Cuando los tractoristas terminan su faena en el campo y se preparan para regresar a casa, les espera algo en la salida que les deja completamente boquiabiertos…
El día ya roza el atardecer. Uno tras otro, los tractores ronronean y abandonan el extenso campo, que desde primera hora de la mañana huele a paja y a gasóleo. Los hombres, cansados pero satisfechos, charlan por los walkies, bromean y ya sueñan con sentarse en la terraza con un café o, más bien, con una copa de licor.
El sol desciende hacia el horizonte, bañando los campos dorados en una luz suave y cálida. El último en marcharse es el tractor de don Javier el veterano del pueblo, con el rostro surcado de arrugas, como la tierra resquebrajada tras una sequía. Decide dar un último vistazo, simplemente para asegurarse de que no ha quedado nada olvidado.
Y entonces lo ve.
Al borde del campo, junto a una piedra antigua bajo la que antes pastaban las vacas, descansa algo pequeño realmente diminuto, temblando de frío y agotamiento. Don Javier entorna los ojos, se acerca con precaución y en su pecho siente un nudo: es un ternero, completamente solo, con unos ojos grandes y asustados, balando suavemente. Parece que su madre ha desaparecido o se ha extraviado, y el chiquitín ha sido abandonado como si el mundo lo hubiera olvidado.
Los tractoristas, que ya estaban cerca de la salida, también lo han visto. Al principio callan, sobrecogidos por aquel hallazgo inesperado. Entonces, uno de ellos, un joven pecoso, susurra:
Hay que llevarlo con nosotros… No podemos dejarlo aquí.
Don Javier ya se ha bajado del tractor y se aproxima con mucha delicadeza. El ternero retrocede unos pasos, pero luego, al sentir la calidez de la mano del mayor, se acerca despacio. Su piel está empapada de rocío y sus patitas tiemblan como campanillas.
Bueno, pequeño amigo murmura don Javier, agachándose, vamos a buscarte un hogar.
Entre todos lo suben a la remolque. De camino al pueblo, el ternero se tumba tranquilo, como si supiera enseguida que, ahora, nadie lo volverá a abandonar. En la aldea, se reúne el vecindario para contemplar al inesperado invitado. Una mujer trae una manta vieja y calentita, otro vecino aparece con un cubo de leche.
Don Javier declara:
Lo llamaremos Alba, para que nos reciba cada mañana al despuntar el día.
Así el ternero encuentra calor y cuidado entre la gente, y los tractoristas, aunque agotados por la jornada, sienten una alegría distinta: a veces, los pequeños milagros surgen justo donde menos los esperas. Alba se convierte en un animal fuerte y feliz, y don Javier repite:
A veces la salvación llega sola, sin que uno lo espere…
Y el campo queda, para siempre, como el lugar donde un corazón pequeño halló su hogar.







