Víctor llegó conduciendo su coche a un pequeño pueblo, cuando de repente vio a una chica parada al borde de la carretera. Ya era tarde y no había nadie más cerca. Se detuvo. – ¿Me llevas?

Hoy, mientras conducía mi camión por las serranías de Castilla, me sucedió algo que jamás olvidaré. Había terminado mi jornada, aunque era fiesta en nuestro pueblo, pero el deber llamaba: debía llevar un cargamento importante a Segovia. Mi madre, previsora como siempre, me había preparado unos sabrosos empanadillos de patata, muy típicos en nuestra familia; todavía estaban calientes y el aroma llenaba toda la cabina.

Ya caía la noche cuando al pasar por un pequeño pueblo de la provincia, vi a una chica sola en la parada del autobús. Solo estábamos ella y yo en aquel rincón desierto de la carretera iluminado por los faros del camión. Paré sin dudarlo.

¿Me podría llevar? me preguntó, con voz temblorosa.

Sí, claro, sube le respondí. Ya apenas pasa ningún coche por aquí y se está haciendo tarde. ¿Llevas mucho esperando?

Sí, mucho contestó, y de pronto rompió a llorar. Me quedé perplejo.

¿Te ha pasado algo? le pregunté suavemente.

Entre sollozos empezó a hablar:

Me llamo Cayetana. Esta noche celebran San Antón en mi pueblo y, como hay puente, una compañera de trabajo me invitó a pasar la fiesta en su casa de campo, cerca de aquí. Su marido había prometido hacer una parrillada y había preparado una buena mesa.

Quedamos en que, al llegar, la llamaría y ella saldría a buscarme a la parada de autobús junto al estanco. Acepté porque antes de las Navidades había roto con mi novio y ella no quería que pasara estas fechas sola y triste.

Cogí el autobús que, según creía, iba a Pedraza. Al llegar, me bajé, la llamé, y me dijo que me esperara en la tienda porque enseguida vendría. Miré a mi alrededor y vi que no había nadie, apenas una farola y campos vacíos, y el pueblo estaba a unos trescientos metros de distancia.

Entonces me fijé en que el autobús tenía el cartel «Prádena» en vez de «Pedraza». Había confundido las líneas, y el autobús ya se marchaba. Grité varias veces, pero el conductor no me escuchó, y dos horas después entendí que ese era el último que pasaba ese día.

No pasaba ningún coche hacia Segovia y pensé en ir andando al pueblo, pero preferí esperar y probar suerte con algún coche de paso.

Así me pasé casi tres horas de pie, helada, sin saber qué hacer. Si no fuese por ti No sé qué habría pasado. Muchísimas gracias.

LláMame Jaime le dije con una sonrisa, no hace falta que nos tratemos de usted.

Cayetana asintió y también sonrió. Me cayó muy bien: sencilla, agradable, sin pretensiones; una chica con carácter y buena presencia.

Paré el camión un rato para que entrara en calor y le ofrecí empanadillos de patata que había hecho mi madre. Ella tenía en el bolso un poquito de jamón serrano, una cuña de queso y hasta una tableta de chocolate negro. Hicimos una cena improvisada y nos contamos cosas de la vida.

A la hora de dormir, echó mano a su abrigo como almohada y se tumbó en la litera superior, mientras yo me acomodé en la butaca. Antes de cerrar los ojos, Cayetana preguntó:

Jaime, ¿estás casado?

No.

¿Y por qué no?

Pues mira, justo hoy he conocido a una chica que me ha gustado mucho. No me he atrevido aún a decírselo.

Ya entiendo

Venga, a dormir, que mañana tengo que entregar la mercancía temprano.

La noche transcurrió tranquila. Cayetana bromeaba diciendo que era la primera vez que vivía una aventura así y que, visto lo visto, casi agradecía que todo hubiera ocurrido.

Durante el viaje, me fui convenciendo de que la vida me había puesto delante a una mujer extraordinaria.

Al llegar de nuevo a Segovia, mientras nos acercábamos a la ciudad, me atreví a pedirle su número de teléfono.

¿Y esa chica que has conocido hoy? me dijo sonriente.

Pues te hablaba de ti le confesé, medio riendo. Me has gustado mucho, me encantaría seguir conociéndote si tú quieres.

No tengo nada en contra respondió ella, con una sonrisa aún más grande. Tú también me has encantado, has sido todo un caballero y me salvaste de un buen apuro.

En abril, Cayetana y yo nos casamos en la iglesia del barrio. A veces pienso que la vida está llena de casualidades maravillosas, que hay que saber ver y aprovechar. Mi mayor lección: si prestas ayuda sin esperar nada a cambio, el destino puede regalarte lo más inesperado.

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MagistrUm
Víctor llegó conduciendo su coche a un pequeño pueblo, cuando de repente vio a una chica parada al borde de la carretera. Ya era tarde y no había nadie más cerca. Se detuvo. – ¿Me llevas?