— ¿Yurko, te oyes a ti mismo? ¿Acaso pretendes que yo me quede embarazada con cuarenta años para cor…

¿Te escuchas, Julio? ¿De verdad debería yo pasearme con barriga a los cuarenta para salvar los errores de tu juventud?

¿Y por qué, de repente, tengo que pagar yo por el hecho de que para ti era más entretenido pasar horas en tu trastero que con nuestro propio hijo? preguntaba Ana con una sorpresa genuina en la voz, como si le pesaran las palabras.

Ana, venga ya, ¡qué pesada te pones! insistía Julio. ¡Pues era un inútil, qué quieres! No lo valoré, no entendía lo que estaba perdiendo. Y ahora ya lo he perdido todo, ¡Esteban ni siquiera me considera su padre!

¿Y acaso se equivoca? Ana sonrió con amargura, sus palabras se enroscaban como el viento en la Plaza Mayor de Salamanca. Diecisiete años vivió con un compañero de piso, no con un padre. ¿De verdad pensaste que se puede apagar y encender a un hijo como si fuera la vieja televisión de tu abuela, solo cuando te apetecía jugar a ser papá?

Julio se encogió, ceñudo, y sus ojos chisporrotearon con esa irritación tan suya, la que Ana reconocía siempre que surgían temas de paternidad.

Ana, basta. Eso ya es agua pasada. Dame otra oportunidad reclamaba con terquedad.

¿Para que vuelvas a jugar un rato y me dejes una vez más con todo, criando sola a otra criatura? Ana cruzó los brazos como si abrazase un secreto frío. Gracias, pero ya he tenido suficiente. No, Julio, esto no se habla más.

Se le retorció el gesto a él entre ofensa y furia, pero sin palabras se refugió en su móvil, como si del fondo de la pantalla fuera a venir la solución.

El conflicto quedó suspendido en el aire, flotando junto a las motas de polvo que bailan en la luz de la tarde madrileña. Nada quedó resuelto. Ana arrastraba por el alma una piedra invisible, no solo por lo absurdo del cruce de acusaciones, sino por Esteban.

Ana tenía veintitrés cuando Esteban vino al mundo, y aún podía recordar el hospital de La Paz, y el vaho frío sobre la acera cuando sostenía el fardo diminuto envuelto en una manta blanca. Una sensación extraña, de felicidad y cansancio, flotaba como la niebla de la sierra.

Julio revoloteaba cerca, halcón y cordero a la vez, sin dejarla ni un segundo. Sonreía, acomodaba la manta, le plantaba besos en la frente a Ana y, embelesado, cogía en brazos al hijo como si fuera un santo del retablo.

¡Es igualito que yo! Hasta con el hoyuelo en la barbilla repetía con los ojos brillando más que las luces de una feria en Sevilla . ¡Soy padre, Ana! ¡De verdad!

Acabo de comprenderlo repetía Ana, ingenua aún. Lo haré todo por él, contigo. Lo pasearemos, le enseñaré a jugar al fútbol… Seré el mejor padre, ya verás.

Ambos resplandecían en la ilusión como en una escena de película antigua. Ana lo creía todo. Imaginaba una familia ideal, cosida con amor, ternura y tardes de risas entre tortillas y juegos en el salón.

Pero la realidad, ya se sabe, rompe siempre el platillo favorito. Y la suya no tardó

Noche cerrada en la Gran Vía. Ojeras de sombra bajo sus ojos mientras Ana pasea por el salón una y otra vez el bebé llora por los cólicos. Es ya la tercera vez en esa noche que se disuelve como agua entre las horas. Julio se remueve en la cama:

¿No puedes callarle de una vez? susurra entre dientes . ¡Mañana madrugo para el trabajo!

En esos momentos, a Ana solo le quedaba salir a otro cuarto, tragarse las lágrimas en un rincón, mientras el llanto arreciaba y en las paredes colgaban los ecos. Mecía a Esteban por horas para dejarle dormir, ella con los pies helados y la espalda hecha polvo.

Llegaba el sábado. Agotada tras semanas sin dormir, se atrevía a decir:

Julio, ¿puedes llevarle al parque un rato? No puedo más, necesito una siesta

Ahora no, Ana. Tengo planes, los chicos van a traer un coche a la cochera y hay que arreglarlo.

Pero, es que ya no puedo

Anda, que tú eres fuerte, Ana. Ya me encargaré luego.

La puerta se cerraba y el luego nunca llegaba, igual que esos trenes que no paran en tu estación ni aunque estés esperando bajo la lluvia.

El tiempo pasaba, Esteban crecía. Ana siempre buscaba una forma de que padre e hijo compartiesen algo, aunque fuera un silencio tibio. Se acercaba a Julio, que apoltronado en su sillón veía un partido del Real Madrid, y le acercaba al niño rosado, brazos al aire suplicando juego.

Tómale un poco, juega con él le pedía con una mezcla de esperanza y resignación, deseando unir trozos rotos del hogar.

Julio lo cogía con una desgana que daba frío, mirándolo a través como si fuera un sobre sospechoso. Sostenía al niño de lejos, concentrado en el partido, y tras escasos minutos, lo depositaba sobre la alfombra, indolente.

Esteban, ya con cinco, construía castillos de cubos en la alfombra, mientras Julio pasaba de largo, sin siquiera mirar. Y Esteban, ya acostumbrado, ni levantaba la cabeza.

No era que a Julio le faltara del todo responsabilidad: traía su sueldo de euros a casa, ayudaba limpiando algún sábado. Pero la niñez de su hijo la había perdido, y Esteban, ya mayor, apenas veía a un padre al mirarle.

Estebita, ¿qué tal el colegio? se le ocurrió preguntar alguna vez.

Eh bien, todo normal respondía el hijo sin saber cómo mirar.

¿Las notas van bien? Avísame si algo te cuesta, puedo ayudarte. Es importante estudiar No quiero que un hijo mío acabe limpiando portales.

No te preocupes, está todo bien, papá contestaba Esteban, deseando escapar a su cuarto cuanto antes.

Podemos ir de pesca este finde si quieres gritaba Julio, viéndole huir.

Pero ya era tarde. Solo Ana sabía que ese día había baile en el colegio, que Esteban había invitado a una chica y esta le había dicho que no, y que la pesca jamás le había interesado.

El tren había partido hace tiempo: Esteban ya no quería un padre, y el afán de Julio llegaba con las manecillas del reloj demasiado tarde.

Cuando entendió que no podía rebobinar la infancia de su hijo, Julio quiso empezar de nuevo otra criatura. Ana, que recordaba cada noche sin dormir, se negaba rotunda.

Pronto, en familia, se desataron comentarios como pólvora en verbena.

Hija, escúchame, que Julio ha cambiado, madurado. Hazle caso; darle un hermano a Esteban es una bendición le susurraba su madre en voz baja, como si tejiese un conjuro.

La suegra, mujer de refranes y miradas agudas, no tardó tampoco:

Si no accedes, igual te quedas sola. O se va con otra. Piénsalo: el segundo hijo refuerza el matrimonio y os cuida en la vejez.

A Ana le escocían estas palabras, como sal sobre herida. Su cuerpo ahí, ofertado en un mercado extraño donde no importaban sino su rol de madre y esposa, no sus propias cicatrices.

Desesperada, se le ocurrió un plan absurdo en otro: rebuscó en el trastero y halló un viejo Tamagotchi de Esteban, el virtualito con pantalla pequeña, testigo de tantas meriendas con Cola Cao.

Cuando volvió Julio del trabajo, le puso en la mano el huevo de plástico:

¿Y esto qué es? preguntó él.

Tu período de prueba. Debes cuidarlo, alimentarlo a horas fijas, limpiarlo. Si al cabo de un año el bichito sigue vivo, quizás crea que puedes asumir un hijo de verdad.

Julio la miró incrédulo, pero Ana ni sonreía. Primero se rio, luego se ofendió.

¿Comparas un hijo con esto?

Empieza por aquí. Si no puedes con el digital, menos con uno real.

Decidió que era una tontería, y guardó el Tamagotchi en el bolsillo con displicencia.

Los primeros días, se esforzó por cuidar al animalito. Luego empezó a desesperarse y, al octavo día, el Tamagotchi lucía una cruz mortal en la pantalla: se le había muerto de hambre.

Se me olvidó, el trabajo masculló Julio, evitando la mirada de Ana.

Desde entonces, los enfados no desaparecieron, pero se aplacaron. Julio dejó de insistir.

Tres años después, la vida puso todo en su sitio. Esteban, ya estudiante universitario, llevó a su novia a casa y anunció que iban a ser padres.

Julio volvió a renacer en entusiasmo; sugirió otra vez un segundo oportunidad, ahora como abuelo. Regaló un carrito nuevo, bodies de tallas imposibles y hasta bloques de construcción. Juró y perjuró que sería el mejor abuelo del país.

Ana lo miraba con escepticismo.

Cuando nació el nieto, Julio, unas semanas, fue ayuda y fotos, abrazos y promesas. Luego volvió a desaparecer tras llamadas de trabajo urgentes y fines de semana cebados de excusas. Los nuevos padres acabaron mudándose a un piso de alquiler y la ayuda quedó en cuidados esporádicos, visitas de domingo en que todo estaba preparado y alegre.

En cuanto el niño lloraba, Julio encontraba cualquier asunto urgente, su madre, la finca, el móvil.

Una y otra vez, Ana acudía y veía la escena, reconocía en su hijo el cuidado ausente del antiguo padre, y daba gracias: había hecho bien. Esteban era atento, responsable, no dejaba sola a la suya.

Julio, mientras, solo supo amar la idea de la paternidad, nunca su verdadera esencia.

¿Tú qué piensas? ¿Actuó bien Ana? Déjame tu opinión y pon tu me gusta.

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MagistrUm
— ¿Yurko, te oyes a ti mismo? ¿Acaso pretendes que yo me quede embarazada con cuarenta años para cor…