El día en que perdí a mi marido no fue solo el día en que él desapareció. Fue también el día en el que se rompió la imagen de mi matrimonio en la que tanto había creído. Todo sucedió demasiado deprisa.
Él salió bien temprano por la mañana, tenía que visitar varios pueblos. Era veterinario rural trabajaba por encargos y casi toda la semana la pasaba viajando de pueblo en pueblo, revisando ganado, vacunando animales, atendiendo urgencias. Yo ya me había acostumbrado a despedidas rápidas y breves, a verle partir con sus botas cubiertas de barro y su furgoneta cargada.
Ese mediodía me escribió desde un pueblo más alejado, decía que había empezado a llover a cántaros y que le quedaba otro pueblo por visitar como a media hora de viaje. Me dijo que, después, vendría directamente a casa, quería llegar pronto para cenar juntos. Le respondí que tuviera cuidado, que la lluvia estaba trayendo mucho peligro.
A partir de ahí no supe nada hasta bien entrada la tarde.
Primero fue un rumor. Una llamada de una conocida preguntando si estaba bien. No entendía nada. Luego llamó su primo, diciendo que había habido un accidente en la carretera hacia uno de los pueblos. El corazón me latía tan fuerte, creí que iba a desmayarme. Minutos después llegó la confirmación: la furgoneta resbaló por la lluvia, se salió de la carretera y acabó en la cuneta. Él no sobrevivió.
No recuerdo cómo llegué al hospital. Solo sé que me senté temblando en una silla mientras escuchaba a un médico explicarme cosas que mi mente no podía comprender. Mis suegros llegaron llorando. Mis hijos preguntaban dónde estaba su padre y yo no sabía qué contestar.
Y, justo ese mismo día mientras aún ni siquiera habíamos podido avisar a toda la familia ocurrió algo que me quebró de otra manera.
Empezaron a aparecer publicaciones en redes sociales.
La primera fue de una mujer a la que no conocía. Ella subió una foto con él en un pueblo él la abrazaba y escribió que estaba destrozada, que había perdido al amor de su vida, que agradecía cada momento vivido juntos.
Pensé que se trataba de un error.
Luego llegó otra publicación. Otra mujer, distintas fotos, despidiéndose y agradeciéndole amor, tiempo, promesas.
Después vino una tercera.
Tres mujeres diferentes. El mismo día. Hablando públicamente de su relación con mi marido.
No les importaba que yo acababa de quedarme viuda. Ni que mis hijos habían perdido a su padre. Ni el dolor de mis suegros. Simplemente sacaron a relucir su verdad, como si fuese un homenaje.
Y en ese momento las piezas empezaron a encajar.
Sus viajes constantes. Las horas en las que no respondía. Los pueblos lejanos. Las excusas de reuniones y urgencias nocturnas. Todo empezó a tener sentido y el estómago se me retorcía.
Enterraba a mi marido mientras comprendía que llevaba una doble quizá triple, vida.
El velatorio fue uno de los momentos más duros. Venía gente a darme el pésame sin saber que yo ya había visto aquellas publicaciones. Algunas mujeres me miraban distinto. Había murmullos, comentarios en voz baja. Yo solo podía sostener a mis hijos mientras las imágenes que nunca quise ver me recorrían la cabeza.
Después del entierro quedó un vacío inmenso.
La casa quedó en silencio. Su ropa seguía colgada. Sus botas todavía con barro se secaban en el patio. Sus herramientas seguían en el garaje.
Y junto con el duelo llegó el peso de la traición.
No podía llorar de verdad su ausencia sin pensar en todo lo que había hecho.
Meses más tarde empecé terapia, porque apenas dormía. Me despertaba llorando cada mañana. Mi psicóloga me dijo algo que me marcó para siempre: si quería sanar, debía separar en mi mente al hombre que me traicionó, al padre de mis hijos, y al ser que amé. Si solo lo veía como el traidor, la herida se quedaría encerrada dentro de mí.
No fue fácil.
Me costó años.
Con la ayuda de mi familia, la terapia, y muchos silencios. Aprendí a hablar con mis hijos sin odio. Aprendí a ordenar los recuerdos. Aprendí a soltar la ira, esa que no me dejaba respirar.
Hoy han pasado cinco años. Mis hijos crecieron. Yo he vuelto al trabajo, he reconstruido mi rutina, salgo sola, me tomo mi café sin sentir culpa.
Hace tres meses empecé a salir con un hombre. No es una relación rápida. Solo estamos conociéndonos. Él sabe que soy viuda. No conoce todos los detalles. Vamos poco a poco.
A veces me sorprendo contando mi historia en voz alta como hoy. No para compadecerme, sino porque siento que por primera vez puedo hablar sin que se me queme el pecho. No he olvidado lo que pasó. Pero ya no vivo atada a ello.
Y aunque aquel día en el que mi marido se fue derrumbó mi mundo entero hoy puedo decir que he aprendido a reconstruirlo, pedazo a pedazo aunque nunca volvió a ser igual.







