Me di cuenta de que algo no marchaba bien el día en que descubrí que mi esposa ya no me decía te quiero. No recuerdo cuándo dejó de hacerlo. No sé si fue hace una semana, un mes o mucho antes. Solo sé que antes era algo constante: en la despedida por la mañana, al colgar el teléfono, justo antes de dormir. Y yo siempre respondía con un simple yo también, igual, jaja, amor.
Tengo 34 años. Trabajo todo el día. Salgo temprano de casa y vuelvo cansado. Siempre pensé que ser un buen esposo era cumplir con las obligaciones: pagar los recibos, hacer la compra, estar en casa, no traicionar. Llegaba, cenaba, me duchaba y después me sentaba a mirar el móvil o la televisión. Ella me contaba cómo le había ido el día, y yo le contestaba con monosílabos: sí, vale, luego hablamos, estoy agotado. Cuando me decía te quiero, no le daba importancia. Me parecía rutina, algo automático. Nunca creí que un día me faltaría escuchar esas palabras.
Empecé a notar la diferencia en los pequeños detalles. Ya no me escribía durante el día. Antes me mandaba mensajes: cuídate, que tengas buen día, has almorzado ya. Ahora, silencio. Por la noche se metía en la cama mirando el móvil, dándome la espalda. Ya no buscaba mi mano. Ya no preguntaba cómo estaba. Un día le dije cariño, y me respondió solo con mi nombre. En ese momento sentí un nudo en el pecho.
Una noche reuní valor y le pregunté:
¿Aún me quieres?
Guardó silencio. No me miró. Solo dijo:
No lo sé ya no siento lo mismo.
Fue como recibir un golpe seco. Le pregunté qué había ocurrido, si había otra persona, si había hecho algo grave. Me aseguró que no había nadie más, solo estaba cansada. Cansada de sentirse sola pese a tener compañía. Cansada de hablar y no ser escuchada. Cansada de decir te quiero y no recibirlo de verdad.
Esa noche recordé todas esas veces que me ha dicho te quiero y yo le respondí yo también sin mirarla, sin abrazarla, sin prestarle atención. Recordé los días que llegaba a casa pegado al móvil. Las ocasiones en que me pedía salir, hacer algo juntos, y yo prefería quedarme tumbado. Siempre creí que el amor se demostraba cumpliendo, asegurando el sustento. Pero ella necesitaba palabras, tiempo y atención.
Desde entonces trato de cambiar. Ahora le digo te quiero. La abrazo. Le escribo. La invito a salir. Pero ya no es igual. Ella me observa con cuidado, como si tuviera miedo a ilusionarse otra vez. A veces me contesta gracias cuando le digo que la quiero. Eso duele más que un no.
Vivimos bajo el mismo techo, dormimos en la misma cama, pero nada es igual. Siento que intento apagar un incendio cuando apenas queda nada que salvar. No sé si he llegado demasiado tarde. No sé si ya me ha olvidado. Solo sé que daría todo por volver a aquellos días en los que me decía te quiero sin pensárselo.
¿Qué me recomendaríais?



