El crujido de una rama seca bajo su pie pasó desapercibido para Iván, cuando de repente el mundo se …

Crujió una rama seca bajo mi pie, pero yo, Juanito, ni siquiera lo noté. De repente, el mundo entero giró, dándome vueltas en un caleidoscopio de colores, y en un instante todo explotó en millones de chispas brillantes que, desordenadas, se reunieron en mi brazo izquierdo, justo encima del codo.

¡Ay! me sujeté el brazo dañado y solté de inmediato un quejido de dolor.

¡Juan! mi amiga Carmen corrió enseguida hacia mí, se lanzó de rodillas frente a mí de un salto. ¿Te duele mucho?

¡No, claro, es un placer! gruñí, entrecerrando los ojos y dejando escapár un gimoteo.

Carmen alargó la mano, palpó mi hombro con mucha delicadeza.

¡Déjalo! grité de repente, más áspero de lo que pretendía, y la miré con rabia. ¡Que me duele! ¡No me toques!

Me sentí dos veces mal. Para empezar, seguramente me había roto el brazo y el próximo mes lo pasaría entre bromas y miradas divertidas de los amigos por la escayola inevitable. Pero lo peor era que yo solo me había subido a ese árbol, queriendo demostrarle a Carmen lo fuerte y ágil que era, mi osadía, mi espíritu joven. Si bien lo primero aún lo podía asumir, lo segundo me carcomía por dentro. Haberme humillado ante esa chica, y ahora encima ella queriendo tener compasión de mí, ¡ni hablar! Me puse de pie de un brinco, sosteniéndome el brazo como si colgara inútil, y caminé decidido hacia el hospital.

Juán, no te preocupes, todo irá bien, ¡te lo prometo! Carmen caminaba a mi lado, buscando animarme, consolarme. ¡Ya verás que todo irá bien!

Déjame en paz me detuve, la miré de arriba abajo con desprecio y escupí en el suelo. ¿Qué va a estar bien? ¡Tengo el brazo roto! ¿Es que no te enteras? ¡Vete a casa, deja de darme la lata!

Di la vuelta y marché sin mirar atrás por la acera, dejando a Carmen plantada con sus grandes ojos grises muy abiertos y repitiendo por lo bajo, como única respuesta:

Todo irá bien, Juan… Todo irá bien…

***

Don Juan Fernández, si no vemos la transferencia en las próximas veinticuatro horas, nos llevaremos una muy mala impresión. Ah, y sepa que mañana prevén hielo en las carreteras; extreme la precaución al volante. Como comprenderá, a veces los coches patinan, y… Ya sabe, esos accidentillos inoportunos que nadie puede prever. Que tenga buenas tardes.

La voz del teléfono se apagó. Yo, Juan, lancé el aparato sobre la mesa y me hundí en el respaldo del sillón, llevándome las manos a la cabeza, jalando del cabello.

¿De dónde se supone que los saque ahora? Ese pago estaba programado para el mes próximo…

Resoplé, agarré el teléfono de nuevo y marqué.

Señora Olalla Martín, ¿podemos transferir hoy mismo el dinero a los socios del grupo por las máquinas?

Pero, don Juan…

¿Sí o no?

Sí, pero entonces el ritmo de los pagos mensuales…

¡Ya veremos después! Ahora solo haz la transferencia hoy mismo.

Está bien, pero más adelante tendremos problemas con…

Sin escuchar más, colgué y golpeé con rabia el reposabrazos del sillón.

Malditos buitres…

Algo suave y cálido me rozó el hombro, sobresaltándome.

¿Carmen? ¿Te he dicho que no entres cuando estoy trabajando? ¿Eh?

Mi esposa, Alejandra, se acercó por detrás, besándome suavemente la sien y acariciando mi pelo.

No te alteres, Juan. Todo saldrá bien

¡Ya basta de que todo va a salir bien! ¡Estoy harto, ¿entiendes?! ¿Y si mañana me matan, también irá bien todo para ti?

Me levanté de golpe y, sujetando sus manos, la aparté.

¿Qué hacías? ¿El cocido? Pues vuelve y no me pongas nervioso, que ya tengo bastante.

Ella suspiró y se dirigió a la puerta. Ya en el umbral, se giró un instante y de nuevo, como susurro, repitió esas mismas palabras.

***

¿Sabes? Ahora estoy aquí tumbado y no hago más que repasarlo todo…

El anciano abrió un poco los ojos y miró a su esposa, envejecida ya. Su rostro, otrora bello, estaba cruzado por líneas de arrugas, sus hombros caídos y la postura ya le había abandonado la elegancia de antaño. Ella, sin soltar su mano, arregló suavemente el catéter de la vía que tenía en el brazo, y le sonrió en silencio.

Siempre que me metía en líos, cuando rondaba la muerte, cuando todo se venía abajo tú aparecías y repetías aquello. Ni te imaginas lo que me sacaba de quicio. Te habría estrangulado por tu ingenuidad y por repetir siempre lo mismo forzó una sonrisa, interrumpida por una larga tos. Solo cuando se calmó continuó. Me rompí los huesos, me amenazaron con matarme mil veces, lo perdí todo más de una vez, caí tan hondo que pocos regresan; y tú, toda la vida con lo mismo: Todo irá bien. Y nunca mentiste, fíjate. ¿Cómo lo sabías?

No sabía nada, Juan suspiró Alejandra. ¿Creías que te lo decía a ti? Era a mí misma. Yo a ti te he querido más que a nadie, como una loca, toda la vida. Tú eras mi vida. Cuando te pasaba algo, la angustia no me dejaba ni dormir ¿Cuántas lágrimas habré derramado, cuántas noches en vela? Pero siempre me repetía lo mismo: Aunque caigan piedras del cielo, mientras él esté vivo, todo irá bien.

El anciano cerró los ojos un instante y apretó su mano arrugada entre las suyas. Le costaba hablar.

Era eso y yo enfadándome contigo. Perdóname, Alejandra. Después de una vida juntos y ni siquiera pensaba en lo que tú sentías. Vaya tonto que he sido, ¿eh?

Sin que él lo notara, ella se limpió una lágrima furtiva de la mejilla, se inclinó sobre su rostro y, acariciando con ternura su mano cada vez más fría, murmuró:

No te preocupes, Juan

Se quedó así un instante, escudriñando sus ojos. Entonces apoyó la cabeza suavemente sobre su pecho ya inmóvil y siguió acariciando la mano de su marido con infinita dulzura.

Todo fue bien, Juanito, todo fue bien…

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El crujido de una rama seca bajo su pie pasó desapercibido para Iván, cuando de repente el mundo se …