¿Eres tú, Fernando, hijo?
Sí, madre, soy yo. Perdóname por llegar tan tarde
La voz de su madre, temblorosa de preocupación y cansancio, resuena desde el vestíbulo oscuro. Está de pie, vestida con una bata vieja y una linterna en la mano, como si lo hubiese estado esperando toda la vida.
Fernandito, mi tesoro, ¿dónde has estado hasta estas horas? Ya es de noche, el cielo está negro, las estrellas brillan como los ojos de los animales del bosque
Mamá, es que estaba con Luis estudiando. Los deberes, la preparación Se me pasó el tiempo, lo siento por no avisar. Sé que no duermes bien por las noches
¿Y no habrás estado visitando a alguna chica? ella entrecierra los ojos, con un deje de sospecha. ¿No será que te has enamorado, eh?
¡Ay, madre, no digas tonterías! Fernando se ríe mientras se quita los zapatos. Yo no soy el tipo al que las chicas esperan en la puerta. ¿Quién me querría? Si soy jorobado, tengo los brazos largos como un mono y una cabeza llena de rizos despeinados
Pero en sus ojos aparece el dolor. No le dice que para ella no es ningún monstruo, sino el hijo al que crió sola, en la miseria, en el frío, sin más compañía que la suya.
Fernando no era guapo. Apenas medía metro sesenta, encorvado, con los brazos largos que casi tocaban sus rodillas. Su cabeza grande y sus rizos alborotados parecían un diente de león. De niño le apodaban monito, duende del bosque, rareza de la naturaleza. Pero creció y se convirtió en más que una persona.
Él y su madre, Rosalía Martín, llegaron a este pueblo de Castilla La Vieja cuando él tenía solo diez años. Huyeron de la ciudad, de la vergüenza y la pobreza: a su padre lo metieron en la cárcel, la madre lo abandonó. Quedaron solos los dos, el uno contra el mundo.
Ese Fernando no va a durar mucho murmuraba la vieja Teresa al ver al muchacho enclenque. Se lo va a tragar la tierra y nadie lo recordará.
Pero Fernando no desapareció. Se aferró a la vida como raíz en la roca. Crecía, respiraba, trabajaba. Y Rosalía, una mujer con corazón de acero y manos curtidas por la panadería, horneaba pan para todo el pueblo. Diez horas cada día, año tras año, hasta que sus fuerzas se agotaron.
Cuando cayó enferma sin poder levantarse, Fernando fue hijo, hija, médico y cuidador. Limpiaba el suelo, cocinaba arroz con leche, leía revistas antiguas en voz alta. Y cuando ella murió, en silencio, como el viento que se va del campo, él estuvo junto a su ataúd con los puños apretados, sin lágrimas que llorar.
Pero la gente no se olvidó. Los vecinos le llevaron comida y ropa de abrigo. Y al poco tiempo empezaron a visitarle. Primero, muchachos atraídos por la radioafición. Fernando trabajaba en el centro de comunicaciones local: arreglaba radios, ajustaba antenas, soldaba cables. Tenía manos de oro, aunque parecieran torpes.
Después empezaron a venir chicas. Al principio solo para tomar té con mermelada y charlar. Luego se quedaban más tiempo. Reían. Hablaban.
Y de pronto él se dio cuenta de que una de ellas, Inés, siempre era la última en marcharse.
¿Tienes prisa? le preguntó cuando todos se hubieron ido.
No tengo a dónde ir susurró ella mirando al suelo. Mi madrastra me odia, mis tres hermanos son rudos y malos. Mi padre bebe y para ellos yo soy un estorbo. Vivo con una amiga, pero sé que no es para siempre En tu casa está todo en calma. Me siento en paz. Aquí no me siento sola.
Fernando la mira y, por primera vez en su vida, siente que puede ser necesario para alguien.
Quédate a vivir aquí dice sin rodeos. La habitación de mi madre está libre. Puedes ser la dueña de la casa. Yo no te pediré nada, ni una palabra, ni una mirada. Solo quédate aquí.
La gente empezó a murmurar. Susurraban a sus espaldas:
¿Pero cómo? ¿Una guapa con un jorobado? ¡Qué disparate!
Pero el tiempo pasó. Inés limpiaba, cocinaba sopas, sonreía. Fernando trabajaba, callaba, cuidaba.
Y cuando nació un hijo, el mundo cambió.
¿A quién se parece? preguntaban en el pueblo. ¿A quién?
Y el niño, Ernesto, miraba a Fernando y decía: ¡Papá!
Fernando, que nunca se imaginó padre, sintió cómo en su pecho florecía algo tibio, como un pequeño sol.
Enseñó a Ernesto a reparar enchufes, pescar, leer por sílabas. E Inés, mirando a los dos, decía:
Tienes que buscarte una buena mujer, Fernando. No estás solo.
Eres como una hermana para mí respondía él. Primero te buscaré a ti un buen marido, honesto y trabajador. Y luego ya veremos.
Y ese hombre llegó. Era joven, de un pueblo vecino. Formal, trabajador.
Celebraron la boda. Inés se fue.
Pero un día Fernando la encuentra en el camino y le dice:
Quiero pedirte un favor Déjame a Ernesto.
¿Qué? pregunta, sorprendida. ¿Para qué?
Sé que cuando una mujer tiene un hijo, todo cambia por dentro. Pero Ernesto no es tuyo de sangre. Lo olvidarás. Yo yo no podría.
¡No te lo doy!
No quiero quitártelo responde Fernando bajando la voz. Ven a verlo cuando quieras, solo déjalo vivir conmigo.
Inés se queda pensativa, luego llama a su hijo:
¡Ernesto! Ven aquí. Dime, ¿con quién quieres quedarte, con mamá o con papá?
El pequeño, con los ojos brillando, corre hacia Fernando:
¿No puede ser como antes? ¿Con los dos juntos?
No dice Inés, triste.
¡Entonces me quedo con papá! grita Ernesto. ¡Pero tú, mamá, ven a vernos!
Y así fue.
Ernesto se quedó. Por primera vez Fernando fue realmente un padre.
Pero un día Inés volvió a aparecer:
Nos trasladan a Madrid. Me llevo a Ernesto.
El niño solloza como un animal herido y abraza a Fernando.
¡No me voy! ¡Quiero quedarme con papá!
Fernando musita Inés mirando al suelo. Pero no es tu hijo.
Lo sé contesta Fernando. Siempre lo he sabido.
¡Me escaparé y volveré con papá! lloraba Ernesto, completamente desbordado.
Y así lo hacía. Una y otra vez.
Se lo llevaban, él volvía.
Al final Inés cedió.
Así tiene que ser dijo. Él ha elegido.
Y entonces empezó una nueva historia.
A la vecina, Matilde, se le ahogó el marido. Un borracho, déspota, mala persona. No tuvieron hijos; aquella casa jamás conoció amor.
Fernando empezó a ir a por leche. Luego a arreglar la valla, después el tejado. Más tarde, solo para tomar un té. Para conversar.
Se fueron acercando poco a poco, con discreción, como adultos.
Inés mandaba cartas. Avisó de que Ernesto tenía una hermana, Claudia.
Tráela escribió Fernando. La familia siempre debe estar unida.
Un año después, llegaron.
Ernesto no se apartaba de su hermana. La cogía en brazos, le cantaba nanas, le ayudaba a aprender a andar.
Hijo, ven con nosotros rogaba Inés. En la capital hay teatro, colegio, oportunidades
No negaba Ernesto. No puedo dejar a mi padre. Y ya llamo mamá a la tía Matilde.
Luego vino el colegio.
Cuando los chicos presumían de padres conductores, militares o ingenieros, Ernesto nunca se sintió menos.
¿Mi papá? decía con orgullo. Él puede arreglarlo todo. Sabe cómo es el mundo. Me salvó la vida. Es mi héroe.
Pasó un año.
Matilde y Fernando, sentados ante la chimenea, junto a Ernesto.
Vamos a tener un bebé dijo Matilde. Uno pequeño.
¿Y y no me echaréis de casa? preguntó Ernesto, apenas un susurro.
¡Ni se te ocurra pensar eso! exclamó Matilde abrazándole. Eres como mi propio hijo. Siempre quise uno como tú.
Hijo dijo Fernando mirando las llamas. ¿Cómo se te ocurre pensar algo así? Eres mi mundo.
Unos meses después nació Alejandro.
Ernesto tenía a su hermano en brazos como lo más valioso.
Ahora tengo hermana, hermano, papá y tía Matilde susurraba.
Inés seguía llamándole para que fuera a la ciudad.
Pero Ernesto siempre respondía:
Ya he llegado. Estoy en casa.
Pasaron los años. La gente dejó de comentar que Ernesto no era hijo biológico. Se acabaron los cuchicheos.
Y cuando Ernesto fue padre, contaba a sus hijos y nietos la historia del mejor padre del mundo.
No fue un hombre agraciado decía Ernesto pero tenía más amor que todas las personas que he conocido.
Y cada año, el día de su recuerdo, en la casa se reunían todos: hijos de Matilde, hijos de Inés, nietos, bisnietos.
Tomaban té, reían, rememoraban.
¡Tuvimos el mejor padre del mundo! decían, alzando sus tazas. ¡Ojalá haya más padres así!
Y siempre una mano se alzaba, señalando al cielo, hacia las estrellas, hacia el recuerdo de aquel hombre que, contra todo pronóstico, fue un verdadero padre.
El único.




