Bueno, es feo y no sirve para nada. Así que lo tiré. El corazón de la madre casi se detiene. El padre salió afuera a buscar al niño.

Había una vez una anciana llamada Carmen que decidió hacer una buena obra. Se puso a recoger todas las cosas que le sobraban, ésas que llevaban años acumulando polvo por casa, ocupando espacio y molestando a la vista. Entre ellas había blusas preciosas, vestidos, pamelas, faldas vamos, lo típico que ya no usas pero que no terminas de tirar por pura nostalgia. Carmen pensó: Pues lo llevo a la parroquia, por si alguien lo necesita más que yo. A ver si lo recogen personas sin hogar o refugiados.
Lo metió todo en una bolsa de Mercadonamedio rota, eso síy la dejó aparcada en un rincón del salón. Pensó que lo bajaría al día siguiente y se fue tan tranquila a la cama.
Y entonces, creedlo o no, tuvo un sueño muy extraño.
Se sintió como si el alma se le saliera del cuerpo y pudiera espiar la vida en su propio piso desde las alturas todo tan luminoso que nunca había visto su casa tan limpia, ni tras los lunes de limpieza. Su alma estaba en éxtasis.
Vio a su yo material en medio de la sala, con la bolsa en las manos, esa misma bolsa chuchurría dónde apiló lo que pensaba entregar en caridad. Y de pronto, apareció delante de ella una niña pequeña:
¿Qué lleva usted ahí?
Carmen, con una sonrisa de las suyas, respondió:
He reunido unas cosas que ya no uso. Sólo ocupan sitio. Quiero dárselas a quien de verdad las necesite. Mañana las llevo a la iglesia.
Es usted muy maja, pero la bolsa está hecha un asco. ¿No podría lavarla antes de entregarla, por favor?
Bueno, bueno, vale.
Pero no se olvide, ¿eh? le dijo la niña, guiñando un ojo justo antes de desaparecer.
Aquella mañana Carmen se despertó más fresca que una lechuga. Se acordó del sueño y pensó: ¿Habrá sido un ángel o sólo la merluza de la cena? Miró la bolsa, la abrió, y pensó que si hay que lavarla, pues se lava. Más trabajo me ha costado subir la compra.
Todo esto suena de chiste, vaya. Y quizás la buena de Carmen pecase de supersticiosa creyendo en aquel sueño. Algunos os reiréis, pero yo os digo: yo también lo habría tomado por una bobada, si no fuera por lo que ocurrió después.
En el piso de arriba vivía una familia que acababa de tener un niño. No era el primogénito, sino el segundo. Y claro, los padres, como manda la tradición, organizaron una fiesta familiar para celebrar la alegría.
Vinieron todos los primos, tíos, vecinos y hasta la señora de la tienda de ultramarinos. Felicitaciones, palmaditas y regalos, sí, pero eso de alabar al bebé ni por asomo. La madre, celosa de las malas energías, les tenía prohibidísimo decir ¡Qué guapo es el niño! ni nada parecido. Decía que traía mal fario. Así que los invitados, muy obedientes, empezaron a poner caras largas y a decir lo contrario:
Menuda carita fea tiene el crío. Que Dios nos ampare. No me dan ganas ni de mirarlo.
Uno tras otro, todos repetían la cantinela y se iban al otro cuarto, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
En medio de la fiesta, el hermanito mayor, que ya recelaba del recién llegado, escuchó todo aquello y, ni corto ni perezoso, pensó: Pues si todo el mundo dice que es tan feo y no sirve para nada, ¿para qué tenerlo? Así, sin darle más vueltas, cogió al bebé y salió corriendo al balcón. Miró un poco a su alrededor y, como quien echa un peluche pasado, tiró a su hermano hacia la calle.
Cuando me lo contaron casi se me va el alma del cuerpo. La historia pudo haber acabado en tragedia, de no ser por un ángel o un golpe de suerte.
Y es que Carmen, la de la bolsa y los sueños, vivía justo un piso más abajo.
Acababa de terminar la colada y colgó la famosa bolsa reciclada en el tendedero que daba al patio de luces, a secarse al sol.
Justo en ese momento, desde el cielo (o mejor dicho, desde arriba) cayó el bebé como caído del cielo y aterrizó directamente en la bolsa de Carmen. Ni que lo hubiese planeado Spielberg.
Mientras tanto, arriba, los padres por fin notaron que había demasiado silencio. Entraron en la habitación y no veían al pequeño ni por asomo, sólo al mayor mirando al horizonte del balcón. ¿Dónde está tu hermano? preguntaron, con voz temblorosa. Y el chico, con voz de quien acaba de perder en el parchís, les suelta:
Pues si es feo y no sirve, lo he tirado.
A la madre casi le explotó el corazón de la angustia. El padre salió pitando escaleras abajo y, gracias a Dios, allí estaba el bebé, sanito, columpiándose en la bolsa de Carmen como si fuera eso lo más normal del mundo.
¡Menuda suerte! lloraban los padres, dando abrazos a diestro y siniestro.
¿Y sabéis a quién dieron las gracias? Pues a Carmen, naturalmente, ni una palabra a Dios ni a los ángeles. Sólo la abuela que nunca olvida ni una supo que aquello no era casualidad, aunque intentó no darle muchas vueltas Si no llega a ser por el ángel de su sueño, no estaríamos contando esto.
¿Por qué todo el mundo dice que sólo ha sido suerte? ¿Y por qué nadie recuerda dar las gracias a Dios?
He pensado mucho sobre eso, os lo juro. Pero nunca lo he entendido del todo. Cada uno tendrá su propia teoría, supongo. Yo sólo sé decir una cosa: no creo en la lotería, sólo en los milagros. Porque ningún milagro se hace solo; siempre hay una mano celestial detrás.

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MagistrUm
Bueno, es feo y no sirve para nada. Así que lo tiré. El corazón de la madre casi se detiene. El padre salió afuera a buscar al niño.