Una noche llegué a casa y me llevé una gran sorpresa. Mi hija estaba metiendo sus cosas en unas maletas: ropa, cremas, utensilios. Le pregunté adónde pensaba ir.
Resultó que mi hija, Lucía, a sus dieciocho años, de pronto se sentía mayor. Hasta me salió un grito de lo asombrado que estaba. Y Lucía me dijo:
Mamá, me voy de casa. Me voy a vivir con Javier.
¿Cómo que te vas a vivir? ¿Y ese quién es? ¿No pensabas presentárnoslo antes? le pregunté. ¿Con qué dinero vais a vivir? ¿Tiene padres? Creo que vas demasiado deprisa.
Mamá, de verdad, déjalo ya. Vivimos en el siglo XXI. Ya soy adulta, tengo mi vida me soltó Lucía.
No dije más. Me di cuenta de que era inútil intentar razonar con ella. Vi cómo empaquetaba su batidora y otros cachivaches, y me despedí mentalmente de todas esas cosas. Total, casi no usaba nunca el exprimidor. Mi hija cerró sus bolsas y salió. Desde la ventana la vi marcharse con un chico joven que la ayudaba a cargar todo en el coche. Si quiere ir de adulta, pues que lo sea. Ya veremos qué tal le va. Al día siguiente cambié la cerradura de la puerta, uno nunca sabe qué se puede esperar de Lucía y su nuevo amigo.
Pasaron unos días en silencio. Mi hija ni siquiera me mandó un mensaje. No esperaba que iniciara tan pronto su vida independiente. De repente, me llamó por teléfono:
Mamá, ¿puedes pagar la matrícula de la universidad?
Me sentó mal que me llamase solo para pedirme dinero. Ni siquiera se interesó por cómo estaba yo.
No. Ya eres una chica independiente. No quiero meterme en tus asuntos.
Muy bien. ¡Gracias, mamá! me contestó Lucía con un tono enfadado y colgó.
Tal y como quería. Que sepa lo que cuesta ser mayor.
Decidí transformar su habitación en un despacho. Ya no vivía conmigo. Busqué una mesa bonita y unas sillas para el escritorio. Dejé la cama por si acaso. Quizás mi hija pensara las cosas mejor y regresara algún día.
Pasaron dos semanas. Una tarde volviendo del trabajo, me la encontré en el portal, con sus bolsas. Tenía la cara desencajada.
¿Por qué no avisaste de que venías, hija?
Me daba vergüenza, mamá. ¿No te alegras de verme? dijo, secándose las lágrimas.
Por supuesto que me alegro. ¿Pero qué dices? Anda, pasa.
Entramos en casa. Empezó a colocar sus cosas de nuevo. Pero faltaba la cafetera. Por lo visto, se había quedado en casa de la madre de su chico. La mujer se la quedó para cobrarle así el alojamiento y la comida. Javier, por cierto, tenía treinta años. Cuando Lucía se dio cuenta de que no iba a pagarle yo los estudios, se lo pidió a él. Pero Javier no tenía pensado hacerse cargo de sus gastos y no pagó nada.
A mí lo que me intriga es qué pensaría Javier cuando llevó a mi hija, sin trabajo, a vivir con sus propios padres.





