La Decisión Acertada

La noche es fresca, ya se siente octubre a la vista.

Isabel López está sentada en su sillón favorito junto a la chimenea, manejando las agujas de sus ovillos. El chal que teje para su marido se alarga punto a punto. De vez en cuando levanta la vista y observa a Juan, que está en la mesa inclinado sobre una libreta, garabateando y frotándose el entrecejo pensativo.

En la casa reina el silencio cómodo que siempre conocen. Sólo el tictac del viejo reloj de pared rompe la quietud, y de vez en cuando se oye el crujido de la leña en la chimenea.

De pronto la puerta se abre de golpe.

El chirrido de la bisagra hace estremecer a ambos padres.

En el umbral aparece su hija, Almudena. Sus mejillas están sonrojadas, sus ojos brillan y una extraña sonrisa emocionada se dibuja en sus labios.

¡Mamá, papá, tengo una noticia increíble!

Los padres se miran. Isabel deja lentamente las agujas, y Juan, sin despegar la mirada de la hija, cubre la libreta con la palma.

Vamos, cuéntanos dice con cautela, sintiendo un nudo en el pecho ante una corazonada inexplicable.

Almudena avanza, sonriendo de oreja a oreja.

¡Abandono la universidad!

El silencio en la habitación se vuelve denso, como si el aire se volviera agua.

¡¿Qué?! exclama Isabel, y la aguja se le escapa de los dedos, cayendo al suelo con un leve tintineo.

¡¿Estás loca o qué?! se levanta Juan de golpe.

Almudena solo se ríe, agitando la mano como si sus padres exageraran.

¡Vaya, qué pánico! No es por nada, es que he encontrado la pasión de mi vida.

¿Y cuál es? aprieta Isabel los reposabrazos del sillón hasta que sus nudillos se blanquean.

Almudena respira hondo y sus ojos se encienden aún más.

¡Voy a ser viajera!

Silencio.

¿Qué? replica Juan, como si la palabra le quemara la lengua.

¡Sí! Es sencillo. Haré autostop por el mundo, viviré en hostales, trabajaré donde haya que trabajar, conoceré gente, escribiré un blog

Isabel se vuelve pálida.

Almudena, ¿te das cuenta de que eso es una locura total?

¿Por qué? frunce la hija. ¡Eso es libertad!

¿Libertad? gruñe Juan entre dientes. ¡Es temeridad! Ni te imaginas lo que te espera.

Claro que será difícil al principio encoge de hombros Almudena. Pero no estoy sola, ustedes me ayudarán, ¿no?

¿Con qué? exclama la madre, su voz temblorosa.

Con dinero, al menos al principio, hasta que me ponga en pie.

¿Quieres que financie tu fuga de la realidad? se queda Juan inmóvil, con el rostro de piedra.

¿Y cómo más? abre los ojos, sorprendida. ¡Ustedes son mis padres!

Isabel se agarra el corazón.

Almudena hemos invertido tanto en ti tantas esperanzas

¿Y no tengo derecho a mi propia vida? replica la hija.

La tienes dice Juan de repente, firme como el acero. Pero si eres mayor y responsable, tendrás que resolver tus problemas tú misma.

Almudena se queda paralizada.

¿Ustedes se niegan a ayudarme?

Nos negamos a salvarte de las consecuencias de tu propia decisión.

Almudena exhala de golpe, sus ojos chispean.

¡Vale! ¡Me las arreglaré sin vosotros!

Se da la vuelta y sale de la habitación, cerrando la puerta con un golpe que sacude las paredes.

Se instala un silencio pesado y opresivo.

Isabel se queda en el sillón, temblando.

Dios mío ¿qué hemos hecho?

Nada dice Juan, sentándose pesadamente a su lado. Solo le dimos una oportunidad para pensar.

A la mañana siguiente Almudena no aparece para desayunar. Los padres beben café en silencio, lanzando miradas furtivas a la puerta que permanece cerrada y sin ruido.

Y entonces la puerta se abre.

Almudena entra pálida, con ojeras bajo los ojos, el cabello desordenado como si no hubiera dormido en toda la noche.

Me he arrepentido.

Isabel casi llora de alivio.

Gracias a Dios

No he dormido en toda la noche dice la hija, sentándose a la mesa, su voz casi un susurro. Pensaba ¿y si de verdad no puedo? ¿Y si me engañan, me roban, me abandonan

Juan se acerca sin palabras a la cafetera. Un chorro denso de café negro llena la taza de porcelana y el vapor se eleva en el fresco aire matutino, ondulando como el humo de una hoguera apagada. Lleva la taza a Almudena, y ese gesto sencillo lleva un entendimiento silencioso.

¿Así que al final decides terminar los estudios? pregunta, y en su voz habitual firme suena una dulzura inesperada.

Almudena abraza la taza con ambas manos, como queriendo calentar los dedos helados. Da un sorbo lento, respira hondo y sus hombros se relajan, como si una carga invisible cayera de encima.

Sí su voz tiembla. Pero todavía quiero viajar. Solo levanta la mirada, con una madurez que antes no tenía. No ahora. Cuando tenga estabilidad. Cuando realmente pueda confiar en el mañana.

Los labios de Juan se curvan en una sonrisa mínima. Asiente, y en sus ojos habituales duros aparece algo cálido, casi paternal: orgullo o alivio.

Eso ya suena sensato dice, y esas simples palabras son como la mayor alabanza.

Isabel no puede contenerse. Se levanta, abraza a su hija por los hombros y la aprieta contra sí. En ese abrazo hay tanta ternura que Almudena se aferra a su madre, sintiendo que su propio cuerpo tiembla traicionero. Isabel acaricia su cabello y cada suave toque susurra: Todo está bien, hija. Todo irá bien.

Lo importante es que lo has entendido susurra Isabel, su voz temblorosa.

Perdón por lo de ayer balbucea Almudena.

No pasa nada sonríe la madre, sus ojos brillando. Es razonable aprender de los errores.

La habitación se vuelve silenciosa, pero ahora es una calma reconfortante. Los rayos del sol que se cuelan por la cortina juegan sobre la superficie del café en la taza de Almudena. Juan tosse y se estira, tomando la azucarera y golpeando la cuchara contra la mesa, ese sonido familiar devuelve la sensación de normalidad y hogar.

El desayuno continúa en una atmósfera inusualmente tranquila. Almudena come su tortilla despacio, como si volviera a descubrir el sabor de la comida casera. Juan hojea el periódico, pero su mirada vuelve a su hija cada tanto. Isabel bebe su café sin prisa.

Entonces continúa la madre con cautela ¿Volverás a la universidad?

Almudena deja el tenedor. En sus ojos se lee una firme determinación.

Sí. He comprendido que abandonar los estudios es una tontería. Pero hace una pausa quiero cambiar de carrera. Derecho es lo que esperabais, no lo mío.

Juan deja el periódico. ¿Y qué quieres estudiar?

Periodismo. O relaciones internacionales. Para luego sus ojos se encienden de nuevo, pero ahora con un fuego consciente trabajar en el extranjero, legalmente, con contrato.

Silencio, pero ahora reflexivo y aceptante.

Habla primero Juan.

Eso tiene sentido. Asiente. El lunes iremos al decano y veremos cómo podemos traspasar la matrícula.

Isabel suelta una risa inesperada.

¡Imagino la cara de la directora, María Fernández, cuando lo sepa! ¡Estaba convencida de que serías fiscal!

Una sonrisa se dibuja en el rostro de Almudena.

Que ella intente ser fiscal a los setenta y cinco años.

Todos se ríen. Es una risa sincera, la del último día.

Y en verano continúa Almudena, si no os parece mal, quiero ir como voluntaria a Europa durante dos semanas, con un programa de intercambio.

Los padres se miran.

Eso empieza la madre.

Sin autostop interrumpe Almudena rápidamente, con billetes de ida y vuelta y el móvil siempre encendido.

Juan exhala profundamente, pero sus ojos revelan aceptación.

De acuerdo. Pero primero, los estudios. Y una preparación seria.

Almudena asiente, saca el móvil y marca.

¿Hola, Laura? Soy yo Sí, he cambiado de idea No, no abandono ¿Qué tal si nos apuntamos juntas a un curso de español?

Isabel capta la mirada de Juan y sonríe. En esa luz matutina, alrededor de la mesa con el café medio bebido, ven a su hija no solo regresar, sino crecer. Y eso, tal vez, sea el viaje más importante de todos.

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