a una insolación, la madre de Claudia se retiró a la sombra, enviando a su marido a por unos refrescos y helados. Unas llamadas inoportunas la distrajeron unos minutos, y ese breve descuido fue justo lo que los observadores necesitaban.
Hola, guapa dijo una mujer de formas imponentes sentándose descaradamente junto a la niña, haciéndola apartarse, intimidada. Perdió el equilibrio y acabó aplastando gran parte del castillo. Se le llenaron los ojos de lágrimas: ¡su obra maestra, destruida por culpa de unos metomentodos!. No llores, mujer, si esto no es más que un poco de arena. Si quieres, yo te hago aquí uno de verdad.
¡MAMÁ! Claudia inhaló aire con fuerza y puso en práctica todas las lecciones de autoprotección que le habían enseñado en la guardería y en casa, gritando con pulmones de soprano.
En un rápido movimiento, la peque se deslizó fuera del arenero, esquivando, como quien evita un toro en San Fermín, los brazos de un desconocido grandullón que intentó retenerla.
Al oír aquel grito agudo, Lucía salió corriendo hacia su hija, dejando caer el móvil por el camino. Una voz preocupada todavía hablaba al otro lado del teléfono, completamente ignorada.
Mi niña abrazó a Claudia. ¿Qué ha pasado, vida mía?
¡Allí… esa señora rara! ¡Y ese señor también! ¡Me ha querido coger! ¡Mamita, qué miedo!
En ese momento apareció también Pablo, el padre, portando los helados como quien carga la copa de la Champions. En cuanto vio que su hija estaba ilesa, encaró a los dos individuos sospechosos con esa mirada de no te acerques o la lías.
La mujer, de unos sesenta años, apretó los labios, con expresión avinagrada, clavando los ojos en esa escena familiar. Esa niña… No cabía duda: ¡es su nieta! Mismo pelo, mismo color de ojos, misma cara que Óscar de pequeño… sólo que en femenino, claro.
Te has ido bien lejos dijo la mujer con desdén, clara referencia a su exnuera. Y encima me quitas a mi nieta, ¡a la otra punta del país!
Pablo, lleva a Claudia a casa, que ya me encargo yo de esto dijo Lucía, confiando en su marido como quien entrega un lingote de oro al Banco de España. Y llama a mi padre, mejor que venga alguien de los suyos.
¡Eh, no te atrevas! ¡Quiero conocer a mi nieta! chilló la mujer, aunque ni por asomo intentó seguir al hombre. Dos metros de altura, más fuerte que un toro de lidia… ¿En qué estaban pensando viniendo solos? Haber investigado antes si Lucía seguía casada…
Doña Mercedes, entornó los ojos Lucía, mirando a la señora con una mezcla de asco y paciencia de santo, ¿pero de qué habla usted? ¿Nieta? ¿O le falla ya la memoria? Le refresco la historia…
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¿Y cómo va mi futuro nieto? preguntó ansiosa Mercedes al recibir al hijo y a la nuera de vuelta del hospital.
Vamos a tener una niña, ya se lo dije respondió Lucía, con esa media sonrisa tensa de quien desearía ver la puerta cerrarse tras la suegra. Mercedes estaba tanto tiempo en su casa, que sólo faltaba verle el pijama colgado detrás de la puerta. Lucía estaba harta de tener que encerrarse en el dormitorio para esquivar sus visitas, fingiendo estar pocha.
Imposible. El médico se ha equivocado, claro sentenció Mercedes. En la familia de los Gutiérrez sólo nacen chicos. ¡Siempre!
¿Por eso desheredó usted a su hijo mayor? ¿Porque su esposa tuvo una niña? replicó Lucía, sarcástica, tras aguantar la misma cantinela mil veces.
¡Es que no era su hija! explotó Mercedes, odiando recordar ese episodio Esa tal Sonia le engañó como a un chino. ¡A mí no me engañan! ¡Pero él, tonto, fue y se lo creyó! Por seguirle el rollo a una… muchacha… casi escupió esa última palabra.
Sonia le enseñó las pruebas de paternidad, cinco veces las leyó usted misma. No engañe más, que todos sabemos que son auténticas.
¡Eran falsas! ¿Cómo osas dudar de mi palabra? ¡Niñata insolente…! Mercedes estaba a punto de montar el número, pero decidió aguantar. No conviene. Con el estrés igual pasa algo con el bebé y un heredero hace mucha falta en esta familia. Todas mis amigas ya tienen nietos, y yo…
Bueno, yo me voy a tumbar, si no le importa. Me duele la cabeza…
Lucía se encerró en el dormitorio, rezando para que aquel vía crucis se acabara pronto. Amaba a Óscar, sí, pero ¿hasta qué punto podía tolerar a su suegra? Su madre, más lista que el hambre, se lo advirtió: Mejor pon tierra de por medio, hija.
Intentó hablar con Óscar sobre mudarse, pero él tenía alergia a la idea.
¿Cómo iban a dejar a Mercedes sola? ¿Y su padre? Si para algo servía era para calentar sofá… ¿El hermano? Ese ni hablaba con su madre después del escándalo. ¿Pruebas de ADN? Bah, una hoja cualquiera, eso lo falsifica hasta un cuñado…
Entonces Lucía intentó algo más sencillo: que al menos la suegra espaciera sus visitas e intentara mandar menos en su casa.
¡Mi madre quiere lo mejor para nosotros! protestó Óscar, escandalizado. Nos da buenos consejos, te ayuda con la casa… ¡Deberías agradecérselo! Siempre desapareces en el dormitorio…
¡Desaparezco porque tu madre me tiene frita! Ya Lucía no aguantó. ¡Al próximo numerito, ni ve a su nieta! Me vuelvo con mi padre, ¿te queda claro? Y mi padre es comisario, no sé si lo recuerdas.
A partir de aquel ultimátum, Mercedes aflojó un poco. Siguió viniendo a diario, pero redujo el tiempo de sus visitas y aparcó sus críticas. Lucía, por su parte, no se hacía ilusiones: cuando aquella mujer ahorrara energías, volvería a la carga.
Además, no podía soportar que la suegra no tolerara la idea de una nieta. Quería un nieto y punto; los Gutiérrez sólo tienen varones. El conflicto con el hijo mayor era un monumento al chauvinismo familiar.
Óscar iba por el mismo camino. ¡Nada de hijas! Sólo aceptaba un varón, y miraba las ecografías con la desconfianza de un árbitro en el Bernabéu.
Si nace una niña, os largas las dos le espetó Óscar un día, pasada la cuenta de copas. Eso significará que no es mi hija. No soy como Alberto, a mí no me la cuelan.
Estas palabras despejaron todas las dudas de Lucía: aquel matrimonio había terminado su función. ¿Divorcio? Claro, si hasta su padre tenía contactos…
Y llegó el gran día. Nació una niña, como ya estaba cantado. Óscar armó una buena en la propia habitación, asustando hasta a la compañera de cama de Lucía, una estudiante que casi se esconde tras la cortina. Duró poco el show: la seguridad hospitalaria le acompañó amablemente hasta la puerta.
Al día siguiente, Mercedes también apareció a insultar, aunque con menos volumen tras ver lo rápido que expulsaron a su hijo. Cuando empezó a repetir argumentos, entró un hombre uniformado, marcando galón, y la señora salió disparada del hospital tras una mirada amenazadora (y un par de advertencias añadidas sobre difamación).
Óscar, sin perder tiempo, corrió a solicitar el divorcio. Cuando le recordaron que, por ley, hasta que la niña no cumpliera un año no podía divorciarse, presentó demanda impugnando la paternidad.
El abogado, incrédulo, se llevó las manos a la cabeza. ¿En su estirpe nunca nacen niñas? ¿Estamos en la Edad Media? Le dijeron que, sin prueba de ADN, no había nada que hacer.
Dudo que gane esto admitió el abogado. Y su hermano también tiene una hija…
¡No es suya!
¿Y las pruebas?
¡Falsificaciones!
El juez aceptará la prueba si la piden…
Estoy seguro de que no es mi hija…
Con todo, ni hizo falta llegar tan lejos. Lucía simplificó, aceptó la demanda y se quitó de en medio a toda la familia Gutiérrez. Mejor así, quién sabe si el padre no querría aparecer dentro de unos años… Mejor madre soltera y que nadie dispute nada.
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¿Y ahora qué? ¿Recuerdan ya? ¿Por qué no vino Óscar, por cierto?
Óscar… falleció respondió Mercedes con tono grave, no sin dramatismo. Y tu hija es todo lo que me queda de él. No sufras, la cuidaremos bien, la haremos toda una mujer de provecho…
¿Vosotros? ¿A mi hija? ¿Por qué motivo? Lucía bufó, furiosa. Ni tú ni tu hijo sois nada para mi niña. Y eso ya lo dijo el juez. Si vuelvo a veros cerca de Claudia, voy directa a la comisaría. Intento de secuestro. Mi padre es muy respetado en Madrid, así que no contéis con indulgencia.
¡No entiendes! ¡No nos queda nadie más!
Tienes otro hijo. Alberto también tiene una hija. Ve a visitarlos a ellos.
Ni nos quiere ver… la mujer bajó la mirada. Por primera vez, comprendió la magnitud de su error.
Todo un caballero, sí señora asintió Lucía con aprobación. Nos has amargado la vida, ¿y todavía tienes cara de pedir algo? ¿Te recuerdo cómo llamabas a mi niña?
¿Señora Lucía Gutiérrez, problemas? Un par de agentes llegaron a paso firme, reconociendo a la hija del comisario.
Sí, un leve contratiempo. Por favor, acompañen a estas personas a la estación y asegúrense de que abandonan Madrid.
Pero…
Ni pero ni pera atajó uno de los agentes, avanzando un paso. El dúo Gutiérrez recularon a velocidad récord, para regocijo de Lucía. Por aquí, por favor…
Lucía volvió a casa cantando. ¡Qué gloria de día! Sólo una idea turbia cruzó su mente y la hizo torcer el gesto:
Habrá que vigilar a estos Gutiérrez… Que no se asomen por nuestro barrio ni para comprar pan. Se lo diré a papá, que seguro que lo soluciona enseguida…







