¡Venid Conmigo!

¡Vente conmigo! Ahora mismo tengo un patio sin perro. Serás un buen guardián, ¡no te voy a engañar! Se montó en su bicicleta y se fue hacia el pueblo. Por el camino, el abuelo Paco se volvió a mirar más de una vez pero nadie corría tras él.

Era una perra “poco sociable” como cuando se dice que alguien es “arisco” Pues ella era igual.

Hace muchos, muchos años, el abuelo Paco salió al bosque a buscar avellanas silvestres y encontró un cachorro adolescente. Solo Dios sabía cómo había terminado aquel animalillo en lo más profundo del monte.

Simplemente vagaba en silencio entre los árboles. Ni siquiera llevaba collar Una cosita pequeña, empapada por la lluvia El abuelo Paco frunció el ceño y se acercó.

Torpe, no muy bonita pero aún así Unos ojos marrones la miraron No eran ojos de cachorro Eran los ojos de una bestia sabia. El abuelo Paco se quedó pensativo.

¡Vente conmigo! Ahora mismo tengo el patio sin perro. Serás un buen guardián, ¡no te voy a engañar!

Se montó en su bicicleta y se fue hacia el pueblo. Por el camino, el abuelo Paco se volvió a mirar más de una vez pero nadie corría tras él. Ya casi se había olvidado de aquel encuentro en el bosque.

Se puso a trabajar en sus quehaceres. Y la granja de la familia no era pequeña: tres cerdos, una cerda con diez lechones, la vaca Paloma, una docena de gallinas, seis patos con sus crías y el gato Plutón

El abuelo Paco lió un cigarrillonunca le habían gustado los de tabaco, abrió la verja y, por fin, se dispuso a descansar un rato sentado en el banco junto a la casa. Pero de pronto, se quedó helado

Unos ojos marrones lo miraban Lo miraban con tanta atención y de un modo tan extraño que el abuelo no supo qué hacer.

¿Entonces, entramos al patio? Tras un largo silencio, el cachorro dio unos pasos atrás y desapareció en la oscuridad.

Esto se repitió no una ni dos noches Cada tarde, aquellos ojos marrones lo observaban, como si lo evaluaran, como si buscaran en él un alma afín

Hasta que, un día, cuando el abuelo Paco estaba sentado en el banco liando otro cigarrillo, “ella” se acercó Lo olisqueó y se tumbó a sus pies

El abuelo Paco no era precisamente un hombre cariñoso, más bien veía a los animales como algo utilitario Y ni él mismo recordaba cuántos cerdos, vacas o gallinas había sacrificado en su vida

Total, los perros están para guardar, los gatos para cazar ratones Ya ni siquiera recordaba cuántos perros habían pasado por sus manos. Unos murieron envenenados, otros de enfermedad Y ahora, la caseta del patio estaba vacía.

A principios del verano, Trueno había “entregado el alma al cielo”el veterinario dijo que fue por las garrapatas. Pero nadie lloró demasiado por Trueno. El abuelo Paco era un hombre duro, de lágrimas escasas

Y su mujer, Carmen, era aún más estoica Vaya carácter tenía la abuela. Todo el pueblo aún recordaba cómo había matado de un puñetazo a un ternero que se le revolvió mientras lo llevaba a beber

El abuelo Paco dio una calada a su cigarrillo y miró al cachorro tumbado a sus pies. Los ojos marrones lo observaban atentos

Bueno, bicho, ¿parece que has decidido quedarte a vivir conmigo? Pues escucha Te daré de comer dos veces al día, lo que Dios me mande Pero no te malcriaré. Hay caseta. Calentita. A veces te soltaré por la noche un par de horas ¡De ti depende guardar el patio! ¡Que nadie se atreva a pasar por aquí sin miedo! Si estás de acuerdo, ¡ven conmigo!

Y así empezó su nueva vida. El abuelo Paco la llamó Estrella. De dónde sacó un nombre tan bonito y melodioso, eso sigue siendo un misterio Ahora, Estrella tenía una caseta cálida, una granja enorme y una cadena.

El tiempo pasó, y de aquel cachorro torpe se convirtió en una perra enorme, hermosa y poderosa, que todo el pueblo temía. Incluso corrían rumores de que en su sangre había algo de lobo

Era tan imponente y peculiar Y sus costumbres no eran las de un perro normal. Nada de mover la cola alegremente, ni lamer manos

Cuando se acercaban el abuelo Paco, su mujer o algún familiar, Estrella simplemente se quedaba tumbada, observándolos con sus ojos inteligentes.

Pero con los extraños estaba lista para destrozarlos. Ni siquiera ladraba mucho Gruñía. Y ese gruñido daba auténtico pavor. Pero solo de día Por eso, hasta tuvieron que mover su caseta del patio a la huerta, para que los vecinos no tuvieran miedo de llamar a la verja.

En cambio, por la noche, el abuelo Paco a veces la soltaba con un:

¡En tres horas vuelvo, y quiero encontrarte aquí! ¡Que las lecheras tienen miedo de pasar por ti a primera hora! ¡¡Y no toques a nadie!! ¡Tres horas!

Nunca mordió ni asustó a nadie Quizá tenía otros intereses Pero siempre, puntual, el abuelo Paco la encontraba en su caseta, y por eso la respetaba O quizá No, todavía no sabía

Hay que decir que Estrella tuvo camadas con regularidad, como manda la naturaleza. Pero lo más curioso es que, aunque el pueblo le tenía miedo, los cachorros se vendían como churros.

Hasta venían de otros pueblos a por ellos. Porque, aunque le temían a Estrella, la respetaban No atacaba sin razón Solo cuando era necesario.

Era un día normal de verano. Después del desayuno, Estrella descansaba junto a su caseta, tomando el sol, mientras con un ojo vigilaba a la pequeña Mari Carmen jugando en el arenero bajo la sombra de un gran árbol cerca de la verja, y con el otro, a la abuela Carmen arrancando malas hierbas en la huerta

Estrella sabía que la abuela ataba a su nieta al árbol para que no se alejara mientras ella trabajaba. Mari Carmen acababa de cumplir tres años, y sus padres la traían al pueblo los fines de semana.

Y la niña, en cuanto llegaba, corría directa hacia Estrella, con los brazos abiertos:

¡Etreya! ¡¡Etreya!!

Y el corazón de la perra se llenaba de alegría y amor por aquella criaturita humana. Y en aquel día fatídico, Estrella vigilaba a Mari Carmen, a la abuela Carmen y se quedó dormida

Se despertó de golpe cuando algo le arañó dolorosamente el hocico. Estrella abrió los ojos. El gato Plutón estaba sentado frente a ella, casi jadeando:

¡Haz algo! ¡Mari Carmen se va a ahogar!

Estrella miró más allá de la valla. Mari Carmen no estaba. Ni en el arenero, ni en el columpio, ni junto al árbol. Estrella miró al gato.

Está junto al estanque. ¡Su sombrero está en el agua y ella va a por él! ¡Vamos, ayúdala! ¡A mí no me hace caso nadie! ¡Aaaaauuuuu!

Y entonces, Estrella ladró. Y ladró. Más fuerte que nunca en su vida. Saltaba, tiraba de la cadena, intentando soltarse

La abuela Carmen se enderezó y miró a la perra.

Esta perra se ha vuelto locapensó

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