Cuando Rodrigo fue llamado a filas y partió con el ejército, Inés le prometió esperarlo con total fidelidad. Cumplió su palabra: le enviaba cartas perfumadas repletas de ardientes confesiones de amor, dibujaba claveles y corazones en los márgenes y, junto al te beso, dejaba impresa la huella de sus labios carmesí. Amaba a Rodrigo tan genuinamente como puede amarse de verdad a una persona, y cuando él no estaba, los minutos se estiraban como largas tardes de verano en Castilla.
Por eso a Inés le costaba tanto creer lo que estaba ocurriendo, como si dentro de su pecho una campana aún repicase que nada era real, que Rodrigo jamás podría haberla olvidado. Sin embargo, el silencio de él, que derramaba la espera como leche en la mesa, terminó sucediendo a un breve mensaje en que le pedía, de forma tajante, que lo borrara de su memoria.
Inés, inconsciente, se casó con el primer hombre que cruzó su camino. Sin amor, claro. Decidió cerrar el cofre de su corazón maltrecho y echar la llave al río, incapaz ya de querer a nadie como había querido a Rodrigo.
Una tarde de invierno, estaba Inés removiendo el guiso en la cocina, arropada con un delantal y zapatillas, cuando de pronto sonó el timbre. Abrió y, bajo el inclemente sol madrileño, divisó en el umbral a Rodrigo, vestido de uniforme de oficial, más maduro pero con la misma mirada de grano recién molido.
No creía que te hubieras casado, así que vine a comprobarlo con mis propios ojos. Pero ya veo que es cierto dijo ahogado por el dolor, lleno los ojos de lágrimas cristalinas. Ahora entiendo por qué no respondías a mis cartas…
Se giró para marcharse, pero Inés lo detuvo, su voz temblando como las ramas de un álamo en la brisa.
¿Cómo puedes decir eso? Fuiste tú quien escribió pidiéndome que te olvidase susurró, dudando si él se justificaba o la acusaba.
Rodrigo hizo una pausa infinita antes de contestar:
¿Y? Sí, la semana pasada envié mi última carta desde Cuenca, aún con la esperanza de que esperarías por mí…
Un nudo detuvo las palabras en la garganta de Inés. Él no le permitió decir más. Las lágrimas quemaron sus mejillas, y en la cabeza danzaban preguntas locas como molinos de viento manchegos: ¿Cómo, por qué?.
Ese mismo día, Inés fue a ver a sus padres, quienes nunca habían tenido simpatía por Rodrigo, dado que apenas tenía unas monedas de euro en los bolsillos.
Perdónanos, hija dijeron entre sollozos. Deseábamos que tuvieses una vida mejor, porque sabemos lo duro que es contar las monedas céntimo a céntimo para comprarle caramelos a tus hijos. Lo hemos sufrido y solo queríamos algo más para ti
Pero vosotros, que erais humildes y aun así supisteis amar y os casasteis, ¿por qué romper mi vida? ¿Cómo pudisteis hacerme esto? les reprochó Inés, suspirando hondo.
La madre le entregó una docena de cartas arrugadas. Inés se retiró a la sala contigua a leerlas. No lloraba, gemía abiertamente, como un río crecido en primavera. En la última carta, la que Rodrigo mencionó, entre los pliegues de la hoja se hallaba una violeta prensada, y a su lado las palabras: Busqué mucho tiempo, pero la encontré, solo para ti.
Al caer la tarde, Inés se sentó a hablar con el marido, un hombre que parecía ver solo su trabajo, la cuenta bancaria y los amigos y quizá también alguna que otra mujer, eso decían siempre los vecinos chismosos. Se separaron como si se desvaneciera la niebla, sin gritos ni portazos.
Aquella noche, Inés venció el miedo a las sombras de la ciudad y salió a pasear bajo la luna de Madrid por primera vez en su vida, sintiéndose ligera, como si flotara. Ya no temía la noche, pues caminaba hacia la casa del único hombre que había amado y al que, en lo profundo, nunca dejó de querer.
Con el paso del tiempo, las heridas se curaron, las palabras amargas volaron como golondrinas y en la casa de Inés y Rodrigo corren y juegan ahora dos zagales rubios y vivarachos. Los abuelos sonríen al verlos, convencidos de que la mayor riqueza es esa: un hogar donde el amor verdadero gobierna sobre todo lo demás.




