Recuerdo aquella noche como si fuera ayer, aunque han pasado ya tantos años. Fue una velada en la que volví a casa y me encontré con una escena que me dejó perpleja. Mi hija, mi querida Inés, estaba meticulosamente recogiendo sus pertenencias: la ropa, los cosméticos, algunos aparatos… Me acerqué, sorprendida, y le pregunté adónde iba con tanta prisa.
Resultó que mi Inés, que acababa de cumplir dieciocho, de repente se sentía completamente adulta. De mi boca se escapó una exclamación asombrada, y mi hija, sin mirarme del todo, me dijo:
Mamá, me marcho. Voy a irme a vivir con Álvaro.
¿Cómo que te marchas? ¿Quién es ese chico? ¿No piensas presentárnoslo? ¿Y con qué dinero vas a mantenerte? ¿Es de aquí? pregunté, sintiendo el corazón encogido. Creo que te estás precipitando, hija…
Ay, madre, déjalo ya… Estamos en el siglo XXI. Soy mayor de edad, ya puedo hacer mi vida respondió ella con ese tono entre altivo y resignado.
No insistí más. Sentí que la situación me superaba y que estaba, literalmente, de manos atadas. La observé mientras guardaba también la batidora, despidiéndome en silencio de los cacharros de cocina que, todo hay que decirlo, ni usaba a menudo. Cuando por fin cerró la puerta con sus cosas, vi desde la ventana cómo un chico joven ese tal Álvaro, supuse la ayudaba a subirlas al coche. Ya que había decidido vivir como adulta, que probara lo que eso significaba. Ya veríamos en qué terminaba todo aquello. Al día siguiente, decidí cambiar la cerradura de la puerta de casa. Una madre nunca sabe qué esperar de su hija y su flamante pareja.
Pasaron los días y el silencio de Inés fue total. Nunca habría imaginado que su brote de independencia duraría tanto. Hasta que una tarde recibí su llamada:
Mamá, ¿puedes pagarme la matrícula de la universidad?
Me dolió escucharla solo para pedir dinero, sin un “¿qué tal estás?”. Contesté con frialdad contenida:
No, Inés. Ya eres mayor y autónoma. No quiero entrometerme en tu nueva vida.
Genial. Gracias, mamá respondió ella, molesta, antes de colgar.
Así era justo como ella quería: valerse por sí misma. Que aprendiera lo que era la vida de mayores.
Decidí entonces transformar su dormitorio en un despacho. Total, ya no vivía conmigo. Busqué una mesa bonita y unas sillas adecuadas, aunque dejé la cama por si en algún momento cambiaba de opinión. Quizá, en un futuro, Inés quisiera regresar.
Transcurrieron dos semanas. Al regresar de la oficina una tarde, vi a Inés esperando junto a la entrada, cargada de bolsas y con una expresión contrariada.
¿Por qué no me avisaste de que venías? le pregunté suavemente.
Me daba vergüenza, mamá. ¿No te alegras de verme? me dijo, limpiándose las lágrimas.
Por supuesto que me alegro le respondí. Venga, entremos en casa.
Al entrar, comenzó a recolocar sus cosas en la habitación, aunque reparó enseguida en la ausencia de su cafetera eléctrica. Al parecer, la madre de Álvaro la había retenido como pago por la estancia y la comida. Era una mujer muy recta. Para colmo, resultó que Álvaro tenía ya treinta años. Cuando Inés se percató de que yo no pagaría más por su formación, le pidió ayuda a su novio. Él, por su parte, no quiso responsabilizarse de los gastos de su novia.
Lo que me inquieta, incluso hoy, es imaginar qué podía pasarle por la cabeza a Álvaro cuando llevó a mi Inés, sin oficio ni ingresos, a casa de sus padres.





