Mi marido piensa sólo en él mismo. Se come todo, sin dejarle ni al niño.
Diego, ¿dónde han ido a parar los plátanos? le pregunto a mi marido.
Me los he comido, me apetecían me responde tan tranquilo.
¿No podías dejar aunque fuera uno para la merienda de nuestro hijo?
Madre mía, qué tragicomedia. Como si en el supermercado no vendiesen plátanos.
Pues ve tú ahora y compra unos cuantos entonces.
Es que tengo partido de fútbol. ¿Cómo quieres que vaya?
Así es siempre en nuestra familia: el requesón, las galletas, las manzanas… Tengo hasta que esconder la comida, porque con un padre así, mi hijo podría pasar hambre.
Llevamos casados cinco años. Nuestro hijo pronto cumplirá dos. Tenemos una hipoteca al cuello, así que ya sabes, el dinero va justo. Diego se piensa que es nuestro salvador porque nos dio el piso. La realidad es que vendió su piso pequeño para la entrada, pero mis padres también pusieron dinero. Mi madre dice que Diego es un egoísta de libro. No le falta razón.
Un día estábamos preparando la casa para el cumpleaños. Yo cocinando para los invitados, él todo el tiempo revoloteando y vaciando los platos. Lo peor es que hasta le metió mano a la tarta. La dejé en la terraza, porque ya no cabía nada en la nevera. La traje a la cocina para cortarla y cuando la miro… sólo queda una porción decorada de chocolate. Podéis imaginar la vergüenza que pasé.
Esto es el pan nuestro de cada día. Sí, es cierto, él trabaja y trae dinero, pero se puede organizar todo para que alcancen las cosas, pensando en los demás. Siempre tiene la misma excusa: Ya compraremos más, no te rayes. Vale, puede que no le importe yo, ¿pero cómo puede no importarle su propio hijo? Sobre todo cuando no vamos sobrados y yo cuento con esas cosas. En una semana se ventila la comida que debería darnos para un mes.
¿Por qué le echas en cara las cosas? Es una persona, que coma si tiene hambre. Él trae el dinero a casa. No te quejes y cocina más así le defiende mi suegra.
Pero por mucho que cocines, Diego nunca tiene suficiente. Se lo come todo. Ni hablar de comprar más, que hay que pagar la hipoteca, la ropa y el resto de gastos.
En fin, le dije claramente a mi marido que si volvía a hacerlo, nos divorciábamos. Dividiríamos el piso y cada uno por su lado. Se enfadó y fue corriendo a contárselo a su madre. Ahora mi suegra ni me habla. Pero yo creo que tengo razón. ¿Tú qué piensas?
Hoy, escribiendo esto, me doy cuenta de que es fundamental saber poner límites y defender lo que es justo. No sólo por mí, también por el bienestar de mi hijo.






