La niña no deseada —¿Cómo queréis llamar a vuestra pequeña? —El doctor, ya mayor, sonreía con profe…

¿Y cómo vais a llamar a la pequeñina? preguntó el doctor, un hombre mayor con esa sonrisa de quien ya ha visto a todos los bebés del mundo, mirando a su jovencísima paciente.

Todavía no lo hemos decidido se apresuró a contestar Natalia, sentada en la silla junto a la cama. Es una decisión importante, Inés tiene que pensárselo bien.

No quiero ponerle ningún nombre. Dijo la joven madre, pillando a todos a contrapié. Ni pienso llevármela a casa. Voy a firmar una renuncia.

¡Pero qué disparate estás diciendo! saltó la mujer, lanzándole a la chica una mirada fulminante antes de volverse al médico. No sabe ni lo que dice, claro que la niña vendrá a casa.

Vuelvo luego, descansad un poco zanjó el médico, que no veía la hora de escaquearse de la tormenta familiar.

Apenas la puerta hubo dado el portazo, Natalia se abalanzó sobre Inés con reproches de esos que, si no matan, dejan muesca.

¿Cómo te atreves a soltar semejante barbaridad? ¿Qué va a decir la gente? Bastante tuvimos que mudarnos a Valladolid para pasar desapercibidas y ahora ¡Este bebé debe quedarse en nuestra familia!

¿Y de quién es la culpa? contratacó Inés, mirándole sin pestañear. Si me hubieras escuchado, nada de esto habría pasado. Podría haber acabado el bachillerato y planeado mi vida, así que si el bebé te hace ilusión, quédatelo tú.

Dicho esto, Inés se dio la vuelta hacia la pared, dejando claro que aquel monólogo tenía fin. Natalia aún intentó reconducir a su hija un par de minutos, pero en ese momento asomó la enfermera y la invitó a salir: la paciente necesitaba reposo.

Inés se quedó sola y lloró de todo menos de alegría, enterrando la cara en la almohada y pidiendo al universo que todo se esfumara pronto.

Un golpecito tímido en la puerta la obligó a recomponerse. Secó las lágrimas, respiró hondo y murmuró:

Adelante.

Pensó que sería alguien del hospital o con suerte, su padre, pero la mujer que entró le era totalmente desconocida.

¿Te puedo ayudar? Le costaba la vida mantener esa pose de serenidad.

He escuchado así, de casualidad Los médicos cotilleaban cerca de mi habitación. La mujer parecía hecha de dudas.

Sí, voy a dar a mi hija en adopción. Es cierto. Eso es lo que te preguntabas, ¿no?

Vi a tu madre

¡No es mi madre! saltó Inés, dejando a la ultracalmada Inés en la cuneta. Es solo mi madrastra, que se cree la duquesa de Alba. Mi madre trabaja en el extranjero.

Perdona, no quería herirte musitó la mujer, ahora más cortada que un queso curado. Es que tengo tres críos y he pasado por cosas parecidas. Además, crecí en un centro de acogida y me da mucha pena tu hija. Ella no tiene culpa de nada.

A los bebés tan pequeños los adoptan enseguida, me lo han dicho Inés se encogió de hombros. Yo ni siquiera puedo mirarla, mucho menos cogerla. Si Natalia no se hubiera metido, yo ahora mismo no estaría aquí.

Pero ya eres mayor, tendrás dieciséis o diecisiete, ¿no? Podías decidir

¡Menuda vergüenza! replicó Inés, imitándola. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara?

No llego a entender

Te lo cuento, anda Inés esbozó una sonrisa torcida. Igual así dejas de juzgarme.

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El último año de Bachillerato fue una auténtica pesadilla para Inés. No solo se habían llevado a Paco, su gran amor, a cumplir la mili, sino que encima a su clase llegó un repetidor de Madrid, exiliado allí por su padre como castigo a sus desmanes principescos. El chico, Luis, empezó a coleccionar conquistas entre las compañeras solo por sumar puntos; de hecho, por eso lo habían desterrado: el padre estaba al borde de la desheredación del escándalo.

Luis repartía regalos caros, invitaba a la pandilla a discotecas y restaurantes pijos y las chicas caían como moscas, cada una soñando con ser la futura señora de azucarillo.

La única que resistió fue Inés, porque ella tenía claro que Paco era el único para ella. Al principio Luis pareció desistir y empezó a encandilar a otras. O al menos eso pensó ella.

Qué ingenua.

En diciembre, una amiga suya celebró el cumpleaños en casa. Allí fue toda la clase, y Luis se apuntó, como buen rey del lote. Aunque no parecía interesado en festejar nada en especial.

En mitad de la fiesta, a Inés la llamaron por teléfono. Salió al pasillo para hablar, y cuando volvió, Luis estaba sentado justo en su silla. No le dio importancia hasta que empezó a sentirse fatal…

A la mañana siguiente, Inés apenas podía abrir los ojos. A su lado, Luis sonreía con cara de campeón.

Vaya, tanto hacerse la difícil le dijo él, como si tal cosa. Considéralo una compensación. Tu Paco, ese sí que es pringado de verdad.

Llegar a casa le costó el triple. Se tambaleaba, le daba vueltas la cabeza y la gente la miraba como a una resaca ambulante.

Ni intentó sacar la llave: timbró. Sabía que Natalia estaba dentro.

¿Dónde te has metido, niña? soltó su madrastra en cuanto le vio la cara. Sin venir a dormir, sin coger el móvil ¡Y en qué estado vienes! Como te vea tu padre

Llama a un médico y a la policía la interrumpió Inés. Quiero denunciarlo, que le metan en la cárcel.

Natalia la miró de arriba abajo y enseguida ató cabos.

¿Quién ha sido?

Luis, ¿quién si no? No hay nadie más con tanta caradura. ¿Llamas tú o llamo yo?

Espera un momento Natalia siempre viendo la pela. Lo van a tapar igual, niña. Mejor hablo con el padre y nos paga una indemnización.

¿Pero tú estás loca? ¡No quiero dinero, quiero que pague!

¡Tú no vas a ningún sitio! La arrastró de nuevo al cuarto cerrando la puerta con llave. Inés no tenía fuerzas ni móvil para pedir ayuda. La cama la absorbía como un agujero negro

Unos días más tarde, Inés fue a casa de su abuela la pobre mujer, que vivía a cien kilómetros de su pueblo y de milagro se mantenía en pie, y allí, a fuerza de disimulo, ocultó todo para no preocuparla.

Al mes siguiente, supo la peor noticia: estaba embarazada.

Natalia daba saltos de alegría. Ese niño aseguraba el futuro a lo grande. El abuelo pagaría como siempre para tapar el asunto del petit Luisillo. Había que mantenerlo en secreto por lo menos cinco meses y cruzar los dedos.

A Inés nadie le preguntaba. La sola mención de interrumpir el embarazo provocó en Natalia un melodrama digno de culebrón, e impuso una vigilancia que ni el CNI.

El abuelo no estaba nada contento, pero soltó el dinero. Prometió enviar más mientras la situación siguiera bajo control.

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¿Ya lo ves? Todo lo que he tragado por culpa de este bebé Paco me dejó, no se creyó nada de lo que le conté. Las amigas me dieron la espalda, nos mudamos, ni siquiera pude acabar el insti.

Perdóname, no sabía nada de esto La mujer tenía el corazón encogido. Pero la pobre niña sigue sin tener culpa.

¡Inés, tenemos que hablar muy en serio! apareció de pronto Natalia, arrastrando al padre a modo de saco. Miró a la visita de reojo y le indicó. Esto es un asunto familiar, por favor.

La mujer salió, lanzando a Inés una mirada de ánimo.

No vas a fastidiarme los planes ahora. Si dejas aquí a la niña, olvídate de volver a casa. ¿Dónde irás? Tu abuela murió, el piso se lo quedó tu tío. ¡A pedir a la Plaza Mayor vas a acabar!

No, se vendrá conmigo entró entonces una mujer elegante, de pelo corto platino y aire cosmopolita. A Inés se le iluminó la cara.

¡Mamá! ¡Has venido!

Claro, hija, cómo te iba a dejar tirada Celia la abrazó fuerte. Si me lo hubieras contado todo, te habría traído conmigo a Málaga hace meses. Pensé que aquí terminarías el instituto más tranquila

Yo creía que no querías saber nada de mí sollozó Inés. En el fondo seguía siendo una niña.

Alguien me aseguró que tú no querías hablar conmigo Los regalos llegaban de vuelta, nunca podía localizarte. Pensé que no me perdonabas. Pero bueno, y le secó las lágrimas a Inés con cariño ahora nos vamos, y todo esto se quedará atrás

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Inés se fue con su madre. Natalia, convencida de que había pillado el gordo del Euromillón, se quedó con el bebé esperando una lluvia de euros. Pero cuando el abuelo se enteró del pastel, fue directo a Valladolid, recogió a su nieta y la llevó a su propio piso en Madrid. Luis tuvo que reconocer a su hija, por mucho que le fastidiara.

Inés ahora vive feliz. Está al lado de quien nunca le falló, su verdadera familia, y ha demostrado que a veces, lo mejor que puedes hacer es empezar de cero, aunque sea en otra ciudad, aunque sea en otro idiomaPor fin, después de tantos meses en gris, el mundo de Inés empezó a llenarse de colores nuevos. Paseaban por la playa de Málaga cogidas de la mano, aprendiendo a vivir juntas después de tanto tiempo separadas. Celia le escuchaba de verdad; a veces no hacía falta decir nada, solo estar. Inés, poco a poco, volvió a reír. Y cuando una tarde se atrevió a confesarle todo el miedo, la rabia y la culpa, Celia la abrazó tan fuerte que se le aflojaron los nudos del alma.

La vida siguió adelante. Volvió al instituto con un nombre distinto en la matrícula y una historia que ahora sí le pertenecía. Hizo nuevos amigos e incluso, muy de vez en cuando, le mandaba una foto a su padre para enseñarle lo bien que le iba. No hablaba de la pequeña ni de lo que quedó atrás: era algo muy hondo, un secreto entre cicatrices, pero la herida empezó por fin a curarse.

Un día, muchos años después, Inés recibió una carta manuscrita desde Madrid. Venía firmada por Lucía, su hermana. Leyó: «Mis abuelos me han contado quién eres, y quiero saber de ti.» Inés tardó en responder. Pero, al final, cogió papel y boli, y escribió con el pulso tembloroso: «Te llevo pensando mucho tiempo. Cuando quieras, aquí tienes a una hermana que te espera bajo el sol y con los brazos abiertos.»

Y fue así como, a su manera, la vida le devolvió todo lo que pensó perdido: un futuro nuevo, una madre recuperada, y la esperanza de, algún día, volver a empezar.

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La niña no deseada —¿Cómo queréis llamar a vuestra pequeña? —El doctor, ya mayor, sonreía con profe…