Mi hermano me contó que nuestra madre le había pegado a su mujer, y en ese mismo instante supe que algo no encajaba.

Todo sucedía como en un sueño nublado y confuso, mientras yo paseaba por el casco viejo de Salamanca, los relojes derretidos marcaban una hora incierta y de repente el móvil vibró entre mis manos: era mi madre, su voz venía envuelta en olas de llanto que se deshacían en el aire, un gemido que parecía barrer antes los geranios del patio que mis propios sentidos. No podía dejar de llorar, balbuceaba palabras quebradas que caían como gotas sobre un suelo invisible; la angustia se filtraba entre sílabas inconexas. Corté la llamada no podía soportar ese paisaje de desesperación y enseguida, como quien busca una brújula en mitad de la noche, llamé a mi hermano Ramón con la esperanza de que él pudiera arrancar la venda del misterio. Pero él, con un tono duro como piedra de granito manchego, me recetó silencio: Pregúntale tú misma, tú lo sabes. Se lo ha buscado.
El viento de inquietud recorrió mi espina dorsal. Mi marido Enrique y yo nos miramos con ojos como aceitunas sumergidas en aceite y, sin dudar, decidimos quebrar las vacaciones, aunque el precio de los billetes de AVE hacia Madrid era vertiginoso, casi surrealista, como si un duende hubiera disparado el valor del euro esa mañana.
Regresamos y el tiempo pareció doblarse sobre sí mismo: la casa de mi madre seguía envuelta en un letargo de sobresaltos, los muros retumbaban latidos de su desesperación. Le preparamos una infusión de valeriana, esa que las abuelas de León juran que calma hasta a las ánimas, esperando que la paz regresara por la rendija de la ventana. Entre sorbo y sorbo, casi en susurros de niebla, fue desgranando la madeja del infortunio: Volvía del trabajo y vi a Rosario, la mujer de Ramón, el rostro surcado de morados, la barriga como luna menguante y el miedo flotando incoloro. Intenté abrazarla, preguntarle qué habría ocurrido. Pero en ese instante, Ramón entró con la lluvia de fondo, y Rosario empezó a gritar con una voz de trueno, acusando a mi madre de todos los males.
Mi madre, perpleja como una estatua en la Plaza Mayor, no entendía nada. Ramón, cegado por el hechizo de la desconfianza, creyó sin parpadear la versión de Rosario y la expulsó del hogar como el viento expulsa la hoja seca. Después, según el rumor de la ciudad, la llevó al hospital, donde la tragedia se consumó: Rosario perdió el embarazo. Ramón, ahora rehén de su propia indignación, se negó a cruzar palabra ni con mi madre ni conmigo, y bajo las tapas de la casa solo crecía la maleza del resentimiento. Yo, en medio de este teatro absurdo, confié en la intuición de hija ese hilo invisible que atraviesa las pesadillas y me mantuve fiel a las palabras de mi madre, aunque todo pareciese girar al revés.
El sol volvió a salir torcido el día en que alguien inesperado trajo una brisa de verdad: Inés, la amiga inseparable de Rosario decían que tenía el don de la transparencia me contó lo que nadie se atrevería a imaginar. Era todo un entramado tejido por Rosario, una trama urdida para manipular a Ramón y echar a mi madre de la casa como si fuera un peón sin valor. Y la herida más honda: Rosario había decidido deshacerse del embarazo por su propia cuenta.
Cuando Ramón alzó el velo de la mentira y olió el perfume agrio de la traición, la furia le llevó a expulsar a Rosario de casa, mientras las campanas de la iglesia repicaban un réquiem extraño para todos. Luego, como un niño perdido, se arrodilló ante mi madre, pidiendo perdón con cada lágrima que, en un sueño, podía transformarse en perlas.
Y el corazón de madre, mar sin orillas, le abrió los brazos como siempre, disolviendo en silencio la pesadilla que nos había envuelto.

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MagistrUm
Mi hermano me contó que nuestra madre le había pegado a su mujer, y en ese mismo instante supe que algo no encajaba.