El otro día mi madre salió de casa como cualquier otro día. Por la mañana me había escrito para preguntarme si había desayunado. Le respondí: “Sí, hablamos luego” y seguí trabajando. No fue una jornada diferente.

Ayer mi madre salió de casa como cualquier otro día. Por la mañana me había escrito para preguntarme si ya había desayunado. Le respondí sí, hablamos luego y seguí trabajando. No estaba enferma, no estaba en el hospital, no había preocupación, ni despedidas. Un día normal. De esos días que crees que no van a cambiar nada.
A las cuatro de la tarde me llamó un número desconocido. Era la vecina. Me dijo: Tu madre ha tenido un accidente. Le pregunté dónde estaba y me indicó la clínica. Fui enseguida. Me explicaron que se había caído en la calle, se golpeó la cabeza y no había nada que pudieran hacer. Así, sin dramatismo, sin palabras finales.
No hubo últimas frases. No hubo abrazos. No hubo tiempo para decir nada. Me quedé mirando una pared blanca mientras me explicaban sobre documentos, firmas, trámites. Llamé a mis hermanos con la voz temblorosa y les dije la frase más difícil de mi vida: Mamá ha fallecido.
El verdadero golpe no fue en la clínica. Fue al entrar sola en su casa para recoger sus cosas. Al abrir el armario, las prendas seguían ahí, esperando ser lavadas. Sus sandalias estaban junto a la puerta, la cartera colgaba tras la silla, las compras a medio guardar. Todo se había detenido en ese mismo instante en que la vida se truncó.
Cogí una de sus blusas para guardarla en una bolsa y aún tenía el olor del jabón que usaba. Me quedé así, la ropa entre mis manos, incapaz de moverme. Me senté en la cama y durante mucho rato miré el suelo. Sentí rabia.
Después vinieron esos pequeños gestos que duelen mucho: marcar su número por costumbre y recordar que ya no existe, llegar a casa después del trabajo y que nadie te pregunte si has llegado bien, pasar por delante de su portal y no entrar. Nadie te prepara para ese silencio.
Todos dicen: Era su momento, Dios sabe por qué hace las cosas, Ahora descansa. Pero yo no siento descanso. Siento ausencia. Siento que se fue en un día cualquiera, sin permiso, sin aviso, sin tiempo para consolar mi corazón.
Y eso es lo que más duele: que no fue una despedida. Fue un corte abrupto, seco.

Rate article
MagistrUm
El otro día mi madre salió de casa como cualquier otro día. Por la mañana me había escrito para preguntarme si había desayunado. Le respondí: “Sí, hablamos luego” y seguí trabajando. No fue una jornada diferente.