Tengo cincuenta años y hace un año mi marido falleció de manera inesperada. No hubo una larga enfermedad, ni nada para lo que pudiésemos prepararnos. Fue una llamada en plena noche, el hospital, el médico pronunciando palabras que aún hoy no soy capaz de reproducir del todo. Lo que sí recuerdo claramente es cómo aquella misma noche volví a casa, me senté en la cama y por primera vez en décadas sentí que el pecho no se me encogía.
Estuvimos casados casi treinta años. Desde el principio su carácter fue fuerte. Era de esos hombres de palabras duras. De los que siempre corrigen, de los que siempre tienen razón y elevan el tono para imponerse. Si algo no era a su modo, lo recalcaba. Si opinaba diferente, me decía que exageraba, que no entendía, que no debía meterme en asuntos que no eran de mi incumbencia. Con el tiempo dejé de responder. Era mucho más fácil callar que discutir.
La convivencia se transformó en una vigilancia constante. Aprendí a leer su humor nada más abrir la puerta. Si venía callado, yo también me callaba. Si venía irritable, lo evitaba. Ordenaba la casa, las comidas e incluso mis palabras según él. Si algo se torcía, aunque fuese mínimo, sabía que iba a montar una escena. Delante de los hijos, delante de invitados, no importaba.
Muchas veces pensé en marcharme. Pero siempre había algo que me retenía. No tenía dinero propio. No tenía dónde ir. Tenía hijos pequeños. Él llevaba todas las cuentas, las decisiones, todo. Cuando alguna vez insinuaba una separación, me decía que no lograría salir adelante sola, que nadie me mantendría, que él era el único capaz de sacar a los niños adelante. Y, por mucho que me doliera escucharlo, una parte de mí le creía.
Así fueron pasando los años. Dejé de buscar cariño. Dejé de esperar atención. Dejé de pensar en mí. Me acostumbré a vivir siempre tensa. Dormía de manera ligera, me despertaba con cualquier ruido. Siempre alerta. Siempre cuidando de no enfadarle.
El día de su muerte, la casa estaba llena de gente. Llamadas, visitas, gestiones, llanto, caras desconocidas. Yo hice lo que tocaba: firmé papeles, recibí condolencias, organicé el funeral. Lloré un poco durante el entierro. La gente me miraba como esperando que me derrumbara, que gritara, que me desmoronara. No lo hice. Me decían que fuera fuerte y yo asentía, aunque no me sentía fuerte. Era otra cosa lo que sentía.
La primera noche sola fue extraña. Me acosté esperando despertar con el corazón encogido, como siempre. Pero no ocurrió así. Dormí profundamente. Me levanté al día siguiente sin el nudo en el estómago que llevaba años acompañándome. La casa estaba tranquila. Una calma silenciosa.
Con el paso de los meses empecé a notar pequeños cambios. Tomaba decisiones sin pedir permiso. Comía lo que me apetecía. Nadie revisaba cómo había hecho las cosas. Nadie me hablaba mal. Nadie me hacía sentir incómoda. Un día mis hijos me dijeron que me notaban distintamás tranquila, menos tensa. Y yo lo notaba también.
No digo que su muerte me haya dado alegría. Pero tampoco diré que le echo de menos. Lo que siento es alivio. Un descanso profundo. Como si mi cuerpo se hubiera quitado de encima un peso que llevaba años soportando.
Nunca me fui porque no sabía cómo. Porque tenía miedo. Porque aguanté demasiado. Hoy vivo solo. La casa es más ligera. Y yo también.
¿Es incorrecto sentirme así?







