Cuando tenía 23 años, trabajaba como camarera en un restaurante muy popular del centro de Madrid. Er…

Mira, te voy a contar algo que viví hace años, cuando tenía veintitrés y trabajaba como camarera en un restaurante bastante famoso en el centro de Madrid. De esos sitios que siempre hay cola, menú barato, música alta y gente comiendo rápido a la hora de comer. No tenía contrato ni seguros sociales, nada de nada. Me pagaban por día. Si no iba, no cobraba. Si me ponía enferma, a nadie le importaba. Aun así, era la primera en llegar y la última en irme. Me sabía las comandas de memoria, aguantaba clientes maleducados, limpiaba las mesas muerta de hambre y cansancio, pero necesitaba esos euros.

El día que descubrí que estaba embarazada me dio muchísimo miedo. No por el bebé, sino por el trabajo. Decidí ser honesta y darle la noticia a la jefa. Entré en su despacho, cerré la puerta y le solté: Estoy embarazada, pero quiero seguir trabajando. Ni me felicitó. Me miró fría y dijo: Esto no es una guardería. Las embarazadas se retrasan, se ponen malas, piden permisos. Yo necesito gente productiva.

Intenté explicarle que me sentía bien, que podía adaptarme al horario, que necesitaba seguir trabajando. Me cortó de golpe: Hazme el favor y deja hoy mismo la chaqueta. Terminé mi turno llorando en el baño. Salí por la puerta trasera con el uniforme y una bolsa de plástico con mis cosas. Nadie se despidió, nadie preguntó nada. Llegué a casa, me senté en la cama y tuve miedo de verdad por primera vezcómo iba a alimentar a mi hijo.

Los meses siguientes fueron durísimos. Limpiaba pisos ajenos, vendía gelatinas, empanadillas y dulces en las esquinas. Estaba sola. Hubo noches que dormía sentada con el bebé en brazos porque ni siquiera tenía cuna. Pero justo ahí empecé a cocinar en serio. Una vecina me pidió el almuerzo para su marido, luego otra para una oficina pequeña. Empecé con cinco almuerzos diarios, luego diez, luego veinte.

Con el tiempo alquilé un local pequeño: con una cocina, dos mesas y un frigorífico viejo. Le puse mi nombreLeonor. Empecé a vender desayunos, menús, empanadillas, postres. Abría a las seis y cerraba a las siete de la tarde. No había descanso. Mi hijo creció viéndome trabajar. Con tres añitos ya pasaba vasos, me ayudaba a contar monedas. Luego contraté a una ayudante. Después otra más.

Hoy tengo un pequeño negocio de comida rápida y catering para eventos: preparo desayunos para empresas, menús bajo pedido, catering sencillo para cumpleaños y reuniones. No soy rica, pero estoy tranquila. Pago alquiler, el colegio de mi niño, las facturas. Incluso logré comprarme mi propio equipo.

Cinco años después, una mujer entra en el local y pregunta por la dueña. Levanté la cabeza y la reconocí: era la antigua jefa, la misma que me echó estando embarazada. Yo había cambiado: más delgada, sencilla. Ella me miró sorprendida y preguntó: ¿Eres tú la propietaria? Le dije: Sí.

Se sentó nerviosa. Me contó que el restaurante donde trabajaba llevaba cerrado más de un año, que su negocio se había ido a pique, que había cambiado varias veces de trabajo pero nada constante. Me miró a los ojos y dijo: Necesito trabajar. Lo estoy pasando fatal. Sé que no nos despedimos bien, pero vengo a pedirte una oportunidad.

Me callé unos segundos y luego le pregunté: ¿Te acuerdas del día que me echaste por estar embarazada? Bajó la cabeza. Dijo que sí. Admitió que en esa época solo pensaba en el negocio y no en las personas. Yo le dije que me dejó sin nadacon miedo, con barriga y sin explicación. Que jamás me dio un chance.

Me pidió perdón. No lloraba, pero la voz se le quebraba. Me confesó que la vida le ha dado una lección y que ahora entiende muchas cosas. Respiré hondo y le contesté que no guardo rencor, pero que ahora gestiono mi empresa de forma diferente. Que mis empleadas tienen horarios claros, respeto y dignidad. Que sé lo que es trabajar con hambre.

Al final le ofrecí una prueba, pero bajo mis condiciones: puntualidad, respeto y cero humillaciones a nadie. Aceptó. Se fue con lágrimas en los ojos.

Yo me quedé detrás del mostrador, mirando mi cocina, mis mesas, mis cazuelas y todo el recorrido. No sentí venganza. Solo entendí que no soy una persona que cure su dolor causando daño a los demás.

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MagistrUm
Cuando tenía 23 años, trabajaba como camarera en un restaurante muy popular del centro de Madrid. Er…