Cuando fui a visitar a mi amiga Almudena, mi marido de repente la llamó. Contesté al teléfono y escuché algo increíble. Esta es la historia de nuestra relación, las últimas dificultades de Almudena y un giro inesperado.

Hace seis lunas, Carmen fue abandonada por su marido, y yo intentaba ser el farolillo que guiara su ánimo por aquellas aguas oscuras. Pero durante el último mes, Carmen parecía haberse evaporado, distanciada y envuelta en un velo de indiferencia brumosa, como si yo fuera solo el eco de un sueño perdido. Preocupada por cómo se sentiría bajo esa niebla, en un impulso nocturno decidí visitarla; quería saber si su alma seguía intacta o si danzaba con fantasmas.
Al abrirme la puerta en su piso de Salamanca, Carmen me recibió entre dientes, dejando una sombra amarga en su mirada. En la cocina, un caldero burbujeaba con caldo de garbanzos, el vapor se torcía por el aire y yo, de forma torpe, la felicité por aquel aroma recio y ancestral. Carmen murmuró un agradecimiento fugaz y, como si algo la quemara, se esfumó del salón huyendo del humo, diciendo que el puchero amenazaba con rebelarse.
Me acomodé entonces en un sofá cubierto de mantas de cuadros y, en ese limbo onírico, recibí una llamada del hombre con quien estaba casada: Hoy estaré hasta tarde en el bufete, susurró, palabras que últimamente se repetían como las campanadas de la catedral. Curiosamente, fue justo cuando Carmen dejó de compartir conmigo los retales de su vida, cuando antes desgranaba sus días como si fuesen uvas.
De pronto como sucede solo en los sueños el teléfono de Carmen, reposando junto al mío, brilló con un nombre familiar: mi propio marido. Sin pensar, como llevada por la marea, descolgué y escuché su voz cálida, rozando la ternura: decía que pronto llegaría y que echaba muchísimo de menos a Carmen.
En ese instante, la realidad se torció: mi amiga Carmen compartía noches con mi esposo, entre sábanas de traiciones que aún no entendía. Salí a la calle con el estómago punzante, pero a la vez una extraña ligereza invadió mis hombros: ya no tenía por qué soportar la presencia cenagosa de ese hombre, o aguantar su desgana y su poco empeño, ni cargar con la responsabilidad de pagarlo todo en euros, siempre con mis ahorros de profesora.
Fue después que marché a mirar por el ojo de la cerradura, curiosa por saber cuánto resistirían juntos. Contra todo pronóstico, convivieron medio año entre las paredes de Carmen hasta que, cansada, ella le puso de patitas en la calle. Él pensó que volvería a mi lado, pero mis puertas estaban tan cerradas como las iglesias a medianoche. Ahora camino por las plazas castellanas celebrando mi soledad, aliviada de no arrastrar ya las cadenas de aquel vínculo que, al final, solo existía en la lógica torcida de los sueños.

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MagistrUm
Cuando fui a visitar a mi amiga Almudena, mi marido de repente la llamó. Contesté al teléfono y escuché algo increíble. Esta es la historia de nuestra relación, las últimas dificultades de Almudena y un giro inesperado.