Almudena giró la llave y quedó inmóvil: en la puerta se acomodaban tres peluches de sombra.
Siempre esa lluvia de otoño, incesante y monótona, caía sobre los adoquines de la Plaza Mayor. Almudena cruzaba el patio con el paraguas abrazado como si pudiera protegerla no solo de las gotas heladas, sino también del mundo indiferente que la rodeaba. Cuando la llave hizo clic, un susurro corto y quejumbroso resonó detrás de ella:
Miau.
Almudena se detuvo, giró la cabeza. En el umbral, apretados como si temieran el viento, estaban tres pequeños mogollones húmedos. Pequeños, temblorosos de frío. Uno rojizo, otro blanco como la nieve y el tercero negro como el carbón, como si alguien hubiera escogido a dedo los colores más contrastantes para que resultaran extrañamente conmovedores.
Dios mío exhaló casi en voz de sombra.
Los gatitos alzaron la mirada. No pidieron, no llamaronsolo observaron. En esos ojos había algo que le apretó el pecho.
¿Qué hacéis aquí? musitó Almudena, agachándose. Vámonos, crías, vámonos de aquí.
El rojizo alargó cauteloso la patita y rozó sus dedos. Un estremecimiento la recorrió; se puso de pie, abrió la puerta y dio un paso dentro. Se volvió. Los gatitos seguían allí, inmóviles como estatuas de niebla.
Perdón susurró y cerró la puerta tras de sí.
Esa noche el sueño no la alcanzó. Almudena yacía escuchando el viento que susurraba entre las ramas del tilo, y sentía, como si bajo su puerta se filtrara un leve miau. Tal vez el viento aullaba, tal vez era su conciencia.
Al alba la lluvia cesó. Miró por la ventana; el umbral estaba vacío.
Bueno, que sea dijo en voz alta, como justificándose a sí misma. Encontrarán a alguien mejor.
Pero en el pecho le picó una aguja, como si hubiese perdido algo esencial.
¡Almá! gritó una voz conocida desde la calle.
En el patio estaba su vecina Valentina, con la correa de su perro callejero, Jara.
¡Sal, hablemos!
Almudena se ajustó el pañuelo y bajó.
Dicen que ayer había gatitos en tu puerta. ¿Dónde están? preguntó Valentina.
Se fueron encogió Almudena los hombros. Llegaron solos, se fueron solos.
¡Ay, tonta! suspiró la vecina. Los gatos no aparecen por casualidad. Si eligen una casa, llevan consigo algo bueno. ¿Los echaste?
No los eché respondió bajo, casi un susurro. Simplemente no los agarré.
Y eso, Almudena, es pecadorepitió Valentina. Expulsar a quien viene por ti.
Aquellas palabras se clavaron en el corazón de Almudena. Se quedó quieta un momento, luego giró con decisión:
Buscaré a los gatitos.
¡Así se habla! gritó Valentina, animándola.
Con el viejo paraguas en mano y el pavimento mojado bajo los pies, Almudena recorrió el patio, revisó los contenedores de basura, bajo las escaleras, en el sótanonadie. Solo el silencio y el murmullo del agua en las cunetas.
Al día siguiente se levantó al alba, sin encender la radio, se vistió y volvió a buscar. Pasó su propio patio, el del vecino, husmeó en cada rincón.
Miaúsusurró, sintiéndose tonta. ¿Dónde están, pequeños?
Solo la lluvia fina respondió.
El tercer día fue el más duro. Almudena vagó hasta la oscuridad; las piernas dolían, la ropa estaba empapada, pero no podía detenerse. En la entrada la encontró Valentina:
¡Almudena, estás hecha un charco! ¡Te vas a resfriar!
No puedo, Valencontestó cansada. Vinieron a mí y yo
Lo entiendoasintió la vecina. Mañana iremos juntas.
En la cuarta mañana, cuando ya estaba a punto de salir, escuchó un débil miau que venía de abajo. Se agachó y miró bajo la tubería de calefacción. Allí, en la esquina, apretados, estaban dos: el rojizo y el blanco, delgados, empapados, temblorosos. El blanco apenas respiraba.
Mis preciosossusurró, tendiendo la mano con cautela. El rojizo aceptó al instante; el blanco, sin fuerzas, se dejó coger.
Almudena los llevó bajo la chaqueta, sintiendo latir diminutos corazones bajo sus palmas. En la cocina extendió una toalla vieja y los arropó. El rojizo se animó al instante, miró a su alrededor; el blanco permanecía inmóvil.
No mueras, nole susurró mientras le frotaba las patitas. ¿Me escuchas? ¡No te rindas!
Le sirvió leche tibia. El rojizo se aferró al cuenco; al blanco le dio gota a gota con una pipeta. Tras una hora, él emitió un leve maullido.
¡Qué bien lo has hecho!sonrió Almudena por primera vez en días.
¿Y el tercero, el negro?
Dejados los crías al calor, Almudena volvió a buscar. Hasta la noche escuchó un pitido triste bajo el viejo granero. Entre tablas atrapado estaba un diminuto gatito negro.
¿Cómo te metiste allí, tontito?le dijo mientras lo sacaba. La rendija resultó estrecha; buscó un martillo y arrancó la tabla.
El negrito era el más débil de los tres. Almudena lo llevó a casa, lo acomodó junto a los demás sobre una manta vieja al lado del radiador. El rojizo corría por la cocina, el blanco respiraba con regularidad, y el negro
Vamos, pequeño, aguantale cantó, dándole leche. No te rindas.
A la medianoche logró dar algunos sorbos por sí mismo.
Las primeras semanas fueron una montaña rusa: diarrea, fiebre, uno enfermo, otro recuperándose. Almudena no cerraba los ojos de noche, lo calentaba, lo alimentaba, corría al veterinario.
¿Lo das a alguien? sugirió Valentina.
Norespondió firme. Son míos ahora.
Míos. Era la primera vez que pronunciaba esa palabra en mucho tiempo.
Al rojizo lo llamó Rojínpícaro, incansable, siempre metía su nariz en todo. Al blanco lo nombró Nievesereno observador, amante de la ventana y de mirar la calle. Al negro lo llamó Sombracallado, cauteloso, pero el que más se aferró a ella: al sentarse, se acomodaba en su regazo.
La casa se llenó de ronroneos, patitas que golpeaban el suelo, el tintinear de los cuencos. Volvieron los olores de leche, champú, pan recién horneado. Volvió la vida.
Almudena se despertaba antes de lo habitual para atender a sus gatitos: rellenar el bebedero, poner la comida, cambiar la arena del arenero. Su día tenía ahora una rutina claradesayuno, juegos, almuerzo, paseos por el piso, caricias nocturnas y sueño. Y, sorprendente, le gustaba. Por primera vez en mucho tiempo, Almudena encontraba sentido al levantarse cada mañana.
Dos meses después, los gatitos habían crecido, se habían robustecido y se habían convertido en pequeños alborotadores. Especialmente Rojínvaliente, inquieto, siempre tramando alguna travesura. Derribaba cortinas, hacía caer flores, se metía en el armario y causaba un auténtico caos.
¿Qué has vuelto a hacer, revoltoso?le reprendía Almudena, sin enfado, solo con una sonrisa cálida.
Rojín, como entendiendo que todo perdonaba, se frotaba contra sus piernas y ronroneaba: ¡Solo juego, mamá!.
Nieve, por su parte, era todo lo contrariosereno, digno, como si hubiera nacido para reflexiones filosóficas. Ocupaba la repisa de la cocina y podía pasar horas allí, observando el patio. A veces maullaba, como dialogando con las gaviotas o dando instrucciones a los gatos del edificio.
Sombra se volvió su sombra inseparable. Donde Almudena, allí él. A la ducha, la seguía. A la cocina, se colaba bajo sus pies. Cuando ella se recostaba en la cama, él se instalaba en la almohada, enrollado como un ovillo.
¡Qué pegajoso eres!reía Almudena, acariciándole la oreja.
Una mañana algo no estaba bien. Se despertó y sintió un escalofrío. En la cocina Nieve estaba en su sitio, Rojín corría por el pasillo, pero Sombra había desaparecido.
¡Sombra!gritó. ¿Dónde estás, pequeño?
No hubo respuesta. Almudena revistió toda la viviendabajo el sofá, en el armario, en la lavadora. Vacío. El corazón se le encogió. ¿Se habrá escapado por la escalera? Pero la puerta estaba cerrada ¿La ventana? también. Salió al portal, luego al patio, inspeccionó el sótano, el ático, los arbustos del muro.
¡Sombra! ¡Sombra!llamaba desesperada, sin importarle los vecinos.
Valentina asomó la cabeza por la ventana:
Almudena, ¿qué ocurre?
¡Sombra ha desaparecido!casi sollozó. ¡No sé dónde está!
Espera, bajorespondió Valentina. Vamos a buscarlo juntas.
Recorrieron todo el patio, husmearon cada recoveco. Almudena estaba a punto de romper a llorar. En su mente surgían imágenes horribles. ¿Y si lo atropelló un coche? ¿O alguien lo llevó?
No te angustiesintentó calmarla Valentina. Los gatos son listos, lo encontraremos.
Almudena no lograba calmarse. Volvió a su casa, revisó cada habitación. Rojín y Nieve se sentaron a su lado, como comprendiendo su inquietud.
¿Dónde estás, mi niño?musitó, sentándose en el sofá.
Entonces escuchó un leve miau, casi un susurro, que venía de arriba. Se quedó inmóvil, afinó el oído. El sonido subía desde el armario. En la repisa más alta, entre cajas, se asomaba un pequeño bulto negro.
¡Sombra!exhaló, los ojos le brillaron de alivio. ¿Cómo llegaste hasta allá, travieso?
El gatito maulló con timidez, temeroso de bajar. Almudena puso una silla, subió con cautela y rescató al tembloroso Sombra. Lo abrazó contra su pecho, le acarició el lomo y susurró:
¡Qué susto me has dado, tonto!
Sombra ronroneó, chocando su carita contra su mejilla, como pidiendo perdón.
En ese instante Almudena comprendió que no temía sólo perder al gatito. Le aterraba quedar sola otra vez. Aquellos pequeños habían pasado a ser su familia, su razón, parte de su corazón. Rojín se acercó, maulló; Nieve ronroneó complacido; y Sombra se enroscó en su cuello.
Esa noche Almudena sintió, por primera vez en mucho tiempo, que realmente servía a alguien.
Gracias a vosotrosdijo en voz baja, colocando los cuencos de agua. Gracias por llegar a mí.
Ahora Rojín la esperaba en la puerta cada vez que volvía del mercadillo; saltaba, ronroneaba y se frotaba contra sus piernas. Nieve vigilaba la casa como un guardián sabio, observando todo desde su trono en la ventana. Y Sombra, como siempre, permanecía a su ladoatento, leal, con sus ojos amarillos que reflejaban todo su pasado y su presente.
Cuando Almudena se sentía triste, él se recostaba a su lado, calentándola con su cuerpo. Cuando se alegraba, ronroneaba más fuerte, como si compartiera su dicha.
La vivienda volvió a latir. Almudena ya no se levantaba porque tiene que sino porque queríapara alimentar a sus niños, jugar, conversar. Sí, hablaba con los gatos y no le avergonzaba. Porque, como bien sabían, respondían a su manera: un suave ronroneo, el movimiento sutil de la cola, un breve miau.
En esos silenciosos diálogos Almudena descubrió la verdad esencial: ya no estaba sola. A su lado estaban los que la necesitaban y los que ella no podía vivir sin ellos.
Un año después, Almudena estaba en la ventana, mirando el patio donde una vez refugió a los tres gatitos mojados.
Nieve, mira, otra vez lluevele dijo al gato blanco, que reposaba en el alféizar.
Nieve maulló en respuesta, sin apartar la vista del cristal. Había crecido, convertido en un elegante felino de ojos verdes, sereno, como un profesor veterano. Desde el pasillo se oyó el trote de Rojín, arrastrando una ratita de juguete entre los dientes. Seguía travieso, ahora grande, esponjoso, como una naranja viva.
¿Otra vez todo al revés?se rió Almudena.
Y bajo sus pies, como siempre, ronroneaba Sombranegro como el carbón, con la mirada que guardaba todo su pasado y futuro. No se alejaba de su dueña a más de un paso.
Mis tesorossusurró, inclinándose hacia él.
Se oyó el portón cerrarse; Valentina regresaba con su perro.
¡Almudena!la llamó. ¡Sal!
Almudena sonrió, mirando a sus compañeros.
Valen, tenías razónmurmuró. Ellos me salvaron.
Levantó la vista y, en voz baja, añadió:
Gracias, querido quizá fuiste tú quien los envió a mi puerta.
Afuera la lluvia golpeaba rítmicamente el cristal, pero dentro reinaba la calidez y la quietud. Almudena cerró los ojos, escuchando el ronroneo acogedorese mismo sonido con el que había comenzado su nueva vida.
Tres gatos, aparecidos bajo la lluvia, le enseñaron la lección más importante: el amor siempre vuelve, a veces bajo la forma de tres gatitos empapados a la puerta.






