La perra no sabe lo más básico… ¿Qué debería hacer yo?
Mi suegra falleció hace unos años y, después del funeral, me prometí a mí misma respetar la regla sagrada: de los muertos, o se habla bien, o no se habla.
Y también me juré otra cosa: sea quien sea la nuera que llegue a mi casa, yo no me convertiré jamás en ella.
Aunque claro, una cosa son las intenciones y otra muy distinta, el trajín de la vida.
Mi único hijo, Mateo, acaba de cumplir 25 años y este verano llegó a casa con una novia.
Fiel a mi decisión de no meterme en su vida amorosa, la recibí en casa con los brazos abiertos y los ojos entrecerrados, a lo español: bienvenida, sí, pero sin perder la perspectiva.
Me prometí no mirarla por encima del hombro, no buscarle defectos, no soltarle lecciones de vida todo eso ya lo hizo mi santa suegra en su día y nos llevó a odiarnos profundamente.
No pienso espantar ni a Mateo ni a la chica. Reconozco con cierta ternura que me encanta prepararles el café por las mañanas; ya me sé de memoria qué les gusta para desayunar y los mimo los fines de semana. Entre semana, con tanto ajetreo, poco puedo más.
Así que, para no molestar, suelo desaparecerme: me voy con mi marido a la sierra, a visitar a alguna amiga o a casa de mi madre, donde hacemos mermeladas y encurtidos. Así ellos se quedan tranquilos en el piso.
Sin embargo, ocurrió algo que, aunque tiene su gracia, me dejó realmente sorprendida. Una noche, la novia de mi hijo se puso a enseñarnos una blusa nueva que había comprado al salir del trabajo. No era cara y, además, costó aún menos porque le faltaba un botón.
Se la probó, se giró Monísima la chica, no se puede negar que la prenda le quedaba estupenda. Al día siguiente, que era viernes y quedamos para dar una vuelta, le pregunté si pensaba lucir la flamante blusa. Pero me dijo que no podía, porque ¡no había sabido coser el botón!
Yo, que ya casi me trago el churro del asombro, pensé: Ay, Virgen del Carmen, ¿cómo es posible que una chica de 22 años no tenga una aguja y un poco de hilo? ¿Y mañana, hija, qué será de ti? ¿Cómo apañarás una casa, cómo tomarás decisiones importantes si no puedes coser un botón?
Y ahora, no sé muy bien qué hacer: ¿le coso yo el dichoso botón y aquí no ha pasado nada, le enseño cómo hacerlo o la dejo que decida si quiere lucir la blusa o dejarla en el armario junto a la boina que nunca usa?
Una cosa sí tengo clara: no quiero ser una suegra de las malas, ya tuve bastante ejemplo y no me apetece nada seguir ese camino.







