Tengo 55 años y hace cinco me convertí en viuda, aunque en este sueño pareciera que los relojes de la Puerta del Sol giraban al revés y los tranvías cruzaban la Gran Vía flotando sobre campanas de iglesia. Desde que mi marido desapareció tras una niebla espesa una tarde absurda de julio, fue como si una luz extraña iluminase un rincón que me había negado a mirar: no estuve casada con un padre ejemplar, como decía la familia, sino con un hombre que pagaba las facturas en euros y poco más. Sí: buen proveedor, lo admito. Pero ser proveedor no es lo mismo que habitar, que estar realmente. Yo sujetaba la casa una casa con olor a café y azulejos antiguos en Chamberí mientras él presumía de ser el que mantiene todo.
Desde afuera, éramos una familia perfecta; el pintor de la esquina lo decía al vernos pasar con bolsas del Mercado de San Miguel. Él trabajaba, traía dinero a casa, nunca nos faltó nada material y la gente exclamaba:
Qué suerte tienes, has dado con un buen hombre.
Yo misma repetía eso en mi cabeza, era más fácil agradecer lo que había que reconocer lo que faltaba. Pero la realidad, ese monstruo de mil patas, era otra: él volvía, cenaba callado frente al televisor, se duchaba y el día para él se apagaba. Para mí, sin embargo, apenas comenzaba entonces. Yo también trabajaba, pero tras sellar la jornada tenía que pensar en cuatro almas: los niños, él, la casa y, por último, yo.
Mis criaturas crecieron viendo que la madre hacía todo y el padre traía el pan, aunque nunca supo qué talla de zapato calzaban o el nombre de la tutora de lengua. Si algún hijo despertaba entre las sábanas con fiebre, él decía:
¿Y ahora qué vas a hacer tú?
Si un uniforme se desgarraba al jugar en el Retiro, me miraba con cara de notario:
Arréglalo, cielo; para eso eres lista.
Y esa frase eres lista aún me irrita, porque era su elegante modo de decir: Eso no me toca.
Me levantaba siempre antes que los gallos de Segovia. Preparaba desayunos, revisaba libros de deberes, buscaba medias perdidas, planchaba blusas y miraba libretas de notas, todo mientras la ciudad bostezaba. Si algo faltaba si olvidaba una nota del colegio o uno de los niños llegaba tarde , la culpa era sólo mía. Porque el mundo cree que el padre ayuda y la madre debe, y en mi casa eso era como una ley escrita en piedra de Toledo.
Mi marido tenía el arte del teatro: a veces llegaba con una bolsa de Carrefour y decía:
Mira, también hago mi parte.
O llegaba el viernes con pizza y delante de los niños, proclamaba:
¡Veis! Papá os consiente.
Ellos, claro, lo celebraban, porque era un acontecimiento digno de un sueño surrealista. Luego él se sentaba a observar cómo comían, convencido de que eso era ser padre. Nadie veía que, al día siguiente, yo fregaba, ordenaba, pensaba en la cena del domingo, sacaba la basura y lanzaba otra semana al aire, como quien echa migas a las palomas.
Sentía rabia y a la vez culpa: él traía el dinero. Yo misma caí en la trampa:
No pega, no es infiel, hay comida: no tengo derecho a quejarme.
Así que callaba, cansada, agotada, como si el cansancio fuera algo tan castizo como la siesta. Hubo días en los que volvía a casa y empezaba mi segundo turno, mientras él suspiraba:
Estoy reventado.
Y yo pensaba, tragando saliva:
¿Y yo acaso no?
Pero no lo decía; si lo haces, empieza la comedia: eres desagradecida, él se mata trabajando, no valoras el esfuerzo.
Jamás olvidaré una tutoría en el colegio de los niños. Mi hijo tenía problemas con las mates y nos citaron. La noche anterior le pedí:
Mañana tienes que venir conmigo al colegio.
Él me miró como si le pidiera cruzar la Sierra de Guadarrama a pie:
Cariño, tengo trabajo.
Respondí:
También trabajo y aún así estaré allí.
Y la réplica, que sigue enredada en mis sueños:
Bueno, esas son tus cosas.
Como si la educación fuese patrio exclusivo de las mujeres, como si la infancia fuera asunto de madres.
Y así giraba el carrusel: vacunas, dentistas, uniformes, zapatos, materiales, permisos, deberes, cumpleaños con piñatas aunque aquí son más de tarta de almendras y barquillos. Él, si aparecía, era el padre de oro. Yo, si lo hacía, era lo normal. Lo doloroso no era el trabajo en sí, sino hacerlo sola mientras el otro recogía aplausos recién planchados sólo por existir.
En casa, él jamás supo dónde estaban las cosas; si se le acababa el desodorante, musitaba:
Se me terminó, cómprame.
Si el niño necesitaba un cuaderno, me lanzaba:
Apúntalo.
Yo era memoria y agenda, recordatorio y logística, depósito y respuesta. Eso agota, seca el alma como viento de secano. Porque no es sólo vivir juntos, es cargar el peso. Y yo lo cargaba entero.
La gente desde la acera decía:
Pero tu marido es un buen hombre.
Lo decían porque pagaba. Porque no andaba borracho por Lavapiés. Porque nunca nos dejó sin euros. Porque era cortés, simpático, educado. Nadie ve lo que late tras la puerta: esa calma húmeda donde una mujer se traga el cansancio por miedo a pedir algo más allá del dinero.
Con los años aprendí a decir algo más, con miedo siempre. Una vez le solté:
Siento que todo me toca a mí.
Él, sin dudar, contestó:
Pero amor, si yo trabajo. ¿Qué más quieres?
Ese comentario fue como un portazo en sueños sin ventanas. Comprendí su lógica: trabajar era su parte, el resto el universo de detalles me tocaba a mí, como bonus por amor, por maternidad, por deber.
Cuando murió, el golpe no sólo fue la ausencia. Fue el vacío sonoro. Porque junto a la pena, tuve recuerdos más nítidos, como si despertara en una habitación desconocida de la casa. Me dolía a ratos, a veces me enfadaba, y otras sentía un alivio del que me avergonzaba. Por duro que parezca, por primera vez podía respirar sin que nadie preguntara:
¿Qué hay para cenar?
como si fuera una barra de bar.
Los primeros meses funcionaba como autómata; mis hijos mayores insistían:
Mama, descansa.
Y yo no sabía cómo se hacía eso. Durante décadas decidí por todos. Me levantaba a las cinco, miraba la nevera, anotaba mentalmente lo que faltaba, organizaba, y de pronto me quedaba en la cocina preguntándome:
¿Qué hago ahora con todo este tiempo?
Fue entonces cuando entendí lo pesada que había sido mi vida: nunca tuve espacio para pensar, porque para alguien todo era urgente.
En los funerales la gente repetía:
Era un gran padre.
Asentía. Pero por dentro murmuraba:
No. Era un padre que pagaba.
Cuando mis hijos necesitaban caricias, yo estaba allí. Cuando lloraban, yo los abrazaba. Cuando estaban perdidos, yo escuchaba. Él decía: Te compraré algo, Te doy dinero, No llores, y eso era todo. No está mal, pero no es entero. Me cansa que celebren lo incompleto como si fuese bastante.
Con los años mis hijos empezaron a intuir lo que antes no veían. Uno me soltó:
Mamá, nunca vi a papá fregar.
El otro añadió:
No recuerdo que me preguntara por mis sentimientos.
No respondí. Me dolió confirmar que también ellos se dieron cuenta, aunque de pequeños uno normaliza lo que vive.
Hoy, tras cinco años, no afirmo que mi esposo fuese un monstruo. No lo era. Era un hombre correcto en muchas cosas. No nos dejó sin cenar. Pero ahora, con la cabeza despejada, puedo decir lo que antes callé: se acomodó. Se instaló en una vida donde yo hacía todo. En los fáciles aplausos del buen padre sólo porque el euro nunca faltó. En mi eterna disponibilidad.
Lo más fuerte es que yo también me acomodé, pero por supervivencia. Cuando tienes hijos, trabajo y casa, no te puedes caer. Y te conviertes en la mujer a la que todos ven fuerte. Por dentro, te agotas de tanta fortaleza invisible.
A veces me pregunto: ¿habría cambiado la historia si hubiese puesto límites desde el principio? ¿O era de esos hombres que sólo entienden cuando es demasiado tarde? Me duele admitir que, incluso cuando todo parecía bien, yo sufría. Fui la esposa perfecta para todos y la única mujer invisible.
Ahora, cuando escucho a alguien decir:
Soy buen padre porque mantengo,
no aplaudo. Porque ya sé qué suele esconder esa frase:
Yo pago, tú haz lo demás.
Y yo fui la mujer que lo hizo todo.
Por eso escribo esto: porque la pena de una viuda no es sólo tristeza. Es también recuento y aceptación de lo que uno negó por años. Y he de aceptar que mi matrimonio no fue tan perfecto como dijeron. Fue útil. Estable. Bien visto. Pero me costó la espalda, el sueño y una soledad que nadie vio, porque siempre aparenté estar bien.





