Tengo cuarenta y seis años y soy ingeniero de caminos. Casi veinte años trabajé en la misma empresa constructora en Madrid. Jornadas interminables, proyecto tras proyecto, viajes constantes por toda España. Siempre fui responsable, puntual, de esos hombres que no fallan al trabajo ni retrasan el pago de ninguna factura. Mi esposa solía decirme que nunca le faltó de nada conmigo y era verdad. Nuestra casa propia en Alcalá de Henares, el coche familiar, colegios privados para los niños, vacaciones una vez al año, la nevera siempre llena, todas las cuentas al día.
Ella estudió Educación Infantil en la Universidad Complutense. Al principio de nuestro matrimonio trabajaba en un colegio, pero cuando nacieron nuestros hijos decidió quedarse en casa. Yo estuve de acuerdo. Me parecía lógico: yo mantengo, ella cuida de los niños. Creía que era lo correcto y pensaba que hacíamos buen equipo.
Nuestra rutina era casi inalterable. Salía de casa antes de las siete de la mañana y volvía después de las siete de la tarde, agotado y con la cabeza llena de problemas laborales, plazos y presupuestos. Ella me esperaba con la cena lista, los niños bañados, la casa impecable. Me contaba cómo había ido el día y yo respondía con monosílabos. No por maldad, sólo porque no tenía fuerzas para más.
Los fines de semana solo quería descansar. Ella proponía salir, hacer planes en familia, conversar. Yo prefería quedarme en casa, ver fútbol o dormir. Si insistía en hablar de nosotros, le decía que no hacía falta buscar problemas donde no los había, que éramos un matrimonio estable y que muchos desearían estar en nuestra situación.
En reuniones familiares y entre amigos, yo era el buen marido: fiel, trabajador, fiable. Ella recibía elogios por tener a su lado un hombre así. Y sin darme cuenta, empecé a pensar que eso era suficiente.
Con los años, dejó de pedirme cosas. No insistía en salir, no discutía, no lloraba. Interpreté su silencio como madurez. No vi que empezó a construir su propio mundo recuperó viejas amistades, consiguió un trabajo a media jornada en una ludoteca, comenzó a cuidar más de sí misma. Pensé que simplemente estaba encontrando su espacio.
Una noche, después de cenar, me pidió que habláramos. Estaba tranquila, sin reproches ni dramas. Me dijo que llevaba años sintiéndose sola, que estaba a mi lado físicamente pero no emocionalmente. Yo le respondí lo que siempre he creído: que he sido un buen esposo, que nunca la decepcioné y todo lo que tenemos es por ella y nuestros hijos.
Me miró serenamente y me dijo algo que aún me duele:
Nunca he dudado de que eres una buena persona. He dudado de si eres mi compañero.
No hubo otro hombre. No hubo infidelidad. Solo cansancio. Cogió una maleta y unas pocas pertenencias y dejó a los niños conmigo. Yo me quedé en la misma casa cómoda, pero extrañamente vacía.
Con el tiempo empecé a entender cosas que me habían pasado desapercibidas. Que rara vez la abrazaba si no me lo pedía. Que nunca preguntaba cómo se sentía realmente. Que confundí estabilidad con amor. Le di seguridad, pero no presencia.
Sigo siendo el mismo profesional responsable; mis hijos me quieren. Nadie me señala. Pero hay noches en las que me pregunto si todo habría sido distinto si hubiese sido menos correcto y más presente.
Porque ahora comprendo algo que durante mucho tiempo no supe:
no basta con ser buena persona si no sabes cómo ser la persona que el otro necesita.






