Cariño, ¿puedes venir a buscarme al trabajo? Clara llamó a su marido, esperanzada de no tener que pasar otros cuarenta minutos apretujada en un autobús después de un día agotador.
Estoy ocupado, respondió seco Óscar. Al fondo, sin embargo, se escuchaba claramente el sonido de la televisión. Así que Óscar estaba en casa.
A Clara le dolió tanto que casi rompió a llorar. El matrimonio hacía aguas, y eso que hace apenas medio año él la llevaba entre algodones. ¿Qué había cambiado en tan poco tiempo? Clara no tenía respuesta.
Se cuidaba, pasando horas en el gimnasio. Cocinaba que daba gustono en vano trabajaba en un famoso restaurante del centro de Madrid. Nunca le pedía dinero, no montaba escenas y siempre intentaba complacerle
Así, hija, te cansará en seguida la reprendía su madre. No se puede decir a todo que sí a un hombre.
Es que le quiero, mamá, sonreía con tristeza Clara. Y sé que él también me quiere
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Al final tenía razón mamá, le he agotado… murmuraba Clara mientras revisaba el historial del navegador. Resulta que Óscar se pasaba el tiempo libre navegando por páginas de citas, ligando con varias mujeres a la vez. ¿Por qué no pudo hablar conmigo? Lo habría entendido y lo habría dejado marchar. ¿Para qué prolongar el sufrimiento, viviendo juntos sin amor y haciéndonos daño con nuestra actitud?
Bueno, pues divorcio. Lo superará, porque es fuerte, pero no le dejará ir como si nada. Un poco de revancha se la merece
Esa misma noche, Clara se dio de alta en la misma web que Óscar. Buscó su perfil, le escribió y usó una foto de una modelo que descargó de Internet y editó un poco. Estaba segura de que él mordería el anzuelo. Y así fue.
Comenzaron un intercambio apasionado de mensajes. Óscar afirmaba estar soltero, querer una relación seria e hijos. Se describía como un hombre maravilloso, algo que hacía reír a Clara hasta las lágrimas. Ella sabía bien lo difícil que era convivir con él.
¿Y si nos vemos? propuso Clara, conteniendo la respiración mientras esperaba su respuesta.
¡Por supuesto! respondió Óscar en segundos. Pero es que ahora mismo mi hermana está viviendo en mi piso, se prepara las oposiciones. ¿Por qué no quedamos en un sitio neutral y después seguimos la noche en un hotel?
¿En serio? se le escapó a Clara al leerlo. ¿Cómo es posible que pienses que cualquier chica aceptará irse contigo a un hotel así, sin más? Nadie decente aceptaría Aunque bueno, esto me viene genial.
Pues vente a mi casa, vivo sola en un chalé por las afueras. No nos molestará nadie decía, dudando si aceptar su propio reto.
¡Me parece una idea estupenda! Óscar se notaba entusiasmado. Seguramente el hecho de no tener que gastar dinero le entusiasmaba aún más. Dime dirección y hora, que llego volando.
Calle Olivo, 25, a las diez de la noche. ¿Te sirve?
Perfecto, espérame.
A las ocho y media, él fingió que le llamaban del trabajo urgentemente. Como no encontraba las llaves del coche, con desgana preguntó:
¿Has visto mis llaves?
Estaban en la mesilla contestó Clara, mirándole con absoluta inocencia mientras apretaba con fuerza las llaves en el bolsillo. Igual el gato las ha tirado al suelo
Da igual, llamo a un taxi. No me esperes despierta.
Ni pensaba hacerlo. ¿Para qué? Aprovechó ese rato para preparar su equipaje. Menos mal que tenía su propio piso, que heredó de su abuela. Lo único que dejó atrás fue la demanda de divorcio, sobre la mesa del salón, bien visible.
Óscar regresó de madrugada, furioso. Pasó más de una hora de viaje para nada, porque tampoco encontró a la Ángela del portal de citas.
La dirección era real, la casa también. Pero la mujer que abrió la puerta era tres veces más grande que él y solo llevaba un camisón transparente. Hubiera pagado cien euros para borrar aquella visión de su memoria.
De hecho, apenas logró librarse de la mujer, que parecía una posesa. Tuvo que llamar otro taxi, tiritando en su americana bajo el frío, esperó eternamente. Y el conductor resultó rarísimo, le dio tantas vueltas que casi le pareció un secuestro. Una noche memorable
Solo al llegar y ver la demanda de divorcio sobre la mesa supo quién estaba detrás de todo aquello. Junto al papel, escrito en rojo carmín, pudo leer:
Esta dulce venganzaEl silencio del piso vacío resultó más ensordecedor que el tumulto del barullo madrileño. Óscar se desplomó en el sofá, sosteniendo el papel con la demanda, tratando de encajar todas las piezas de la jugada. Clara, la sumisa, la complaciente, había tenido la última palabra.
Mientras tanto, Clara brindaba sola con una copa de vino en su modesto piso, mirando las primeras luces del amanecer filtrarse entre las cortinas. Sintió miedo, sípero también una fuerza que nunca antes había reconocido en sí misma. Pensó en su madre, en los consejos de amigas que siempre había ignorado, y sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo, su futuro le pertenecía. Móvil en mano, escribió un breve mensaje a su madre: Mamá, al final tenías razón. Pero esta vez, la que se va soy yo.
Esa mañana, Madrid olía distinto. Más a libertad que a rutina. Clara respiró hondo, abrazando la incertidumbre y el vértigo de saber que, quizá, la felicidad también podía ser una travesura bien ejecutada.




