La siesta no trajo ese alivio tan esperado, solo dejó en mí una sensación densa de inquietud y la boca seca. Me desperté con una extraña sensación casi física de vacío en las piernas, como si alguien me hubiese quitado la bolsa de agua caliente de debajo de la manta. Normalmente, Ulises mi golden retriever dormía ahí, y su respiración pausada y profunda me mecía mejor que cualquier gota de valeriana.
Esta vez la cama estaba vacía y la sábana, fría e incómoda pinchaba mi piel. Me senté, colgué las piernas y un escalofrío me cruzó de pies a cabeza por culpa de la corriente que parecía colarse transversal por todo el piso. El silencio ese silencio sordo y grueso de los pisos viejos de Madrid retumbaba tanto que me zumbaban los oídos. Ni el tecleo de sus uñas en el parqué, ni un suspiro familiar, ni el sonido de su piel sacudiéndose; nada.
¿Ulises? llamé, y hasta mi propia voz me sonó extraña, cuarteada.
Nadie acudió. El piso de repente se me hizo enorme, hostil, como si de pronto se hubiera desvanecido todo el calor de hogar. Caminé por el largo pasillo, tocando el gotelé de las paredes para no perder el equilibrio. El corazón me palpitaba de tal manera que cada golpe me retumbaba en las sienes.
En la cocina, sentada como una reina en una silla, estaba Eugenia. Mi nuera, veintiséis años, parecía recién sacada de un reportaje de Vogue: piel lisa, peinado perfecto y esa mirada suya que nunca ha conocido el calor ni la compasión. Tenía un vaso alto con un batido verde espeso y deslizaba el dedo por Instagram en el móvil, feliz como si le hubiera tocado el cupón de la ONCE.
Eugenia, ¿dónde está el perro? pregunté apoyándome en el marco para que no se me notara la flaqueza en las piernas.
Alzó los ojos de forma lánguida, llenos de ese pasotismo helado y satisfecho. Dio un sorbito al batido, dejando una marca verde en el labio, y se lo limpió lentamente.
Ay, señora Pilar, ¿ya se ha levantado? me contestó con esa voz empalagosa suya de buenas maneras. Pues Ulises Ha pasado una cosa rara. Estaba como loco, lloriqueando y saltando a la puerta, arañando. Yo he pensado: ¿le habrá sentado mal el pienso? y con un gesto dramático, enseñó las uñas rojo sangre, moviendo las manos al aire. Total, que le abro, iba a ponerle el arnés, ¡y salió corriendo! Que ni me dio tiempo, que casi me tira. Yo grité: “¡Ulises, quieto!” y nada, ni caso. Se fue. Habrá olido algo, que es primavera ya, estarán las perras en celo. No volverá, señora Pilar. Dicen que cuando un perro de casa se va solo, es que quiere morirse lejos para no dar pena a los suyos.
Me sentí por dentro como si un hierro oxidado me recorriera el estómago.
¿Qué primavera, Eugenia? Si estamos en noviembre susurré, notando cómo se me enfriaban los dedos. Y además está castrado desde hace cinco años. Tiene miedo al ascensor. No se despega de mí ni en la acera.
Eugenia solo se encogió de hombros, pura indiferencia. Le daba exactamente igual mi angustia.
Pues yo qué sé igual se hartó de tanto muro y tanta ciudad. Querría campo, libertad Animal, al fin y al cabo.
Mi vista se posó en las llaves del coche, tiradas de cualquier manera en la mesa. Tenían su llavero de conejo blanco mullido, ese que de repente me pareció lo más siniestro del mundo. No estaban en el recibidor donde siempre las dejaba mi hijo Javier, sino aquí, en la cocina. No solo abrió la puerta, no. Había llevado a Ulises fuera mientras yo dormía, aprovechando mi debilidad.
Di media vuelta sin decir nada y fui hacia el vestíbulo, notando cómo crecía en mí una determinación helada. Sabía que, si se lo había llevado lejos, buscar a mi perro a pie era imposible, pero no podía quedarme sentada mirando su careto de triunfadora que acababa de barrer el camino a su antojo.
Las siguientes cuatro horas fueron como un mal sueño, pegajoso y asfixiante. Recorrí todo el barrio, miré bajo cada coche, llamé hasta quedarme ronca mientras la garganta me raspaba como lija. Llamé a los vecinos, con las manos tan temblorosas que dos veces se me cayó el móvil al suelo. Escribí en el grupo de WhatsApp del edificio y mandé la foto de Ulises con la lengua afuera y una sonrisa de oro. “Se ha perdido. Es bueno, se acerca a todo el mundo…”
Nadie había visto nada. Nadie.
Al volver, me tomé unas gotas de valeriana pero el olor me sentó todavía peor. El piso que Javier había comprado para todos, se había transformado en un campo de batalla donde yo acababa de perder la guerra sin ni siquiera pelear. Eugenia pasó de largo por mi lado como quien sortea un mueble viejo y molesto al que nadie echa cuenta.
En el pasillo había una maleta rosa, enorme, con la boca abierta como la de un monstruo hambriento. Eugenia iba haciendo bola con bikinis, pareos, cremas caras
Venga, madre, no se ponga así dijo con desdén, al pasar cargada de vestidos de seda. Si solo era un viejo chucho, lleno de pelos, que lo deja todo apestando y se baba el parqué Búsquese un pez, que no da guerra, no hay que sacarlo cuando llueve. Javier me ha pagado un hotelazo, “ultra todo incluido”. A mí me hace falta alegría, y usted venga con sus melodramas.
¿Javier lo sabe? pregunté, con la cabeza baja.
¿Que se ha perdido el perro? No, ¿para qué molestarle en su viaje de trabajo? Ya se le dirá. Se escapó, que es mayor, que se nos olvidó la puerta Lo de siempre.
No solo nos había dejado sin el perro, sino que encima tenía todo bien planeado para que la culpable fuera yo. Y Javier, con lo bueno que era mi chico Creería rápido lo que Eugenia contara, porque sabe llorar sin descomponerse, y yo solo sabría quedarme muda, tragando rabia, presa de la vergüenza.
Me senté en la butaca oscura del salón, agarrando entre las manos la pelota mordida de Ulises. Era mi único anclaje a la realidad donde él existía y estaba bien.
Las primeras sombras de noviembre se colaban a través de las ventanas. Unas sombras violetas que engullían todo. El viento sacudía la rama de la higuera y arañaba el cristal como un demonio pequeño.
De repente, ese ruido cambió.
No era cristal. No era una rama. Era un rascado tímido, casi imperceptible, en la puerta de la entrada. Junto a un gemido que apenas se oía.
Me levanté tan deprisa que casi perdí el sentido. No recuerdo cómo crucé el pasillo, ni cómo giré la llave con las manos temblorosas. Abrí la puerta de golpe.
En la alfombrilla, hecho un ovillo gris, temblando, estaba Ulises.
Olfateaba a tierra, gasolina, polvo de carretera y puro, puro miedo.
¡Ulises! susurré, cayendo de rodillas sobre la fría baldosa.
El perro levantó la cabeza con esfuerzo. Su pelo dorado estaba lleno de nudos, pegotes y ramaje seco. Temblaba mucho. De la pata delantera derecha colgaba, alzada, mal apoyada sobre el aire.
Pero en la boca llevaba algo bien apretado. Muy apretado. Una libretita roja.
Mi chico Has vuelto le murmuré, acariciándole la cabeza sucia y mojada, tan feliz que se me olvidó la asquerosidad de la escena. Sentía solo vida bajo mis dedos. A ver, dame eso ¿Qué es eso?
Ulises, jadeando, logró soltar la mandíbula. La libreta roja cayó en mi mano.
La limpié contra el borde del albornoz, y la portada dorada brilló bajo la luz del descansillo. Era un pasaporte.
Lo abrí con dedos entumecidos. Desde la foto me miraba Eugenia: peinado de anuncio, mirada chulesca. Entre las páginas, asomaba una tarjeta de embarque. Clase business. Vuelo a primera hora.
Y de pronto vi cómo encajaba todo: ella lo había llevado lejos, a las afueras de Madrid, a un descampado. Había tirado del perro fuera del coche, a la fuerza. Él no quería moverse, seguro que hasta le cayó el bolso al suelo y se le escapó el pasaporte. Y Ulises Ulises no corrió tras el coche, no; él buscó lo que olía a ella, a casa, a familia. Y lo trajo de vuelta. Había recorrido decenas de kilómetros a tres patas para devolverle lo que perdió mientras ella le traicionaba.
¿Qué pasa ahí? gritó Eugenia en tono irritable. ¿Otra vez el aire? ¡Que entra frío!
Salió al pasillo, ajustándose la mascarilla de tela. De pronto se quedó helada, viendo al perro, sucio, en la alfombra. La mascarilla de tela parecía de pronto su auténtica cara: rígida, vacía.
¿Tú? musitó, y la voz se le rompió en un chillido. ¡Pero si te llevé hasta Rascafría! ¡Al campo! ¡No puede ser!
Ulises, al escucharla, hizo algo que jamás había hecho con una persona. Gruñó, grave y profundo. Se pegó a mi pierna buscando, o dando, protección.
Me puse en pie despacio, un poco encorvada pero firme. El miedo se esfumó. Solo sentí asco, ese asco que se siente cuando pisas barro descalza.
¿Así que “se ha escapado”? dije bajo, dándole el pasaporte con las puntas de los dedos, como si fuera una rata muerta. Dices que fue la llamada de la naturaleza ¿Hasta Rascafría, eh?
Eugenia alternó la mirada entre el perro y el pasaporte. Se le pusieron los ojos redondos de puro miedo. Reconoció su documento.
¡Dámelo! gritó, corriendo hacia mí. ¡Es mío! ¿De dónde lo ha sacado ese bicho? ¡Dámelo ya!
Di un paso atrás, escondiendo la mano. Ulises ladró un aviso. Eugenia reculó, como si hubiera chocado contra una pared invisible.
¡Mi vuelo sale a las seis! Javier ha pagado un dineral por el viaje. ¡Dámelo ya, vieja chalada, no tienes derecho!
Acaba la frase, anda le solté tranquila. ¿Vieja bruja? ¿Demente? Como me llamas por teléfono a tus amigas, ¿no?
¡Me da igual! ¡Devuélveme el pasaporte! ¡Robar es delito!
Ay, que el perrito está cojo le dije con voz dulce, como a una niña mala. Tiene la patita mal. ¿Ves? Hay sangre, le duele. Tendré que llamar al veterinario para radiografía, resonancia Y eso es muy caro, Eugenia. Carísimo.
¡Te pago lo que quieras! buscaba en vano por los bolsillos del albornoz. ¿Mil? ¿Dos mil euros? ¡Toma, todo tuyo, pero dame el pasaporte!
No, Eugenia, no va de dinero esto. Va de principios. Tiraste a un ser vivo, de la familia, a morir solo en el campo. Lo condenaste a pasar frío y miedo.
¡Solo es un perro! gritó ella, casi histérica, y el rubor se le extendió por arriba de la mascarilla. ¡Y yo necesito vacaciones! ¡Estoy agotada!
Tú de nervios vas bien, lo que te falta es alma le dije. Abrí el pasaporte. Las páginas estaban húmedas, pegadas.
Uy, me hice la tonta, mirando el papel empapado. Vaya, mira cómo lo ha dejado el perro. Se lo ha traído en la boca diez kilómetros. Baba, dientes, barro No creo que la policía de fronteras aprecie tu nuevo “look”.
¡Se seca! ¡Con secador y plancha queda bien! ¡Dámelo!
Y aunque seque me acerqué a la ventana abierta de la cocina.
Vivimos en un primero. Debajo hay rosales salvajes y zarzas que nuestro portero, don Ramón, nunca poda. Noche cerrada y viento azotando las ramas negras.
Tú tiraste a mi amigo. Yo tiro tus vacaciones.
¡No! ¡No te atrevas! se abalanzó a por mí, derribando sillas.
Me balanceé. Sin prisa. Con todo el brazo.
¡Busca, Eugenia!
La libreta roja hizo una curva preciosa en el aire y desapareció entre las zarzas. Oí el crujido de las ramas y luego nada más. El pasaporte se había ido a parar al centro de esa maraña.
¡A buscarlo! le ordené con voz helada. Igual para el amanecer lo encuentras. Si tienes suerte.
Eugenia gritó como una gaviota herida. Se abalanzó a la ventana, medio cuerpo fuera, buscando algo en la oscuridad, pero solo vio viento, ramas y frío.
Se giró a mirarme, con los ojos llenos de rabia. Y salió disparada del piso, solo en albornoz y zapatillas. Oí de lejos el portazo del portal.
Cerré la ventana. Hacía frío. Ulises no podía seguir en la corriente, ya había pasado suficiente.
El perro se tumbó en la alfombra del salón, jadeando y lamiéndose la pata. Me senté junto a él, con el botiquín a mano. Ya no me temblaban las manos. Sentía una paz rara y ligera, como si hubiera dejado una mochila llena de piedras. “Vamos a ver, campeón” le susurré encendiendo la luz de mesa.
Le miré la pata. No parecía rota, pero estaba hinchada. Separé el pelo enredado. Allí estaba: una espina enorme de cardo, clavada entre las almohadillas, doliendo cada paso.
Aguanta, chico, ya pasará dije, cogiendo las pinzas.
Ulises no se quejó, ni la retiró. Se fiaba de mí. De un tirón, saqué la espina ensangrentada, limpié bien la herida y le até una venda. Ulises suspiró profundo y me puso la cabeza en la rodilla.
Por fin estaba en casa.
Por la doble ventana se oían los gritos histéricos de Eugenia, peleándose con las zarzas, su albornoz y el mundo entero. Maldijo a todos a mí, al perro, a los rosales, a España, a Javier mientras los pinchos le rasgaban hasta la dignidad. Pero por primera vez me sonó a justicia poética. Era la obertura de su vida en solitario.
Sonó la llave en la puerta.
No pegué un salto, lo sabía. No era Eugenia; salió sin llaves y con las prisas se las dejó.
Entró Javier. Mi hijo. Cansado, sin afeitar, con la bolsa de viaje colgada. Había vuelto un día antes para darnos una sorpresa.
Se quedó en seco viendo al perro vendado. Miró la venda, las gasas, la espina ensangrentada sobre el papel.
¿Mamá? ¿Qué ocurre? ¿Por qué Eugenia anda a gatas por los arbustos, con el móvil como linterna y a grito pelado? La he llamado y ni me ha mirado.
Sonreí tranquila, con esa sonrisa de quien sobrevive al temporal.
Que está entrenando, hijo, que le ha dado por la supervivencia en la selva. Vocación de “Robinsona”, ya sabes.
Javier se descalzó, entró al salón. Miró a Ulises, que celebró moviendo la cola flojito. Miró el botiquín y la espina en el papel.
¿Se lo llevó, verdad? preguntó, bajito.
No preguntó si “se perdió”. Él lo sabía. Siempre lo ha sabido; las miradas de Eugenia, sus gestos Solo prefería no ver, como muchos hombres, queriendo que las cosas se arreglaran solas. Pero hoy ya no.
Se lo llevó confirmé sin más. A Rascafría. Me dijo que “se escapó buscando novias”. Pero ha vuelto. Y trae esto le mostré el pasaporte mordido.
Javier miró por la ventana a la noche negra, donde bailaba la linterna de Eugenia y el crujido de las ramas era un lamento.
¿Y el pasaporte? Grita por uno
El pasaporte lo encontró Ulises. Donde le abandonó ella. Y lo trajo en la boca. Pero hice una pausa en el viaje se ha estropeado un poco. Luego, sin querer, se fue por la ventana. La corriente, ya sabes.
Javier se quedó callado. Le vi apretar la mandíbula. Él adoraba a Ulises, que era parte de su infancia, de la memoria de su padre, de todo lo que fuimos familia. Lo de hoy, esa crueldad tan suya no iba a perdonarla.
Ya. Colgó la chaqueta y la dejó en la silla. Movimientos lentos, definitivos. Así que, Turquía va a esperar.
Eso parece le contesté mientras llenaba el bol de Ulises con pienso. El sonido de las bolitas era una música de hogar.
Javier se sentó en el suelo con el perro, que le lamió la cara agradecido.
Mejor. Así nos vamos nosotros dos, y Ulises. Buscaremos un hotel “pet-friendly”. Él necesita playa, y tú también.
Afuera se oyó un grito triunfal, que pronto se volvió angustia.
¡Lo encontré! ¡Pero qué es esto! ¡¿Qué le has hecho al pasaporte?!
Eugenia había hallado su tesoro, pero también vio lo que yo: el colmillo de Ulises le había atravesado de pleno. Un agujero limpio, fatal. La página del visado era ya confeti.
Javier fue a la cocina y puso el agua para el té.
¿Te hago un té, mamá? ¿Con menta? ¿Bien cargado?
Por favor, hijo. Por favor.
El piso por fin se llenaba de calor. El silencio y el frío desaparecieron, dejándole paso a la tetera y el sonido sereno de Ulises comiendo su bol de pienso, resignado y en paz.
Y Eugenia Eugenia se quedó fuera, donde tocaba, sola con su rabia, sus arañazos y un pasaporte agujereado que no le valía ya ni para ir a Cuenca.
Una semana después, volamos de verdad. A una casita cerca del mar, gestionada por una pareja que adoraba a los golden.
Ulises cojeó un par de días, pero el agua del Cantábrico y la arena lo curaron. Y Eugenia bueno, se fue a casa de su madre. Dicen que estuvo semanas curándose los nervios y los cortes de las zarzas pero hay cicatrices que no desaparecen nunca, y esas no se notan.





