Confesó que amaba a otra, pero fue la nota de su mujer la que le reveló que ella lo había previsto todo y que la amante no lo esperaba
Primera etapa. Un mes como antes
Después, durante muchos años, Jacobo rebobinaba aquel mes en su memoria sin comprender: ¿de verdad ella pensaba dejarle marchar? ¿O ya entonces sabía que se iría ella misma?
Tras su sereno:
Bien, si amas a otra, márchate. Pero regálame algo antes
Jacobo se esperaba cualquier cosa: lágrimas, gritos, preguntas, interrogatorios nocturnos. Pero Carmen sólo añadió, mirándole directamente:
Dame treinta días. Quédate en casa, como si nada hubiese sucedido. Como si todavía fueras mi marido. No preguntaré nada. No te impediré marcharte. Pero esos treinta días serán míos. ¿Podrás hacerlo?
Se sintió algo aliviado entonces: por fin una mujer madura, un divorcio digno, sin suciedad. Hasta le resultó halagador que ella no se aferrase a él.
Claro, respondió con facilidad. Por supuesto.
Y comenzaron esos treinta días.
Ella realmente no preguntó nada. No miró su móvil. No le sonsacó nombres. No propuso hablemos. Al contrario: volvió a ser aquella mujer tranquila, cálida, con su acabo de hacer croquetas, todavía están calientes, su mano sobre su hombro al entrar.
Él le traía flores de repente. ¿Por culpa? ¿Porque Encarna la otra, que en su cabeza ya era sólo Encarna le recriminaba parece que quieres rematarla? Quizá por eso escondía su culpabilidad tras los ramos.
Carmen aceptaba las flores y le miraba como quien memoriza. No a él, sino el ambiente del hogar. El olor a canela, cómo él se descalza en el recibidor, el rumor de la lavadora, la luz sobre su camisa al salir del dormitorio.
Jacobo empezó a notar algo extraño: no quería irse. Su otra vida era intensa, dulce, era todavía soy deseado. Pero allí, en casa, todo resultaba seguro. Demasiado seguro como para no apreciarlo. Pero ya lo había dicho: Amo a otra. Debía ser consecuente.
No sabía que cada noche Carmen, tras la ducha, se sentaba ante el portátil y escribía. No en redes, ni en el trabajo. Escribía lo que se llevaba, lo que dejaba, a quién debía avisar.
Segunda etapa. La mañana en la que ella no soportó el escándalo se marchó a sí misma
Despertó en medio del silencio.
No era el silencio habitual, con ella en la cocina, el café burbujeando, la radio de fondo. Era un silencio vacío. Como de piso por estrenar.
¿Cari? murmuró, estirándose hacia su lado de la cama.
Vacío. Sábana perfectamente estirada, como en un hotel. Su pijama, ausente.
Se levantó y fue a la cocina. Mesa limpia. Nada en la vitrocerámica. Ni su bata sobre la silla. En el recibidor, ningún zapato suyo. El gancho donde colgaba su bolso vacío.
No se asustó de inmediato: pensó ha ido temprano a casa de su madre. Pero vio sobre la mesa una hoja doblada: folio blanco, escritura pulcra, su letra.
Encabezada por una frase que le heló la espalda:
Jacobo, el regalo me lo hice yo misma.
Se sentó. Abrió el papel.
Y lo que leyó a continuación fue lo que le puso los pelos de punta.
Tercera etapa. La nota que no era una nota
No era sólo un me voy, sé feliz. Más bien un expediente. Frío, pero escrito con afecto, con aquella paciencia de Carmen. Escribía como guiándole de la mano:
Dijiste: Amo a otra.
Contesté: Bien, márchate.
Pero, Jacobo, ni te enteraste de que en ese momento no fuiste tú quien me dejó, sino yo quien te soltó.
Pediste libertad te la di. Pero necesitaba treinta días para cerrar todo y resolver lo de tu otra.
Lee con atención. No rompas esto, te será útil.
Después, iba por puntos.
1. Sobre el piso
El piso en el que vives es mío. Me lo dejó mi abuela y lo pusimos a mi nombre cuando nos casamos. No lo recuerdas, porque entonces te daba igual estabas enamorado y creías que era para siempre.
Dos veces en los últimos años sugeriste vender y comprar algo más grande. Me negué ahora sabes por qué.
Ayer tramité en el Registro de la Propiedad la restricción de operaciones sin mi presencia. Así que, con tu otra, no moverás este piso ni un céntimo.
2. Sobre el coche
El coche te lo quedas. Es tuyo. He hecho la donación ¿lo imaginas? porque no quiero que pienses que quiero dejarte sin nada. No busco venganza. Sólo pongo punto final.
3. Sobre tu otra
Aquí, Jacobo sintió el escalofrío de verdad:
Crees que no sé quién es. Lo sé. Se llama Encarna. Tiene 29 años. Trabaja en una agencia de viajes y le gusta mucho la vida cara.
No la encontraste casualmente. Estaba en ese bar porque era conveniente.
Pero esa no es toda la verdad.
Hace diez días me reuní con ella. Sí, Jacobo. Yo. Ya sabía que eras casado.
Nos sentamos en una cafetería. Le dije: Si le amas, conozcámonos.
Al principio fingió modestia pero, cuando supo que yo sabía lo del viaje a Toledo, el hotel en la Gran Vía y la pulsera que le regalaste, se relajó.
¿Sabes qué dijo?
Carmen, eres una gran mujer. Pero Jacobo es adulto. Decide por sí mismo.
Después añadió:
No pienso casarme con él ni lavar sus calcetines. Me basta con que pague el piso y mis viajes. Si quieres, recupérale, pero que siga enviando el dinero.
Puse el móvil a grabar.
Junto a la nota, había un pequeño pendrive.
Jacobo exhaló. No podía creerlo. ¿Encarna? ¿Su Encarna? Aquella por la que buscaba una salida decente, sin herir a Carmen? ¿Para que dijera eso?
Pasó al siguiente punto.
4. Por qué pedí el mes
No estoy loca. No quise martirizarte. Ni quería escándalos. Necesitaba:
encontrar a Encarna y oírla sin dramas;
devolver el dinero que estabas enviándole del fondo común (sí, Jacobo, la cuenta conjunta era de ambos, no de ti y tu amante);
avisar al banco de que intentarías retirar ahorros;
preparar el divorcio para no dejarte atrapado;
y memorizarte normal. No al que caminaba por la casa con cara culpable y flores de excusa, sino al que bromeaba, tomaba mis quesadas y me besaba el cuello por las mañanas.
Ese fue mi regalo. Quise vivir un último mes real de matrimonio. Y entonces cerrar la puerta.
Le dio miedo. Porque durante todo ese tiempo creyó ser quien controlaba. Que él, honestamente, saldría bien, ella agradecería la sinceridad. Pero ya había sido calculado de antemano.
5. Qué pasará después
Cuando leas esto, estaré camino de casa de mi madre en Salamanca. Allí iniciaré el trámite de divorcio.
No necesitas ir mi abogado lo tiene todo.
Te quedas coche y tus cosas.
La deuda de la cocina es tuya, la he traspasado a tu nombre (siempre dijiste que era tu guarida, pues ahora pagas).
Los ahorros se congelan, hasta firmar el acuerdo.
Y además, Encarna en un mes dejará su agencia de viajes y se casará. No contigo. Ya tiene prometido.
Eso me lo dijo ella. En el pendrive lo escuchas.
Así que, Jacobo, no amas a otra, sino a tu ilusión, cultivada con gentileza femenina.
El último párrafo, menos frío.
No eres malo. Solo crees que no se puede no amar. Es cosa de hombres.
Yo sí te amé. Durante mucho tiempo.
¿Pero amo a alguien que vende nuestra vida por un viaje con una falda bonita? no.
Así que, vete.
Y por favor, la próxima vez que digas a una mujer amo a otra, asegúrate de que la otra te ama de verdad.
Adiós.
Tu antigua, accesible esposa,
Carmen.
Abajo, una posdata que le encendió las mejillas:
PD: Si intentas buscarme y montar escenas la grabación con Encarna irá a tu jefe y a tu madre. No por venganza. Sino porque a veces hay que mirarse desde fuera.
Cuarta etapa. Comprobación
El primer impulso fue ir al portátil. Insertó el pendrive. La grabación se abrió.
entienda, Carmen, decía Encarna, tono jovial ¿de verdad le preocupa Jacobo? Usted es una mujer hecha y derecha. Él es buen tipo. Generoso. Pero sabe que tiene familia. No soy tonta: no pienso casarme con él. Ya recibí lo que necesitaba nada más.
¿Y si él decide irse? preguntaba Carmen, tranquila.
Que se vaya, ¿y qué? Encarna bostezó. En seis meses verá que no quiero cocinarle. Para entonces estaré casada. Como le dije tengo pareja. Jacobo es solo un buen monedero.
Él cree que te ama.
Pues que lo crea, soltó Encarna. Los hombres necesitan jugar a enamorados. Lo esencial es el dinero. No tema, no le quitaré el marido. No me interesa.
Carmen, en la grabación:
¿Y si se lo entrego yo misma?
¡Ay, pues recupérelo! rió Encarna. No estoy por él, sino por las oportunidades.
Jacobo apagó.
El frío le inundó el pecho, como una cubeta de agua helada. Sentía vacío y pegajoso.
Había dejado a su esposa por una mujer que planeaba casarse con otro.
Había confesado con honestidad a la esposa que llevaba un mes cerrando agujeros financieros a sus espaldas.
Creía actuar como un adulto y era un ingenuo con la cartera gorda.
Sintió vergüenza como nunca.
Quinta etapa. El sentido de aquel regalo
Sólo al atardecer comprendió por qué ella lo llamó regalo.
Pensaba que el regalo era su sinceridad hacia ella.
Pero Carmen se regaló a sí misma: tiempo.
En esos treinta días:
retiró el dinero del fondo común de su alcance;
confirmó que la otra no era rival, sino una aprovechada;
gestionó los papeles de su casa y su vida;
y sobre todo se despidió a su modo.
No hubo portazo, ni platos rotos.
Se fue con elegancia. Ahora el dolor era suyo, no de ella.
Jacobo se sentó en el suelo del recibidor. En el suyo. En su piso de Carmen. Y por primera vez en ese mes, lloró. No porque se fue mi esposa. Sino porque comprendió:
ella fue más inteligente todo el tiempo,
ella supo todo,
y ella le amó de verdad de adulta, no como Encarna mientras pagues.
Sacó el móvil. Buscó a Encarna. Marcó.
Hola, cariño, contestó ligera. ¿Tan temprano?
¿Podemos vernos? logró decir.
Uy, no, se excusó. Hoy estoy con Nacho. Ya te lo he dicho. No montes escenas. Sabías que tengo mi vida.
¿Con Nacho? la boca seca. ¿Tu prometido?
Digamos que sí, encogió hombros. Jacobo, no entremos en esto. Somos adultos. Me ayudaste gracias. Pero nunca prometí nada. ¡Adiós, voy corriendo!
Cortó.
Se quedó mirando la pantalla.
Y ya está.
Había perdido a su esposa por alguien que sólo le veía como cajero.
Epílogo
Una semana después llegó una carta, de las de toda la vida.
Jacobo.
No me busques.
No estoy enfadada.
He terminado.
Si alguna vez maduras para amar a una persona real, no una ilusión, tendrás tu oportunidad.
Pero la próxima vez, asegúrate de que la otra no dice sobre ti lo que Encarna dijo a mí.
Cuídate.
C.
Dejó la carta junto a la primera nota y entendió: el mayor regalo que ella le hizo fue mostrarle quién era, sin adornos.
Y de verdad, se le erizaron los pelos, porque mirarse así resultaba mucho más duro que admitir me he enamorado de otra.






