Gente diferente A Igor le tocó una esposa… peculiar. Muy guapa, sí: rubia natural de ojos negros, …

GENTE DISTINTA

La mujer que le tocó a Álvaro fue, digámoslo claro, peculiar. Guapísima, sí; rubia natural con ojos negros, cuerpo de infarto, un escote que quitaba el hipo y piernas que podrían haber ganado cualquier carrera. Y en la cama, puro fuego. Al principio todo era pasión, como para pensar en otra cosa Y claro, vino el embarazo. Lo lógico: se casaron como mandan los cánones.

Nació el hijo, tan rubio y de ojos negros como la madre. Y al final, la rutina de todos: pañales, baberos, primeros pasos, mamá, papá Lucía se comportaba como cualquier madre joven, que si cancioncitas, que si abrazos, que si vídeos del niño a la abuela. Todo normalito y casi monótono.

El lío comenzó cuando el chaval entró en la adolescencia y a Lucía le dio por la fotografía. Que si fotos por aquí, que si cursos por allá. Siempre enredando con la cámara colgada.

¿Pero qué más te hace falta? preguntaba Álvaro. Si ya trabajas de abogada, ¡pues trabaja de abogada!

Abogada le corregía Lucía.

Bueno, eso. Dedícale más a la familia, no andes siempre por ahí como alma en pena.

Él mismo no sabía qué le mosqueaba tanto. Porque, mira, ella no descuidaba la casa: todo limpio, la comida hecha, el chaval estudiando porque ella estaba encima. Llegaba Álvaro cansado de la oficina, se tumbaba en el sofá delante de la tele, lo típico. Pero le irritaba ese aire ausente de Lucía, esa sensación de que su mujer estaba y no estaba. Nunca se sentaba a ver la tele con él, ni charlaba de cosas interesantes. Le ponía el plato y se volvía a lo suyo. Como si el universo entero de ella estuviera aparte.

¿Tú eres mi mujer o no? estallaba Álvaro, encontrándosela un día más enredada con el ordenador.

Lucía, ni caso. Se encerraba en su mundo.

De pronto a Lucía le dio por viajar a sitios exóticos. Vacaciones, mochila y cámara. Álvaro no lo entendía:

¡Vámonos al pueblo de Paco! Han montado un merendero y hacen una barbacoa de la leche. Hay que animarse a pillar una parcelita en Soria o algo.

Lucía, que no, pero le ofrecía irse con ella de viaje. Una vez accedió. Aquello fue el horror: todo raro, la gente hablando no se sabe en qué idioma, la comida imposible de picante. Y a él, más que monumentos, le gustaban los chorizos a la brasa.

Lucía siguió viajando sola y encima dejó el trabajo.

¿Y la jubilación, qué? protestaba Álvaro. ¿Te crees que vas a ser una gran fotógrafa? ¿Sabes lo que hay que soltar de pasta para meterse en eso?

Lucía ni contestaba. Solo confesó tímida una vez:

Voy a tener mi primera exposición. Mía, propia.

Hoy día todos hacen una exposición gruñó él. Como si fuera para tanto.

Fue a la inauguración. No entendió nada. Caras corrientes, arrugas, gaviotas, manos. Todo muy raro, como Lucía.

Se rió de ella. Ella, al poco, le regaló un coche. Así, tan feliz: Utilízalo, somos familia. Ella ni siquiera sacó carné; para él era. Todo con el dinero de sus fotos, currándose encargos.

Ahí Álvaro empezó a asustarse. Era inquietante. ¿Qué clase de extraño había metido en casa en forma de esposa? ¿De dónde salía la pasta? ¿La pagaban otros tíos? No puede ser que con esas tonterías de la fotografía te saques un coche. ¿Andaría con alguien? Si no, seguro que acababa pasando.

Hasta probó a darle una lección le soltó una bofetada suave. Ella cogió un cuchillo de cocina y le hizo dos cortes en la tripa, afortunadamente solo puntos. Después le pidió perdón. Nunca más la tocó.

Lucía era loca por los gatos. Los rescataba, los curaba, les buscaba familia. En casa siempre había dos mininos rodando. Álvaro no los odiaba, pero tampoco entendía cómo se podía querer a esos bichejos más que a un marido

Un día se le murió uno en la clínica, no lo pudo salvar. Menuda tragedia. Lucía lloró, bebió brandy y se culpó durante días. Álvaro, harto, terminó soltando:

¡Solo te falta montar un funeral a las cucarachas!

La mirada de ella fue demoledora. Álvaro calló, se largó. Haz lo que quieras, pensó.

Los amigos de él le compadecían; las amigas de ella estaban de su parte. Todos decían que Lucía se le había subido a la parra, que ya no era la que conocieron. Álvaro encontró el consuelo en la vecina del tercero, que además era amiga de la infancia de Lucía, Carmen. Carmen era mucho más sencilla: dependienta de mercería, arte nada, siempre dispuesta a charlar y a otras cosas. Eso sí, le daba fuerte al vino bueno, tampoco es que fuese a casarse con ella.

Esperó a que Lucía lo pillase, que montara un numerito, una escena de celos, con vajilla volando incluida. Así él podría soltar: ¡¿Y tú, dónde te pasas el día?! Luego se lo perdonarían todo, se reconciliarían y él dejaría lo de Carmen.

Pero Lucía ni un reproche. Solo una mirada fea en silencio. Y en la cama pues nada, cada vez más distante. Se fue a dormir al cuarto de invitados.

El hijo creció, terminó la carrera. Igualito a la madre: ojos negrísimos, rubio y raro.

¿Para cuándo los nietos? preguntaba Álvaro.

El chaval, Rodrigo, solo se reía: Déjame hacer algo en la vida primero y encontrar el amor de verdad. Ahí tendrás nietos, papá. Otro distinto, pensaba Álvaro, imposible de entender. Sangre de la madre. Ellos dos conectaban con una miradita. Álvaro se sentía de sobra, incómodo con sus ojos profundos, imposibles de descifrar. Volvía una y otra vez donde Carmen a buscar distracción.

Hasta que un día Lucía se enteró, se lo chivó un vecino. Total, Álvaro tampoco se escondía. Llegó a casa y su mujer estaba sentada fumando lo nunca visto y le dijo en voz baja:

Lárgate. Fuera de mi casa.

Y los ojos negros, terribles, con ojeras.

Se fue donde Carmen. Esperó a que su mujer lo llamase para volver. A la semana, mensaje de WhatsApp: Tenemos que hablar. Se duchó, colonia cara, preparado.

Nada más abrir la puerta, Lucía, seca:

Mañana vamos a firmar el divorcio.

Y lo demás fue como en sueños. Papeles, firmas, que si la casa para ella (que encima era de los padres de Lucía)

¿Y ahora qué piensas hacer, vivir de separada? preguntó él, con ganas de soltar un ¿quién te va a querer?, pero se mordió la lengua.

Lucía sonrió. Por primera vez en años, una sonrisa de verdad, para él:

Me voy a Madrid. Me han propuesto un proyecto grande allí.

Por lo menos no vendas el piso le rogó. ¿Dónde volverás si no?

No voy a volver dijo, tranquila. Verás, hace tiempo que quiero a otra persona. También es fotógrafo, de Madrid. Con él es todo interesante. Pero, mira, no quería engañarte, ni divorciarnos sin razón. Somos diferentes, nada más. ¿Por eso se divorcia la gente? ¿O no?

No, no se suele divorciar admitió Álvaro.

Pero mira, ya ves que sí se rió Lucía. Al principio me puse furiosa cuando supe lo de Carmen, pero luego pensé: todo para bien. Yo seré feliz, tú también. Cásate con ella, que te irá bien.

Y se marchó.

No me casaré le dijo él, mirándola irse.

Pero Lucía ya no le oyó.

Desde entonces, ni una noticia suya. Solo, una vez al año, un whatsapp breve: Feliz cumpleaños. Que tengas salud y suerte. Gracias por nuestro hijo.Al principio, Álvaro esperaba cada año ese mensaje como quien busca una señal en el cielo: el anuncio de que ella, al menos, seguía viva y le recordaba un poco. Pero poco a poco el deseo se fue desvaneciendo como se deshace el viento de marzo. Rodrigo lo visitaba a veces, conversaban de fútbol, alguna cerveza, y al irse le daba ese abrazo inconcluso de los hombres que han aprendido a querer con cautela.

Carmen se quedó unos años, después también se fue, cansada de su tristeza y de oírle murmurar viejos recuerdos. Álvaro se hizo más callado. Compró una cámara vieja en el mercadillo, dejó que los gatos del barrio se colaran en su patio, y aprendió a mirar, solo mirar, las luces sobre las baldosas y los reflejos en los charcos, a encontrar la belleza inadvertida de lo cotidiano.

Una tarde, Rodrigo le llevó una invitación: una galería, Madrid, fotografías de Lucía. Dudó. Al final fue. Entre desconocidos, Álvaro paseó entre imágenes en blanco y negro: rostros ajenos, miradas que parecían asomarse desde otra dimensión. Allí estaba una foto suya no reconoció cuándo se la habían tomado, tranquila y perdida frente a una ventana con lluvia, y detrás, difusa, la sombra de Lucía.

Sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió nostalgia ni enojo. Solo gratitud leve, liviana, como un vaso de agua al sol. Pensó: gente distinta. Y supo, aunque tarde, que la felicidad aparece a veces así, en los intersticios de la vida, como un haz tímido de luz entre dos nubes.

Volvió a casa de buen humor. Se preparó una tortilla, puso música bajito y abrió el ventanuco, por si entraba algún gato vagabundo. Afuera, la ciudad seguía encendida, temblando de historias inconclusas, y Álvaro, ahora sí, se sentó en su sofá y no pensó en nadie más.

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