El abrigo blanco Desde los cinco años, Marisa vivía en un internado de Madrid. No recordaba bien p…

El abrigo blanco

Marina vivía en un centro de acogida desde los cinco años. Nunca supo muy bien por qué había acabado allí: solo recordaba que una mañana su abuela no despertó y que su madre jamás volvió. Después, vinieron manos desconocidas, paredes de colores apagados y el eterno aroma a coliflor hervida. Al principio, Marina lloraba cada noche, pero con el tiempo dejó de hacerlo. Sencillamente vivía y estudiaba, en silencio y con esfuerzo, como si en su interior albergara la esperanza de que, por portarse bien, le esperara algún premio verdadero.

De todos los espacios del centro, el lugar favorito de Marina era el gimnasio. Era grande, con el suelo de madera que crujía bajo los pies y ventanas altas siempre cubiertas de polvo, pero para ella era un castillo de cuento. Después de pasar el día en su abarrotada habitación número ocho, con cuatro camas apiñadas, el gimnasio le parecía un palacio. Cuando apretaba el balón naranja y lo hacía rebotar siguiendo un ritmo seguro, todo lo demás desaparecía. Y si lograba encestar, sentía una chispa de felicidad. ¿Por qué solo una chispa? Porque la felicidad plena, aquella que todos los niños creían posible, solo existe en una familia, y en su corazón aún reservaba un rincón tapado con una cortina, esperando ser abierta.

Corría rápido, saltaba alto y el balón parecía obedecer solo a ella. Su educadora, Doña Carmen, le dijo un día: Tienes mucho talento, Marina. Hoy mismo llamo a un amigo entrenador, quizá puedas entrar en una sección de baloncesto de verdad.

Y así fue.

Desde los doce años, empezó a entrenar con un equipo local de un barrio de Madrid y pronto la llamaron para jugar en el equipo de la ciudad. En la final del campeonato regional, fue la mejor jugadora del partido, anotando 32 puntos para su equipo.

Cuando le entregaron la medalla, el presidente del comité deportivo la felicitó: Enhorabuena, tienes mucho futuro, hija. Marina casi rompe a llorar, aunque el funcionario pensó que se debía a la alegría infantil. Pero cuando, una hora más tarde, la vio salir sola al anochecer del polideportivo, la detuvo.

Marina, ¿y tus padres? ¿Dónde vives?
Vivo en el centro de menores número tres, son cuatro paradas en autobús desde aquí.
Perdona, no lo sabía. Me llamo Enrique Moreno. Sube al coche, te acerco.

Por primera vez en su vida, Marina viajaba en coche y se sentía extrañamente bien.

¿Quién está a tu cargo allí?
Doña Carmen, la educadora.
¿Me la presentarás mañana?
Por supuesto, pero hoy ya no está, vendrá mañana por la mañana.
Perfecto. Hablaremos entonces.

Marina sentía mucha curiosidad por saber de qué querría hablar ese señor tan serio con Doña Carmen, pero no se atrevió a preguntar.

Al día siguiente, tras las clases, Doña Carmen la llamó a su despacho. Allí le contó que Enrique Moreno se había interesado por ella y le preguntó en qué necesitaba ayuda Marina Hernández. Doña Carmen le respondió que en realidad no le faltaba nada salvo, quizá, un abrigo nuevo.

Le dije que creces muy deprisa y que ya no cabes en las tallas de niños; necesitamos ir a una tienda de ropa de adultos. Me pidió tu talla y, míralo, Doña Carmen colocó en la mesa un paquete de papel atado con cuerda, vamos a probarlo.

Ante el asombro de Marina, la educadora sacó un abrigo blanco, entallado, con botones color ámbar. Era tan bonito, tan diferente a todo lo que había vestido antes, que Marina, normalmente callada, no pudo decir ni una palabra. Más aún, era totalmente nuevo, sin nombres sobre la tela, sin manchas de otros niños.

Madre mía, Marina, ¡un abrigo así solo lo he visto en las películas! Qué suerte la tuya. Venga, pruébatelo, a ver cómo te queda.

Marina sintió primero el frescor de la forra interior y luego un cálido abrazo. Al mirarse al espejo, vio a una chica sonriente y sonrojada, envuelta en un abrigo moderno que sentaba de maravilla a su figura deportiva. La falda vieja y la camiseta roja desentonaban, claro, pero nada podía estropear la magia del momento.

¡Y no es todo! anunció Doña Carmen, tan feliz como su pupila, mira esto.

Le entregó una hoja doblada con el dibujo de una acampada infantil.

¿Qué es esto, tía Carmen?
Una plaza para el campamento juvenil Amanecer, te han concedido una beca. También lo ha gestionado Enrique Moreno, ¡bendito sea!

Aquella noche, Marina no pudo dormir pensando en todo lo vivido: la victoria en la final, la medalla, el viaje en coche, la plaza para el campamento y, por supuesto, el fabuloso abrigo blanco que esperaba impaciente en su armario.

A horas intempestivas, Marina se levantó de puntillas, lo sacó y, abrazándolo, se asomó al pasillo. Afuera llovía tímidamente la primera lluvia de primavera. Marina pensó que nunca había lamentado tanto el fin del invierno, deseaba aprovechar cada momento con su tesoro.

***
Calzado de repuesto, deportivo, gorra y abrigo de entretiempo, repasaba Doña Carmen la lista de requisitos para el campamento. No discutas, Marina, si lo ponen en la hoja, será por algo.

Marina asintió, aunque no comprendía abrigos en verano. Pero las noches aún eran frescas, y no quería dejar su prenda más preciada en el armario común.

Nada más llegar al campamento Amanecer, en las afueras de Segovia, el resto de niñas la miró como si llevara un disfraz. Todas lucían chaquetas ligeras, chalecos vaqueros y sudaderas modernas. Solo Marina iba en abrigo blanco. Como el balón ocupaba casi todo su macuto, no pudo guardarlo y debió ponérselo.

¿Ese abrigo lo heredaste de tu abuela? rió una tal Celia, del catre de al lado.
¡A saber si es de su abuelo! bromeó otra.
Si ya ha terminado el invierno, susurró una niña al fondo.
¿Tú eres de León que vienes tan abrigada? dijeron entre risas.

Eso no importa respondió Marina bajito, apretando los puños y lanzando una mirada que las acalló al instante.

Colgó el abrigo del respaldo y salió a pasear sin mirar a nadie.

Está un poco tocada, ¿no? susurró otra, cuando la puerta cerró.

Mientras, Marina recorrió el campamento: el comedor, un escenario para actuaciones, el campo de fútbol, la pista de voleibol con red vieja… La de baloncesto apenas se intuía entre maleza, y solo uno de los tableros tenía aro.

¿Para qué he venido aquí?, pensó apoyándose en un viejo olmo, pero luego se animó: sobreviviría a esos veintiún días; tenía a su abrigo, a su balón, y las otras chicas poco le importaban. Volvió a sentirse tan sola como en sus primeros días en el centro.

Al día siguiente, fue la inauguración oficial del campamento, con hoguera y discoteca. Marina veía las llamas bailando en sus ojos y después se quedaba a un lado, sentada en un banco bajo las acacias, escuchando música desconocida.

Por las noches contaban historias de miedo y películas que muchas veían en vídeo en casa. Marina, con los ojos cerrados, fingía dormir. No podía deslumbrar a nadie: ¿qué iba a contar?, ¿las lágrimas de los nuevos?, ¿las cortezas de pan robadas del comedor?, ¿la forma en que miraban nerviosos a cada adulto?

Cuando buscaron jugadoras para el equipo de voleibol y faltaban compañeras, la monitora propuso:
Marina, tú eres deportista, prueba.

Nunca había jugado, y le costaba. En voleibol no se atrapaba el balón, se golpeaba. La capitana era Claudia, fuerte, guapa, con trenza larga.

No lo cojas, Marina, ¡pásalo! le gritaba Claudia.

El balón, demasiado ligero, salía disparado fuera del campo.

Ay, larguirucha, ¡así no hay quien juegue! suspiró Claudia. Ven a la red a bloquear.

Tras varios fallos y reproches, Marina salió del campo, cogió su balón, arrancó malas hierbas de la pista de baloncesto y se puso a lanzar a canasta una vez más.

Los días en el campamento se sucedían con gimnasia matutina, limpieza, comidas, ensayos para el concurso ¿Quién tiene talento? y otros eventos. Marina prefería los días de cine: ponían la cartelera y, por la noche, el proyeccionista traía una película del pueblo. Marina se sentaba atrás, para no tapar a nadie, y disfrutaba viendo héroes navegar o a indios cabalgar entre flechas.

Cuando no había cine, lanzaba el balón hasta el anochecer, mientras el abrigo blanco esperaba cerca.

A pesar de ello, no iba a las discotecas. Mientras otras chicas se maquillaban y charlaban, ella se quedaba sola en los bancos.

Una noche, escuchó susurros: Claudia y un chico del primer grupo se escondían tras los arbustos. De repente, tres jóvenes del pueblo, altos, algo borrachos, los sorprendieron. El chico huyó, dejando a Claudia asustada.

Pero bueno, ¿quién viene aquí tan mona? ¡De paseo bajo la luna, preciosa! decían rodeándola. Claudia gritó, pero la música lo ahogó.

Sin pensar, Marina saltó del arbusto y se plantó junto a Claudia, valiente.

Basta ya dijo entre dientes, ¡alejáos o tiro!

Los chicos, primero perplejos al ver a Marina como un espectro blanco, luego se crecieron.

¡Toma, otro fichaje, rubia y deportista! dijo el más alto.

Intentó agarrarla, pero Marina reaccionó primero: un golpe torpe, pero sincero. Claudia se revolvió, tiró del pelo a otro, y justo en ese momento la música paró y los monitores corrieron al grito de ayuda. Atrajeron al grupo, y cuando uno trató de huir, Marina le lanzó el balón por la espalda, derribándolo.

Buen lanzamiento, hermanita dijo Claudia, ya recuperada. Gracias, de verdad.

De nada, contestó Marina, recogiendo su balón.

¿Estás bien? le preguntó Claudia, por primera vez sin burlas.

Sí, tranquila.

Al día siguiente, Claudia la llamó durante los ejercicios:

¡Marina, ven conmigo! Te enseño a sacar.

No podré, Claudia…

Sí, puedes, ya verás.

En minutos, el balón cruzaba la red entre ambas.

¡Más suave, Marina, con los dedos, así! ¡Bien!

Desde entonces, las cosas cambiaron. Poco a poco, pero de verdad.

***
En el día de visitas, ocurrió algo inusual en esa época del año: nevó. Desde la mañana, copos grandes cubrían el suelo. Las rosas del comedor y las manijas de las puertas lucían preciosas, pero el frío era intenso.

Por la nieve, Marina no pudo ir a la pista; sólo miraba por la ventana.

Poco antes de comer, comenzaron a llegar los padres. Junto a la puerta principal, un altavoz anunciaba:

Celia Palacios, Alba Suárez, Javier Lázaro, vuestros padres han llegado

Quienes oían su nombre salían corriendo al encuentro de los suyos.

Vaya frío hace, si llego a saberlo vengo con bufanda, decía Celia. Bueno, así, en jersey, no me muero.

Entonces, sonó una voz inusual:

Ponte mi abrigo, Celia; estarás más calentita.

Todas giraron y vieron a Marina cediendo su abrigo a Celia, la misma que días antes la había criticado.

Gracias, Marina.

El abrigo lo llevó una, luego otra; abrigó a media docena de niñas, impregnándose de perfumes, manzanas y caramelos. Y cada niña devolvía a Marina una chocolatina, un zumo, un puñado de frutos secos. Por mucho que ella rehusaba, al anochecer tenía un verdadero banquete junto a la cama.

La última en marchar fue Claudia. Se lo puso, salió deprisa y se perdió en las luces del patio. Marina la vio alejarse y pensó que daría todo porque alguien viniera a buscarla también.

Se tumbó en la cama y, como cuando era pequeña, se tapó la cabeza para simular una casita bajo las mantas.

Despertó al notar una mano sobre el hombro. Medio dormida, vio la silueta de una mujer junto a ella. Pensó que era un sueño, y rodó al lado.

Pero la mujer seguía allí, sin moverse.

¿Mamá? preguntó Marina, sin abrir los ojos.

Sí, respondió una voz dulce, ¿puedo ser tu madre?

Y yo tu hermana de verdad, era Claudia esta vez.

Entonces Marina despertó de verdad y se sentó. La mujer que quería ser su madre era tan hermosa y serena como la hija. Tenía una mirada franca y directa, como la de Doña Carmen.

Sonriendo, dijo:

Claudia me ha contado tanto de ti que es como si ya te conociera. Dice que eres la mejor niña del mundo y que sin ti, no piensa irse de aquí.

Di que sí, Marina, por favor, insistió Claudia, abrazándola.

¿Y tu padre? ¿No le importará? preguntó Marina, temerosa.

Ya lo sabe y está contento. Es más, te conoce. ¿Recuerdas a Enrique Moreno? ¡Ese es mi padre!

¡Lo acepto! dijo Marina, llorando y abrazando a ambas.

Así fue como las compañeras la encontraron a su regreso.

***
Enrique esperaba en el coche. Cuando vio llegar a su esposa y a las niñas riendo, entendió todo: estaba feliz de ser padre de otra hija.

Desde aquel día, Marina cambió. Por fin abrió esa puerta de la felicidad en su interior y pasó de ser callada y solitaria a la alegría personificada en el campamento.

Las demás la aceptaron tras lo del abrigo y la pelea. En vez de comer sola, organizó un pequeño festín nocturno en su cuarto.

Le animaron a presentarse a Miss Amanecer, le enseñaron a bailar, a peinarse, a llevar vestidos.

Y una semana después, el altavoz del campamento anunciaba que los padres de Claudia y Marina habían llegado. Tomadas de la mano, corrieron hacia ellos, comprendiendo que estaban viviendo uno de los momentos más felices de la vida.

Porque, a veces, la fortuna llega cuando menos lo esperas, y abre puertas que por mucho tiempo parecían cerradas, recordándonos que la generosidad y la amistad pueden cambiar tu destino.

Rate article
MagistrUm
El abrigo blanco Desde los cinco años, Marisa vivía en un internado de Madrid. No recordaba bien p…