Era una noche fría en Madrid cuando regresé a casa y, al abrir la puerta, un sobresalto recorrió mi cuerpo. Mi hija, Carmen, estaba en su dormitorio llenando una maleta: ropa, maquillaje, el secador, su portátil. Me acerqué a ella, todavía incrédula.
Carmen, ¿dónde vas con tantas prisas? le pregunté, intentando disimular el temblor en mi voz.
Resultó que mi Carmen, a sus dieciocho años, se creía ya toda una adulta. Recuerdo que se me escapó un grito de asombro, y ella, muy sería, respondió:
Mamá, me voy a vivir con Iván.
¿A vivir con quién? solté de inmediato. ¿Y ese chico quién es? ¿No piensas presentarnos primero? ¿Con qué dinero vais a vivir? ¿De qué familia es? Hija, creo que estás corriendo demasiado.
Mamá, estamos en el siglo XXI. Soy mayor de edad, tengo derecho a mi vida contestó sin un ápice de duda.
No dije nada más. Sentí cómo la impotencia me anudaba la garganta y la tristeza al ver cómo Carmen iba guardando sus cosas, despidiéndose en silencio de cada rincón. Me resigné mientras la veía cargar hasta la batidora, que ni siquiera usaba. Ella terminó de empacar y salió. Desde la ventana, observé cómo un joven pelo oscuro, cazadora vaquera la ayudaba a meter todo en un Seat aparcado bajo la farola. Si quiere experimentar la vida de adulta por su cuenta, que así sea. El tiempo pondrá a cada uno en su lugar. A la mañana siguiente, cambié la cerradura. En estos días no se sabe qué puede pasar con Carmen y su nuevo amigo.
Pasaron varios días de silencio absoluto. Carmen no dio señales de vida. Jamás imaginé que podría iniciar tan rápido su nueva etapa. De pronto, recibí una llamada suya:
Mamá, ¿puedes pagar la matrícula de mi universidad?
Me dolió que solo llamara para pedirme dinero. No una pregunta, ni un saludo, ni un simple “¿cómo estás?”.
No, Carmen respondí con firmeza. Eres una mujer independiente. No creo que deba meterme ahora en tus asuntos.
Perfecto, gracias mamá me soltó, molesta, antes de colgar el teléfono.
Al fin y al cabo, era exactamente lo que ella había querido. Aprendería cómo es de verdad la vida adulta.
Decidí convertir su cuarto en mi despacho. Para qué dejarlo vacío si ya no vivía aquí. Busqué un escritorio bonito en Wallapop, dos sillas modernas. Lo único que dejé fue la cama, por si acaso. Al final, quién sabe, quizá recapacite y vuelva.
Pasaron dos semanas. Una tarde de lluvia, regresaba de la oficina cuando, al girar la esquina, la vi en el portal. Carmen, con las maletas junto a sus pies, y los ojos llenos de lágrimas.
Cariño, ¿por qué no avisaste que venías?
Me daba vergüenza, mamá. ¿No te alegras de verme? susurró, limpiándose el rímel corrido.
Claro que sí, hija. Venga, sube a casa.
Entramos juntas. Carmen empezó a dejar las cosas en su antiguo cuarto, aunque faltaba la cafetera. Me confesó que se la había quedado la madre de Iván, como pago por la habitación y los gastos de comida. Iván tenía ya treinta años. Y cuando Carmen le pidió ayuda para pagar la universidad, él se desentendió. No estaba dispuesto a hacerse cargo de ella.
Pero yo no podía dejar de pensar lo que debía de pasar por la mente de Iván cuando se plantó en casa de sus padres con mi hija, que ni tenía trabajo ni sabía lo que quería de la vida.





