Clara, déjame pasar. Ya no puedo vivir con ellos, esto no es una casa, es una cárcelsollozaba la hermana pequeña, plantada en el umbral.
Parecía Rocío una novia fugada antes de darle el “sí”. El rímel corría por sus mejillas, los labios le temblaban… En sus manos, sujetaba el asa de una enorme maleta de ruedas.
Espera…Clara bostezó, todavía medio dormida, y se apartó con desgana.¿Qué ha pasado ahora?
¡No me dejan vivir, Clara! ¡No sabes lo que está pasando allí! Ayer llegué a casa a las diez, en vez de a las nueve, y papá me sometió a un interrogatorio de horas, olfateándome como un sabueso. Mamá todavía no sabe tocar la puerta; se mete cuando me cambio, cuando estoy hablando por audio con mis amigos… ¡No tengo ningún espacio para mí!
Rocío hablaba atropellada, rebosante de indignación. Su queja era legítima. A los veinte, el control parental parece el infierno. Nadie soporta que le revisen los bolsillos, que entren en la habitación sin avisar y que exijan explicaciones por cada movimiento.
¡No vayas allí, no comas eso, no te juntes con esa gente! seguía Rocío. Ya no tengo diez años. Soy adulta. Tengo derecho a vivir como me apetezca, no como les conviene a ellos. Hoy les dije que me quedaba en casa de una amiga para estudiar para los exámenes, y papá me suelta: Nada de noches fuera, estudia en casa. ¿Eso es normal? ¿Qué pasa, estoy en primaria?
Clara escuchaba pacientepor un instante, le dio pena. Los padres siempre habían sido algo anticuados y sobreprotectores.
Ella misma había pasado por eso. A los veinte también se rebeló: no le gustaba que papá esperara en la ventana hasta las once, ni que mamá comprobara si llevaba bufanda. Pero Clara resolvió el asunto con decisión.
Me paso a la universidad a distanciales anunció hace siete años. Y me independizo.
¿Dónde? ¿Con qué dinero vas a vivir?se asombró mamá.
Mi amiga trabaja en un salón, necesitan recepcionista. Alquilaremos una habitación entre tres chicas. Nos apañamos. Si no puedo, vuelvo.
Clara lo consiguió. Fue duro: medio año a base de arroz y durmiendo en un sofá desgastado, pero nadie marcaba la hora de irse a la cama. Los padres intentaron ayudar con dinero y comida, pero Clara siempre rechazó con orgullo.
Estoy bien. Lo hago soladecía.
Fue entonces cuando le regalaron las llaves del piso de la abuela. Más que regalo, fue reconocimiento de su autonomía y responsabilidad.
Con Rocío, todo fue distinto.
Hace dos años falleció la abuela materna. Su piso lo heredó Rocío, justo cuando cumplió los dieciocho.
¡Ya está!anunció Rocío al recibir la herencia. Ahora soy una soltera de oro con dote. ¡Puedo irme de casa!
Los padres se miraron, sorprendidos.
Buenodijo papá entonces. El piso es tuyo. La factura de calefacción en invierno, si ahorras, son mínimo doscientos euros. La comida, depende, pero unos trescientos al mes. Transporte, ropa, cosméticos, Internet… En total, para vivir y seguir estudiando, necesitas unos mil euros al mes. ¿De dónde vas a sacar eso?
Rocío pestañeó, sin saber qué decir. Pensaba que ya hacía suficiente estudiando gracias a sus padres.
Y ahí se quedó todo. Rocío tampoco insistió mucho en independizarse, pero le dolió otra cosa: los padres alquilaron su piso y recibían el dinero “para ella”: pagar su universidad, facturas, comida y ropa. A veces daba para un poco de bolsillo, pero no estaba satisfecha; quería vivir en su piso sin responsabilidades.
Clara, recordando todos esos escándalos, la observó mejor: abrigo nuevo, botas de cuero, bolso de marca… Rocío no parecía una víctima de carceleros, sino más bien una princesa molesta por una minúscula incomodidad bajo su colchón.
Me han quitado las llaves del cocheañadió Rocío, secándose las lágrimas. Me han dicho que hasta que no apruebe las asignaturas, nada de coche. ¡Tengo que ir en autobús! ¡Y tarda mínimo media hora!
Vaya dramadijo Clara, viendo cómo su hermana arrastraba la maleta. ¿Y qué vas a hacer ahora?
La compasión empezaba a evaporarse.
Me quedo a vivir contigo. Hasta que se calmen y me pidan perdón. Tu piso es grande; no te molestaré, lo prometo. Estudiaré tranquila en mi cuarto…
Clara apretó los labios; no quería juzgarla, pero algo no cuadraba.
Rocíosuspiró. Hablemos en serio. ¿Quieres vivir como yo? Sin control, sin preguntas, sin horarios?
¡Por supuesto!los ojos de Rocío brillaron. Quiero decidir cuándo vuelvo a casa y qué me pongo.
Perfecto. Entonces, ¿por qué vienes aquí, en vez de alquilar tu propia habitación? O irte a una residencia.
Rocío parpadeó, perpleja.
¿Cómo? No tengo dinero. Soy estudiante.
Exacto. Estudiante presencial, viviendo a cuenta de los padres. Comes lo que compran, vistes lo que regalan, conduces el coche que paga papáenumeraba Clara. La libertad cuesta. Yo trabajaba y estudiaba a tu edad. Tú quieres tenerlo todo sin sacrificar nada.
¿No me vas a dejar quedarme?
Clara suspiró. No quería meterse, pero la situación lo exigía.
Primero llamo a mamádijo. Quiero escuchar su versión.
Rocío dudó, pero no pudo detenerla.
Era tarde, pero mamá aún estaba despierta. La conversación fue tensa, y Clara la puso en altavoz. Los padres habían quitado el coche y restringido salidas porque Rocío estaba a punto de ser expulsada de la universidad.
Los profesores me tienen manía. No soportan a las chicasse defendía Rocío, colorada.
Sí, claro, pero todas las demás han aprobado y tú noobjetó papá. ¿Crees que eres especial? ¿Pensabas irte con Clara y seguir sin hacer nada?
Papá tiene razónClara miró a Rocío. No cuido vagos ni quiero hacer de niñera.
Rocío la fulminó con la mirada.
¿Ah sí? ¿Todos vais contra mí? Pues nada, viviré en mi piso. Echad a los inquilinos. Me quedo allí sola, a nadie le daré explicaciones.
La sala quedó en silencio. Rocío alzó la barbilla, convencida de tener a sus padres contra las cuerdas.
De acuerdorespondió mamá, muy tranquila. Sin problema.
Rocío saltó en la silla.
¿En serio? ¿Los echáis? ¿Mañana mismo?
No mañana, como dicta el contratodijo papá. Tienen dos semanas para marcharse. Mientras tanto, vives aquí, terminas los exámenes. Pero, Rocío… ahora serás independiente.
Clarorespondió ella, recelosa.
Ya no habrá más dinero de alquilerremató papá, dejando que Rocío lo asumiera. Pagarás tú la universidad, las facturas de tu piso, la comida, la ropa y todo lo demás. Ni un euro nuestro. Eres adulta; vive como tal.
El rostro de Rocío se descompuso. Evidentemente, creía que el enfado de los padres no llegaría tan lejos.
Pero… ¡Estoy estudiando! ¡No puedo trabajar en presencial!
Clara también estudiórecordó mamá. Se pasó a semipresencial y trabajó. Tú decides, hija. ¿Quieres independizarte? Adelante. Pero todos los gastos son tuyos. O vives con nosotros, bajo nuestras normas, y te mantenemos. No hay tercera opción.
Rocío miró a Clara, buscando apoyo. Solo encontró ironía en su mirada.
¿Qué tal, hermanita?sonrió Clara. Bienvenida a la vida adulta. El pez tenía espinas, ¿verdad?
Pasó medio año. Todo contacto entre hermanas quedó en preguntas de cortesía sobre cómo iba todo y respuestas igual de superficiales. Clara solo sabía que Rocío ya no vivía con los padres, y nunca indagó más; temía que intentara ablandarla para aprovecharse.
Un día, Clara entró en una cafetería cerca del Retiro, escapando de la lluvia. Tras la barra estaba Rocío.
¿Mediano cappuccino sin azúcar, verdad?preguntó cansada, pero educada.
La Rocío de ahora era distinta. Las pestañas postizas hasta las cejas y las uñas de gel ya habían desaparecido. Las uñas, cortas, por higiene. En vez de sudadera de marca, el delantal verde de la cafetería y una chapa con nombre. Los ojos hundidos, el maquillaje apenas ocultaba el cansancio.
Holasonrió Clara, mezcla de compasión y respeto. Sí. Y un croissant, si hay fresco.
Rocío asintió, sin devolver la sonrisa, y se dispuso al trabajo.
Fresco. Lo trajeron esta mañana.
Todo lo hacía rápido, sin el aire de diva. Ahora tocaba adaptarse, no exigir.
¿Cómo fue la convocatoria?preguntó Clara mientras Rocío batía la leche.
Aprobadagruñó ella. Me cambié a semipresencial. Más fácil. Mamá me llamó hace poco, por si necesitaba comida. Le dije que no, que me las arreglaba sola.
Clara alzó una ceja, sorprendida.
¿Desde cuándo eres tan orgullosa?
No es orgullo, es inteligencia. Si acepto comida, empiezan de nuevo a darme la lata, que si los suelos sucios, que si polvo en los estantes. Paso. Prefiero avena con agua y tranquilidad.
Clara rió. Rocío le puso la taza delante.
Son tres euros cincuenta.
Clara pagó con tarjeta. Sonó el pitido.
¿Te cuesta mucho?murmuró la hermana mayor.
Rocío se detuvo un segundo, y en sus ojos brilló algo infantil, igual que cuando llegó a casa de Clara hace seis meses con la maleta. Pero enseguida recobró la compostura.
Estoy bien. Nadie me da lecciones. Y vendí el coche, por cierto. El metro es más rápido y barato.
Eres valiente, Rocío. De verdad.
La hermana sonrió torcidamente.
Sí, valiente. Solo que a veces me duermo aquí mismo. Venga, vete, que me pueden echar la bronca por hablar con clientes.
Clara se sentó en una mesa junto a la ventana, observando cómo Rocío frotaba la barra a conciencia.
Su hermana había conseguido lo que quería: vivir sin el control de los padres. Y no era tan malo. Solo que el pez, como ocurre a menudo, tenía espinas y ahora tocaba masticar despacio para no atragantarse.
Clara apuró el café, sacó un billete de veinte euros y lo dejó bajo la servilleta, luego llevó la taza a la barra y se marchó.
No era una limosna para la pobre pariente, sino la propina para una barista valiente que por fin empezaba a equilibrar expectativas y realidad.




