¡Vaya sorpresa! exclama Javier en vez de un saludo, al ver en la puerta a una anciana menudita y fibrosa enfundada en unos vaqueros, esbozando una sonrisa traviesa con los labios finos. Por sus ojos achinados asomaba un brillo pícaro y burlón.
«La abuela de Clara, Rosa María Fernández», la reconoce. «Pero cómo ni un aviso, ni una llamada»
¡Hola, nieto! dice ella, manteniendo la sonrisa. ¿Me dejas pasar, o me quedo en el rellano?
Sí, sí, claro, pase, por favor se apresura Javier.
Rosa María hace rodar una maletita de ruedas por el recibidor.
Me lo pones bien cargado manda mientras Javier le sirve un café. Así que Clarita trabajando, la pequeña Lucía en la guardería ¿y tú aquí sin hacer nada?
Me mandaron de vacaciones forzosas responde él, resignado. Dos semanas, cosas de la empresa.
Sus sueños de descanso veraniego ya se han evaporado. Mira a la invitada con cierta esperanza:
¿Va a quedarse mucho tiempo con nosotros?
Has acertado asiente ella, destrozando cualquier ilusión . Para rato.
Javier suspira, resignado. Apenas conoce a Rosa María: sólo la ha visto de pasada el día de su boda con Clara, cuando ella vino desde Valladolid. Pero muchas veces ha oído hablar de ella a su suegro, siempre bajando la voz y mirando a su alrededor como si temiera ser descubierto. Está claro que le tiene un respeto reverencial.
Friega los platos le ordena ella y prepárate. Que vamos a dar una vuelta por la ciudad conmigo de guía y tú acompañando.
Javier ni lo intenta rebatir. Ese tono le recuerda al sargento de su reemplazo en Melilla. Y contradecirlo solía traer malas consecuencias.
¡Quiero ver el Paseo Marítimo! ordena Rosa María. ¿Cómo se llega más fácilmente?
En taxi responde Javier, encogiéndose de hombros.
De pronto, Rosa María lleva los dedos a los labios y silba fuerte. Un taxi frena en seco junto a la acera.
¡Abuela, por Dios! le reprocha Javier, ayudándola a acomodarse delante. ¿Y si la gente piensa mal?
Los que miran pensarán que eres tú el maleducado, no yo responde ella con una sonrisa fresca, blanca de pelo pero viva de genio.
Al escucharla, el taxista se echa a reír a carcajadas, y choca su mano con la de la señora como si fueran viejos camaradas tras una buena broma.
Eres un chico formal, Javier le dice Rosa María mientras pasean por el Paseo Marítimo de Santander. Tu abuela seguro que es comedida y discreta. Yo, en cambio ni lo intento. Mi difunto marido, el abuelo de Clara descanse en paz , tardó en acostumbrarse a mi forma de ser. Casi nunca lo logró. Él era un ratón de biblioteca y aparecí yo con mis locuras ¡No veas! Me lo llevaba a la montaña, le obligué hasta a saltar en paracaídas. Lo único que no consiguió fue subirse a un ala delta, le daba pavor. Él y Clarita se quedaban abajo mientras yo revoloteaba encima de sus cabezas.
Javier escucha boquiabierto sus historias. Clara nunca le habló de esas aficiones de la abuela, que sin duda tuvo una vida intensa. Ahora entiende mucho sobre su carácter.
De pronto, le mira inquisitiva:
¿Y tú, has saltado en paracaídas?
En la mili, catorce saltos responde él, no sin orgullo.
Eso merece respeto asiente Rosa María, y entona suavemente:
«Nos lanzamos al vacío,
Salto eterno y sin final»
Javier reconoce la canción y la acompaña:
«Y el paracaídas blanco,
Gaviota sobre el costal»
El dúo improvisado los acerca y Javier empieza a sentirse a gusto con esa anciana de carácter peculiar.
Vamos a descansar y picar algo propone ella. Esa caseta huele que alimenta, ¿notas el aroma?
El churrasquero, un moreno de mediana edad con mirada de pocos amigos, ensarta trozos de carne aliñada en brochetas. Da la sensación de que con la misma destreza podría atravesar a un enemigo y ni inmutarse. Viéndole, entran ganas de gritar «¡Olé!» y marcarse unas sevillanas en plena acera.
Al sentarse a la mesa, Rosa María guiña el ojo y canta de pronto con sorprendente voz clara:
«¡Viva Granada y sus bodas!
¡Qué alegría y qué sabor!»
El churrasquero se gira sorprendido; sus ojos chispean, y entre los tres continúan el estribillo:
«¡Alegría en la verbena,
Granada tiene calor!»
Sirvan, doña señora dice el churrasquero, sonriendo de oreja a oreja y desplegando patatas, pan y carne asada con perejil fresco. Les acerca dos copas largas de tinto de la Ribera y se despide llevándose la mano al corazón.
Al olor de la carne, un gatito gris se asoma tímido desde unos arbustos y les mira con ojos hambrientos.
Justo el que nos faltaba sonríe Rosa María. Ven, chiquitín. Luego, mirando al churrasquero: Maestro, ¿le puedes traer un poco de carne fresca, cortada menudo?
Mientras el gato devora con avidez, Rosa María sermonea a Javier:
Vais a criar a una niña, y no tenéis ni un gato en casa ¿Cómo pensáis enseñarle ternura, amor y compasión? Este pequeñín os va a ayudar.
Al volver del paseo, Rosa María se pone a bañar al recién adoptado y manda a Javier a comprar todo lo necesario: arenero, comederos, rascador, camita Cuando llega cargado al piso, la casa estalla en risas de mujeres: Clara y Lucía se abrazan a la abuela, que reparte besos y sonrisas. El gatito, en el respaldo del sofá, observa a su nueva familia con sorpresa.
Para ti, Lucía, un conjunto veraniego con pantalones cortos va repartiendo regalos la abuela , y para ti, Clarita Nada levanta más la autoestima de una mujer que unas braguitas de encaje
El resto de la semana, Lucía no pisa la guardería. Se va cada mañana con Rosa María, y vuelven cerca del mediodía cansadas pero felices. Javier y el gatito que ya se llama León las esperan en casa. Por la tarde, se les suma Clara y todos salen juntos a pasear, con León correteando tras ellos.
Un anochecer, Rosa María se sienta seria con Javier:
Tengo que hablar contigo, Javier. Mañana me marcho, ya es hora. Esto, tras mi marcha se lo das a Clara le entrega un sobre plastificado . Es mi testamento. La casa y todos mis bienes serán para mi nieta. Y a ti te dejo la biblioteca que recopiló mi marido durante toda su vida. Es muy valiosa, con libros firmados por escritores muy conocidos
¡Pero Rosa María, no diga eso! comienza Javier, pero la abuela le corta en seco.
A Clarita no le he dicho nada, pero a ti sí: tengo un problema grave de corazón. Cualquier día puede acabar todo Hay que estar preparado.
¿Cómo se va a ir usted sola? protesta Javier. Debería quedarse alguien con usted.
Siempre tengo a alguien cerca, hijo. Además, mi hija, tu suegra, está en Valladolid. Cuida a Clara y cría bien a Lucía. Eres un buen muchacho, fiable. Para ti, al final, soy «la suegra al cuadrado» le da una palmada en el hombro y suelta una carcajada contagiosa.
¿Por qué no se queda unos días más? suplica Javier, ya con pena.
Rosa María le sonríe agradecida, pero niega con la cabeza.
A despedirla sale toda la familia; hasta León, en brazos de Lucía, parece entristecido. Rosa María se lleva los dedos a los labios y vuelve a silbar fuerte. Un taxi frena en seco.
¡Vamos, yerno! Llévame a la estación da la orden, besa a Clara y Lucía y se acomoda delante. El taxista la mira asombrado por su método de parada tan peculiar.
¿Y tú qué miras? gruñe Javier. ¿Nunca has visto a una señora decente?
La abuela menudita, agitando sus rizos plateados, se ríe a carcajadas y choca su mano con la de Javier.




