La Joven Valiente

¡Ay, qué historia te voy a contar, amiga! Verás, había una mujer llamada Lola, una pelirroja de treinta años, entrada en carnes, que trabajaba de cajera en un supermercado de Madrid. Siempre llamaba la atención por cómo iba vestida: colores chillones, pañuelos de mil estampados, lazos y horquillas en el pelo… ¡y un montón de pulseras y anillos en cada dedo! Los compañeros se partían de risa a sus espaldas, pero ella, ni caso. Delante de su máquina registradora siempre tenía un paquetito de chucherías, porque le encantaba lo dulce.

La gente se quedaba de piedra al verla ahí, con ese pelo rojo como un fuego artificial y más adornos que un árbol de Navidad. Pero oye, trabajaba de lujo: amable, rápida, con una sonrisa que iluminaba el día. Los clientes salían contentos, y la próxima vez iban directos a su caja.

Nadie sabía que Lola guardaba un secreto. Cinco años atrás, unos chavales la habían atacado de noche, robándole el móvil, el dinero y hasta sus joyas de bisutería. Desde entonces, llevaba un táser en el bolso y escondía su miedo bajo esos vestidos de colores. Se moría de pánico con los grupos de jóvenes y las calles oscuras.

Pero un día, pasó algo que ni te lo imaginas. Iba en el autobús, pensando en comprarse algo nuevo para alegrarse el día, cuando tres chicos subieron y, de repente, sacaron navajas. “¡Quietos todos! ¡Bolsos, móviles y joyas, ahora!” Uno amenazó al conductor, los otros empezaron a robar.

Lola sintió ese miedo pegajoso otra vez… pero luego, ¡se cabreó! Recordó la humillación de aquella noche y, sin pensarlo, metió la mano en el bolso. No buscaba caramelos esta vez, sino el táser. Cuando uno de los ladrones se acercó, ¡zas!, le dio una descarga en el estómago. El chaval cayó al suelo como un saco. El otro, al agacharse a ver qué pasaba, recibió lo mismo en el cuello.

El conductor, listo él, paró el autobús y entre todos ataron a los tres. Cuando llegó la policía, no se lo podían creer: ¿esta señora con lazo ridículo y blusa de flores había parado un atraco?

Nunca lo contó en el trabajo, pero esa noche, por primera vez, Lola caminó tranquila por la calle oscura. Hasta le dieron una medalla, y el capitán de la Guardia Civil que se la entregó no podía dejar de mirarla… sin fijarse en los anillos ni en la ropa, sino en la mujer valiente que había detrás. ¡Vaya tía, la Lola!

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