BARBA CANA, PERO CORAZÓN HERMOSO
¡Me has mentido todo el tiempo! Dejo nuestra correspondencia. Muy decepcionado en las mujeres. ¿Cómo pudiste fingir tanto? Pensé en casarme contigo y lo has arruinado todo. Es imposible comenzar una vida familiar desde la mentira y la desconfianza. Adiós. No me escribas más. No te responderé. Tu ex caballero.
Con esa carta terminó todo con William, aquel inglés con quien había intercambiado cartas casi un año entero. Íbamos camino de encontrarnos, allí en su ciudad natal: York. Pero, ay… No pudo ser.
Por aquel entonces yo contaba ya con cuarenta y nueve años. Hacía mucho que estaba separada. Hijos tenía, y nietos también. Sentía que, por última vez, quería vivir algo como mujer. Los años iban pasándose deprisa, y los niños, claro, con sus ocupaciones y su mundo propio. No podía quedarme entre cuatro paredes, recordando sólo lo que fue. Eso acaba por marchitarte. Mi círculo de amigas estaba todo casado, atado a sus hogares. Tras examinar detenidamente a todos los “pretendientes” en el trabajo, no encontré ninguno que me hiciera tilín.
Por ello, siguiendo el consejo de una compañera, decidí asomarme al mundo de las páginas de citas. Total, nada se pierde. Rellené una interminable ficha, me describí con mis mejores galas y colgué una foto favorecedora. Esperaba el milagro sin hacerme la encontrada. La dignidad, ante todo.
Dos semanas después, encontré en el correo electrónico un único mensaje. Nerviosa, lo abrí una tarde en mi piso de Salamanca. Era de William: inglés, cincuenta y nueve años, empresario, divorciado y padre de dos hijos adultos. En la foto, trajeado y de aspecto distinguido frente a una mansión de tres pisos, me proponía iniciar una relación que, quizá, terminase en boda.
Pensé: He aquí la dicha, tan cerca… Sólo había que responderle con acierto. Internamente, me daban ganas de decirle sí en el instante y tomar el tren a York para casarme o lo que hagan allá en Inglaterra, pero opté por hacerme un poco la dura: que lo tenía difícil, muchos pretendientes, etcétera. Mantuve el tipo y la compostura.
William fue delicado y comprensivo: “Lo entiendo”, me escribió, “una mujer como tú habría conquistado muchos corazones”. Su galantería inglesa me elevó el ánimo. Nuestra correspondencia se volvió pronto íntima y confiada. Teníamos la sensación de que el destino se había equivocado al hacernos nacer en puntos tan distantes. Él me llamaba Mi rosa misteriosa; yo le decía Mi caballero.
Sus cartas se convirtieron en mi alegría. Me veía ya, mentalmente, casada con el inglés. Imaginaba pasear la vida por su gran casa, charlar tranquilas mañanas bañadas de té. Entre más conocía sus pensamientos, más cercano me resultaba su corazón.
Avisé a mis hijos de que pronto viajaría lejos, que les dejaría el piso y dejaría mi trabajo. Mi hija y mi hijo, más pendientes de la tierra y la razón, trataron de devolverme a la realidad:
Mamá, ¿quién eres? Ya toca la jubilación, y tú con casorio extranjero en la cabeza. ¿Quién te va a querer allá? Tu caballero pronto empezará a perder la fuerza, las visitas nocturnas al baño, el malhumor. ¿De verdad quieres terminar de criada inglesa? Déjalo estar, mamá.
No les hice caso. Estaba decidida a ser lady, con todas sus letras. Cambié de ropa, de peinado, hasta de maneras. Esperaba la visa… Y de pronto, llegó aquella carta cruel: No eres rosa ni misterio, sólo una farsante. No me respondas más.
Me quedé perpleja. ¿Mentir? ¿Cuándo? Aun así, le escribí. Esperé, sin respuesta, medio año.
Ya había desistido de dejar el piso en herencia, cuando volví a tener noticias de William: Rosa misteriosa, perdóname. He estado muy grave en el hospital, sintiendo el final muy cerca. No quise preocuparte. Pedí a mi hijo Jaime que siguiera la correspondencia y cuidara de ti. Pero me dice que tú, de repente, cortaste todo. ¿Por qué? Ya estoy sano y quiero recibirte como esposa.
Leí varias veces su carta, y rompí a llorar. Jaime no quería que su padre se casara. Fue él quien sembró las dudas y terminó todo. Lo pensé y decidí no responder más. ¿Para qué? Si viajaba, el muchacho, por celos o despecho, acabaría envenenándome el té o inventando historias. William jamás desconfiaría de su hijo, y así terminaría expulsada de la casa. Bastante tenían ya entre sí.
Además, mis nietos pronto comenzaban el curso. Tenía que ayudarles, y también ir al huerto: plantar tomates, segar el césped, regar las flores… Nadie cuida mejor su jardín como quien lo ha visto brotar.
Ya tenía suficiente con mis propias aventuras. Volvería, pensé, a disfrutar de la vida sosegada. Porque esta, mientras tanto, sigue pasando deprisa.
¡Hombre, vecino! ¡Cuánto me alegra verte, que hacía tiempo que no venías! ¿Preocupaciones, o te has casado y no nos lo has dicho? me saludó Julián, el de la finca de al lado, echando una mirada pícara.
¡Hola, Eugenia! No sabes lo que te he echado de menos. ¿Y tú? ¿No le habrás dado el sí a nadie? ¿Me ayudarás con la leña? Te invito luego a tomar un café, que hay muchas cosas que contarte.
¿Cómo no, Julián? Un año sin tu visita es mucho tiempo. Pero dime, ¿cómo es eso de que no tienes esposa, si podrías haber escogido entre todas?
Contigo no hace falta buscar más, Eugenia. ¿Nos vamos a mirar más, si nos conocemos como el pan y la sal? Como decimos aquí, el árbol viejo cruje, pero dura.
Y así, mi prometido, con la barba cana pero el alma noble, y yo, emprendimos juntos una vida sencilla. Han pasado ya siete años desde que Julián y yo nos casamos, y nunca he dejado de sentirme dichosa a su lado…







