Había una vez una anciana que, un lunes como otro cualquiera, decidió hacer una buena acción. Rebuscó por la casa y recogió todos esos trastos que nunca usaba y que llevaban siglos molestando en casa. Entre tanto revoltijo había blusas antiguas, vestidos de cuando Franco era corneta, sombreros pasados de moda, faldas con más kilómetros que el AVE Vamos, todo lo que solo ocupaba espacio. Y pensó: Voy a llevárselo todo a la parroquia, por si alguien lo necesita: gente sin hogar o algún que otro inmigrante que acaba de llegar.
Metió todo en una bolsa de tela de esas que regalan en la carnicería y la dejó en la esquina del pasillo. Se dijo que al día siguiente la entregaría, tan tranquila, y se fue a dormir.
Pero, créetelo, esa noche tuvo un sueño rarísimo.
Sintió que su alma se separaba del cuerpo sí, como en las teleseries y podía ver su salón desde las alturas. Todo resplandecía, aunque ella seguía en su piso de siempre. Y su alma, pues, ¡más feliz que unas castañuelas!
En mitad del salón se encontraba con la bolsa todavía en las manos, toda orgullosa por lo bien que la había preparado para llevarla al día siguiente a la iglesia. Y de repente, apareció delante de ella una niña chiquitina.
¿Qué lleva usted en la bolsa? pregunta la niña.
He recogido algunas cosillas que me sobran y me ocupan sitio contestó la señora sonriendo. Quiero dárselas a quien de verdad las necesite. Mañana las llevo a la parroquia.
Es usted muy amable. Pero la bolsa no está muy presentable, está bastante guarra. ¿Por qué no la lava antes de llevársela? sugirió la niña.
Claro, claro que la lavo.
Pero que no se le olvide le dijo la niña con una sonrisa y ¡zas!, desapareció.
La señora se despertó sobresaltada. Saltó de la cama y empezó a recordar ese sueño tan extraño. ¿Habrá sido un ángel o qué?
Miró la bolsa y, resignada, la vació para lavarla a conciencia. Total, si hay que lavar, se lava.
Sí, todo esto suena a risa. Puede que estuviera un poco chalada la señora por creer en el sueño. Muchos pensarán: supersticiosa perdida Pero permíteme que discrepe. Yo también lo pensaba hasta que pasó lo que te voy a contar.
En otro piso vivía una familia que acababa de tener un niño. No era el primero, no, sino el segundo hijo. Los padres decidieron montar una buena, invitar familia y amigos para celebrar la llegada del crío.
Vinieron tantos invitados que aquello parecía la Gran Vía un domingo de rebajas. Todos venían a felicitar, a admirar al bebé, a dejar algún regalo. Pero de abrazar y de alabar nada, que los padres eran supersticiosos y lo habían prohibido: nada de elogios sobre el niño, ni una mención a lo guapo que era. Decían que trae mal fario. Así que los invitados, respetando la voluntad, optaron por hacer lo contrario: mirar con cara de poco apetito al recién nacido y soltar algún que otro ¡Qué feo es el pobre, que Dios nos ampare! ¡Madre mía, mejor no mirarlo mucho!.
Uno detrás de otro, decían sandeces y hacían aspavientos. Los padres, tan contentos, suspiraban de alivio y todos se largaban al cuarto de al lado a charlar.
El hermano mayor lo escuchó todo. Vio aquel desfile de caras largas y le entró la duda existencial: Si este niño es tan malo y tan poco apreciado, ¿qué hacemos con él?.
No se lo pensó los niños no suelen hacerlo. Cogió al pequeño y salió al balcón. Miró a los lados, vio que nadie lo miraba y, ni corto ni perezoso, lo lanzó por la barandilla como quien tira un peluche viejo.
Se me encogió el estómago al oírlo. Y esto habría acabado fatal, si no llega a ser porque el destino, o más bien Dios, mira de vez en cuando por los despistados.
En ese mismo edificio, justo un piso más abajo, vivía la anciana de nuestro sueño, la de la bolsa y la lavadora.
Esa mañana había terminado de lavar la bolsa, y, como quien no quiere la cosa, la colgó fuera de la ventana, en el tendedero para que se secara al sol.
Justo en ese momento, del piso de arriba, como una aparición celestial, cayó el bebé. Y, cosas del destino (o del ángel del sueño), fue a aterrizar directamente en la bolsa recién lavada.
Cuando los padres, aturdidos por el silencio, se dieron cuenta de que en el cuarto no había ni un ruido, ya era tarde. Asomaron al balcón: el mayor seguía allí, tan pancho; pero el pequeño había desaparecido. Al preguntar, el chaval soltó:
Pues nada, que como era feo y nadie lo quería, lo tiré al patio.
A la madre casi le dio un patatús. El padre salió disparado a buscarlo. Menos mal que el niño estaba tan fresco, tan contento en su bolsa-milagro.
¡Qué suerte hemos tenido! lloraban los padres acunando al niño.
¿Y a quién dieron las gracias? ¿Adivinas? Pues a la abuela, por supuesto. Nadie le dio las gracias a Dios, excepto la anciana, claro. Ella sabía que esas cosas no ocurren porque sí. Y casi se le quitan las ganas de lavar nada más de no ser por aquel ángel de su sueño.
¿Por qué todo el mundo habla de buena suerte y no de milagros? ¿Por qué nadie le manda ni un WhatsApp de gracias al cielo?
Llevo tiempo pensando en ello. He barajado mil razones, pero de verdad, nunca lo entenderé del todo. Supongo que cada uno cuenta la historia como le conviene. Por mi parte, lo tengo claro: no creo en las casualidades. Yo a quien doy las gracias es a Dios, porque ¿qué milagro ocurre sin su toque especial?





