Lucía subió al autobús en la parada de la Plaza Mayor, tal y como tenía previsto. Solo quedaba un asiento libre, junto a un hombre que parecía algo mayor que ella. Al principio, la joven no prestó especial atención a su compañero de viaje. Le esperaban siete horas hasta llegar a casa de sus padres en Salamanca, y por su cabeza rondaban asuntos urgentes que debía resolver cuanto antes.
Lucía se acomodó y el autobús arrancó. Al poco, su olfato captó un ligero aroma a almizcle y café recién tostado. El olor, con su dulzor amargo tan característico, la llevó en un instante a sus recuerdos.
Verano, calor abrasador, ella con diecisiete años, tumbada sobre la hierba junto al río con su primer novio, Álvaro, que desprendía exactamente ese aroma. Miraban las estrellas, se besaban y él le susurraba al oído que siempre estarían juntos, que nunca la dejaría. Había sido su primer amor, intenso y apasionado. Ella le quería tanto que incluso habría abandonado sus estudios y sus planes con tal de no separarse de él.
Pero el destino se impuso. Álvaro se marchó a hacer el servicio militar y nunca volvió para ella; en la ciudad conoció a otra chica y terminó casándose. Lucía quedó con el corazón hecho trizas. No volvió a salir con ningún chico desde entonces. Diez años después, seguía pensando en Álvaro, aunque le hubiese fallado.
Por un segundo, Lucía giró la cabeza y miró al hombre que se sentaba a su lado. ¿Sería posible? Moreno, ojos azules, nariz afilada y labios carnosos, alto. Era idéntico a Álvaro. Tanto que el corazón le pegó un vuelco.
Perdone ¿No se llama usted Álvaro, por casualidad? preguntó tímidamente.
No, me llamo Javier respondió él, girándose con una amplia sonrisa, ante la sorpresa de Lucía. Se parecía muchísimo a aquel cuya imagen ella llevaba grabada desde hacía tanto.
¿Y tú? ¿Cómo te llamas? preguntó el joven.
Yo yo Lucía se quedó momentáneamente sin palabras, pero se recompuso. Me llamo Lucía, encantada.
Encantado, Lucía. Tienes un aire a una persona especial. Javier volvió a sonreír.
¿Sí? ¿A quién?
A mi primer amor, claro. Acabamos mal. Ella conoció a otro y nunca conseguí sacarla de la cabeza durante diez años Y ahora, fíjate, nos encontramos así. Todavía no me lo creo dijo Javier con tanta sinceridad, que incluso se le notaban las mejillas sonrojadas, seguramente por la emoción del recuerdo.
Increíble A mí me ha pasado lo mismo que a ti. Te pareces muchísimo a mi primer amor de hace diez años. ¿Te imaginas que esto ocurre de verdad?
¿Sabes qué, Lucía? ¿Intercambiamos nuestros números y seguimos en contacto?
Me parece buena idea.
Los dos jóvenes empezaron a charlar animadamente. ¿Y cómo acabaría esa historia? Quizá el destino les ofrecía una segunda oportunidad, aunque fuera con otras personas que recordaban tanto a sus antiguos amores. En la vida, los encuentros raramente son casuales; siempre encierran la posibilidad de un nuevo comienzo y nos recuerdan que debemos estar abiertos a lo inesperado, pues quizá allí se encuentra la felicidad.






