Mira, te cuento la historia de Juan Fernández, que hoy ha amanecido y oye, el día empezaba bastante bien. Cuando cumples 118 años, solo con despertarte ya puedes sentirte realizado.
Lo primero de todo, su revisión técnica diaria: abrió el ojo izquierdofuncionaba, luego el derechoun poco borroso. Se lo lavó, unas gotitas y listo, como nuevo. Flexionó todo lo que tocaba y lo que no, pues un poco de aceite. Probó el paso adelante y el atrás, se hizo una pequeña revisión del cuello. Al ver que todo giraba y crujía en su sitio, dio dos zapatazos, tres palmadas y empezó el nuevo día.
A las ocho en punto, como siempre, lo llamaron desde la Seguridad Social:
Loli, buenos días, gruñó contento el cumpleañero en la llamada.
Igualmente, don Juan, saludó Loli cabizbaja, ¿cómo se encuentra hoy?
No puedo quejarme, respondía él sonriendo al teléfono.
Qué lástima, don Juan, por su culpa ya me han echado bronca cinco veces en lo que va de año. ¡Hoy hace treinta años que dejó la pensión privada y se pasó a la pública!
Vaya, perdone. Este mes, ¿no había subida?
Sí, subida y la voz de Loli se volvió tristísima, como la de un payaso melancólico. Y usted no estará trabajando en negro, ¿verdad?, lo intentó por si acaso.
No, la verdad es que tengo bastante con lo que me dan.
Qué pena Pues le deseono terminó la frase y colgó.
A las nueve, Juan desayunaba con su tataranieto, que no vivía con él pero entraba con su llave. Según llegaba, lo primero que hacía era medir. Si no era la cocina, era el baño. Luego se sentaba a hacer cálculos: medía materiales, echaba cuentas del presupuesto, dibujaba muebles.
Hoy vino sin metrose le olvidó.
Cógelo del aparador, le dijo Juan, aún queda el que usaba tu abuelo, rió con tristeza mientras preparaba el té.
El chaval sólo soltó un suspiro profundo y se dispuso a comer la famosa tortilla de bisabuelo.
A las diez, el viejo salió a fumar en la puerta del edificio.
¡Anda Juanito, otra vez con el pitillo! ¿Sabes que fumar causaEl vecino se frenó, mirando al anciano totalmente vivo, ese que había empezado a fumar cuando normalmente ya es tarde para los avisos.
Hoy nos vamos a Madrid.
¿Y qué vais a hacer allí?
Pues montar en metro, pasear por la Puerta del Sol, ver el Palacio Real, no sea que un día lo cierren.
¿Y para qué? Un palacio es un palacio.
¿Pero tú lo has visto?
Pues sí, una vez vino a la aldea.
¿En ataúd?
No, en el AVE.
Oye, ¿tú cuántos años tienes ya?
Dieciocho acabo de cumplir, masculló el viejo por el filtro.
Anda ya.
Sí, repetí curso.
Pues felicidades por la mayoría de edad.
Gracias, y con esto Juan volvió a casa.
A las once le llamó el director de Movistar, casi llorando, para rogarle que cambiase la tarifa. La que tenía Juan existía solo porque él seguía vivo, y traducido a euros no es que no pagara, sino que Movistar hasta le debía un par de céntimos al mes.
A las cinco fue al supermercado. Por su cumpleaños, el hipermercado tenía una promo de descuento igual a la edad que cumplías. Juan cogió una tarta, un kilo de plátanos y una tele enorme. Con el cambio llamó a un taxi y encargó unos mozos para cargarlo.
A las siete, del tanatorio lo llamaron para ver si de una vez recogía su póliza de decesos y las zapatillas.
A las ocho llegaron los invitados. Juan preparó la mesa, encendió la tele nueva, sirvió vino. Los brindis fueron escuetísimos. Nadie sabía bien qué desearle, así que cada cual se levantaba por turnos sin decir mucho.
A las diez llegaron los municipales para pedir que bajaran el volumen, que al otro lado vivían mayores. Les abrió el cumpleañero en persona, y los agentes salieron de allí con el coco hecho un lío.
Juan se acostó cerca de la medianoche, cuando la gente ya se había ido casi toda a casa o al hospital. Sonrió al vacío, se quitó el anillo de oro mágico del dedo y lo puso debajo de la almohada. Ese anillo, que durante tantos años le había dado una vidilla extra, llevaba grabado en minúsculas letras lo que le mandó poner su mujer antes de irse: Vive por los dos.
Y vaya si lo hacía.





