Mi esposa, Inés, siempre había sido una mujer muy reservada. En el círculo de nuestros amigos permanecía callada y discreta, nunca alzaba la voz ni iniciaba una conversación a menos que le hicieran alguna pregunta. Inés nunca protagonizó escenas de celos ni escándalos. Me ofrecía su atención y cariño sin ponerme condiciones y aceptaba con gratitud cada detalle y regalo que yo le entregaba.
Muchos dirían que nuestra relación era ejemplar. Entre nosotros no había secretos; compartíamos y resolvíamos juntos cualquier asunto. Al volver cada tarde de mi trabajo en la Plaza Mayor de Madrid, sabía que me aguardaban una cena deliciosa, la sonrisa cálida de Inés y el hogar ordenado y luminoso. ¿Qué más podía pedirle a la vida?
Pero ya se sabe cómo es el ser humano A pesar de ese aparente equilibrio, dentro de mí germinaba el deseo de una aventura. Había en nuestra vida matrimonial algo que me incomodaba, una insatisfacción que no lograba disipar: la intimidad entre nosotros, francamente, apenas existía. No me conformé y cometí la locura de buscar fuera lo que me faltaba, viéndome envuelto con una amante.
Inés acabó enterándose de mi traición. Nos separamos.
Fui a vivir con esa amante, y sólo entonces comprendí lo necio que había sido. El piso que compartíamos estaba siempre en desorden y nunca había un puchero caliente esperándome al terminar la jornada. Pronto noté que se había acabado la complicidad y la charla sincera.
Intenté regresar junto a Inés, pero ya era tarde. Ella había rehecho su vida y compartía sus días con otro hombre.
Jamás me lo he perdonado. Por mi propia torpeza perdí a la mujer perfecta, y aún hoy me atenaza el arrepentimiento de haberla dejado escapar.




