La llave del trece
Una mañana, hace ya tantos años, me llamó mi padre como si lo que iba a pedir fuese cosa de nada:
¿Te pasas por casa? Es que hay que subir la bicicleta. No me apetece liarme yo solo.
Me sorprendió aquella forma de invitarme. Las palabras ¿te pasas? y no me apetece no solían ir juntas en boca de mi padre. Siempre había dicho hay que hacerlo o ya lo hago yo solo. Incluso ya de mayor, con canas en las sienes, no pude evitar buscarle doble sentido a aquel llamamiento, como en las antiguas conversaciones. Pero no había trampa alguna, solo una petición breve. Y eso, curiosamente, me hizo sentirme incómodo.
Llegué a la hora del almuerzo y subí hasta el tercer piso. En el descansillo me detuve un momento, forcejeando un poco con la llave en la cerradura. La puerta se abrió de inmediato, como si él hubiese estado esperando detrás.
Pasa, quítate los zapatos me ordenó, mientras se apartaba para dejarme paso.
En el recibidor todo seguía igual que siempre: el felpudo, la cómoda, los periódicos apilados con esmero. Mi padre tenía el mismo aspecto, aunque sus hombros parecían más estrechos, y cuando se arregló la manga, las manos le temblaron un instante.
¿Dónde está la bicicleta? pregunté, solo para evitar otras preguntas.
En la terraza. La metí allí para que no estorbara. Pensé que podría apañármelas, pero… hizo un gesto con la mano y fue delante.
La terraza estaba acristalada, pero fría, llena de cajas y tarros. La bicicleta reposaba en un rincón, tapada por una sábana vieja. Mi padre la retiró con cuidado, como si desvelara algo valioso, y acarició suavemente el cuadro de hierro.
Es la tuya dijo sin mirarme. ¿Te acuerdas? Te la compramos para tu cumpleaños.
Lo recordaba perfectamente. Las carreras por el portal, las caídas, cómo él, sin una palabra de reproche, me levantaba, me sacudía la arena de las piernas y revisaba que la cadena siguiera en su sitio. Había sido un hombre parco en elogios, pero miraba los objetos como si tuvieran alma y él fuera responsable de su bienestar.
La goma está desinflada observé.
Eso no me preocupa. El buje hace ruido y el freno trasero no responde. Lo probé ayer y casi me da un infarto sonrió, pero la sonrisa duró un suspiro.
Llevamos la bicicleta al salón, donde mi padre tenía su taller: no una habitación aparte, sino apenas una esquina: una mesa junto a la ventana, tapete de fieltro, flexo y una caja de herramientas. En la pared colgaban tenazas, destornilladores, llaves, todo bien ordenado. Tomé nota sin pensar, como siempre hacía: mi padre mantenía el orden en todo lo que podía.
¿Ves la llave del trece? preguntó.
Abrí la caja. Las llaves estaban en línea, pero la del trece no la veía.
Aquí hay una del doce, una del catorce… pero la del trece nada.
Mi padre arqueó las cejas.
¿Cómo que nada? Si siempre ha estado ahí… se calló antes de pronunciar siempre.
Me puse a rebuscar los útiles, abrí el cajón del escritorio. Por allí aparecieron tuercas sueltas, arandelas, un trozo de cinta aislante y una lija gastada. La llave, al final, salió de debajo de un paquete de guantes de goma.
Aquí está dije.
Mi padre la tomó, sopesándola en la mano.
Claro, la debí colocar yo ahí. Será la cabeza… bufó. Venga, pásame la bici.
Puse la bicicleta de lado, con una bayeta bajo el pedal. Él se agachó cauteloso, como si las rodillas fueran de cristal. Fingí no darme cuenta.
Primero la rueda dijo. Sujétala, que aflojo las tuercas.
Cogió la llave, forzó la tuerca que se resistió y él apretó los labios. Le ayudé sujetando la herramienta, y la tuerca se rindió.
Lo habría logrado yo solo gruñó.
Solo intentaba
Ya, ya. Sujeta, por si acaso.
Trabajamos en silencio, usando apenas las palabras precisas: sujeta, no tires, por aquí, cuidado con la arandela. Me sorprende pensar que incluso me resultaba más sencillo así, cuando todo se reducía al trabajo y las palabras no requerían descifrar lo que verdaderamente querían decir.
Dejamos la rueda en el suelo. Mi padre sacó el inflador y revisó la manguera. Era de esos de mango desgastado, de toda la vida.
La cámara no está pinchada, solo habrá perdido aire aseguró.
Quise preguntarle cómo lo sabía, pero no dije nada. Siempre había hablado con convicción, dudando solo por dentro.
Mientras él inflaba, yo inspeccioné el freno. Las zapatas estaban gastadas y el cable ya oxidado.
Toca cambiar el cable anuncié.
Cable… bufó, limpiándose la mano en los pantalones. Creo que tenía uno de repuesto.
Revolvió el armario bajo el escritorio, sacó cajas, rebuscó entre ellas. Estaban llenas de piezas, cada bolsita con su etiqueta. Le observé y pensé que en ese orden no había solo meticulosidad, sino una forma de mantener el tiempo bajo control: mientras todo esté en su sitio, nada escapará.
No lo veo dijo, y cerró la caja con fastidio.
¿Seguro que no está en el trastero? sugerí.
Allí hay un desmadre admitió, con aire de haber confesado un delito.
Sonreí.
¿Tú? ¿Con desorden? Será la primera vez…
Me miró de reojo, pero en sus ojos refulgió un destello de agradecimiento por la broma.
Ve tú a mirar. Yo sigo aquí… Cogió el inflador.
El trastero era pequeño, atestado de cajas y bolsas. Saqué las bolsas hacia un lado, encendí la luz. En la balda de arriba encontré el rollo de cable envuelto en periódico.
¡Hecho! grité.
¿Ves? Te dije que tenía respondió él.
Regresé con el cable. Él lo examinó, dio vueltas a los extremos.
Está bien, solo hay que buscar los terminales.
Volvió a rebuscar y encontró las piececitas metálicas.
Vamos a desmontar el freno propuso.
Sostuve el cuadro mientras él aflojaba el soporte. Sus dedos, secos y con grietas, uñas cortas, me recordaron a los de mi infancia: entonces me parecían irrompibles y fuertes. Ahora emanaban otra clase de fuerza, contenida y paciente.
¿Por qué me miras así? preguntó sin alzar la vista.
Nada. Me preguntaba cómo logras acordarte de todo esto.
Él resopló.
De lo importante me acuerdo… Ahora, ¿dónde dejo las llaves? Eso ya es otro cantar. Hace gracia, ¿eh?
Quise decirle no tiene gracia. Pero comprendí que no se refería a la risa, sino al miedo.
No pasa nada contesté. A mí también me ocurre.
Él asintió con brevedad, como si aceptara darse permiso para no ser perfecto.
Al desmontar el freno descubrimos que faltaba un muelle. Mi padre aguardó un rato mirando el hueco, luego admitió:
Ayer estuve trasteando… igual se me cayó. Miré en el suelo, pero nada.
Busquemos otra vez propuse.
Nos arrodillamos, peinando el suelo con la mano, mirando bajo la mesa. Encontré el muelle junto al zócalo, pegado a una pata de la silla.
Aquí está.
Mi padre lo recogió y lo miró de cerca.
Menos mal… Ya me temía… no terminó la frase.
Supe que lo que quería decir era me temía haberlo perdido ya para siempre. Pero no lo dijo.
¿Te apetece un té? me preguntó bruscamente, como si esa invitación sirviera para cerrar la herida.
Claro.
En la cocina puso la tetera al fuego y sacó dos tazas. Me senté junto a la mesa, observando cómo se movía entre la encimera y el armario. Sus movimientos eran los mismos de siempre, solo un poco más lentos. Sirvió el té y me acercó un plato de galletas.
Come, que estás demasiado flaco.
Iba a replicar que no era cierto, que era la chaqueta, pero me callé. En aquellas palabras cabía todo lo que él sabía decir sobre el cariño.
¿Cómo va el trabajo? preguntó.
Bien. Y, para que no quedara seco, añadí: Se acabó un proyecto, empiezo otro nuevo.
Eso está bien. Que paguen a tiempo, eso es lo importante.
Reí.
Siempre con lo del dinero.
¿Y de qué quieres que me preocupe? ¿De sentimientos? me miró fijamente.
Sentí que algo se me encogía por dentro: no esperaba que pronunciara esa palabra.
No lo sé dije con sinceridad.
Él guardó silencio, acunando la taza con ambas manos.
Yo, mira… empezó, y se cortó para pensar si era demasiado. A veces pienso que vienes porque tienes que, por cumplir. Llegas, saludas y te vas.
Dejé la taza. El té, caliente, quemaba los dedos, no la solté.
¿Y tú crees que es fácil para mí venir? le pregunté. Aquí todo… es como volver a ser niño. Siempre sabes más que yo.
Él sonrió, ahora sin acritud.
Claro que lo creo. Es la costumbre.
Y además respiré hondo: nunca me preguntaste cómo estoy. De verdad.
Miró su taza, como si dentro se escondiese la respuesta.
Me daba miedo preguntar. Si preguntas tienes que escuchar. Yo no siempre supe hacerlo me miró. No se me ha dado bien.
Con aquellas palabras tan sencillas, sentí que el pecho se me aligeraba. No hubo perdón, ni justificaciones. Solo lo reconocía. Era verdad, más que cualquier discurso solemne.
A mí tampoco se me da bien.
Asintió.
Pues habrá que aprender. Con la bicicleta concluyó con una chispa de sorna, como si le hiciera gracia oírse.
Terminamos el té y regresamos al salón. La bicicleta seguía allí, la rueda en el suelo y el cable nuevo encima de la mesa. Mi padre reanudó el trabajo con renovado empeño.
Haz así: Pasas el cable, que yo coloco las zapatas.
Pasé el cable por la funda y lo fijé. Mis dedos, menos hábiles que los suyos, me irritaban. Él se dio cuenta.
No tengas prisa. Aquí no hace falta fuerza. Solo paciencia.
Le miré a la cara.
¿Me hablas del cable… o de todo?
De todo respondió, dándose la vuelta, como si temiera haberse sobrepasado.
Ajustamos las zapatas y apretamos las tuercas. Probó varias veces la maneta del freno: el recorrido era bueno.
Ya frena mejor.
Inflé la rueda hasta que estuvo dura; comprobé que no silbaran escapes. Montamos la rueda y apretamos las tuercas. Me pidió la llave del trece, se la alcancé sin hablar. Encajó en su mano como una prolongación de sus dedos.
Listo anunció. Hay que probar.
Bajamos la bicicleta a la calle. Él la sujetaba por el manillar, yo lo acompañaba. Fuera no había nadie, salvo la vecina del tercero, que nos saludó con la compra en la mano.
Sube, date una vuelta me dijo.
¿Yo?
¿Acaso voy a hacer cabriolas yo ahora?
Monté. El sillín estaba tan bajo como en mi infancia, rodillas casi en la barbilla. Di un par de vueltas a la jardinera, pulsé el freno. El mecanismo respondió obediente.
Va perfecta anuncié al bajar.
Mi padre la llevó un poco, despacio, sin apenas impulso. Al cabo detuvo y apoyó el pie en el suelo.
Bien está. No hemos trabajado en balde.
Entonces comprendí que no hablaba solo de la bicicleta. Sino de la invitación, y de todo lo que envolvió ese gesto tan sencillo.
Quédate tú el juego de herramientas me dijo, como sin importancia. A mí con lo que tengo me sobra. A ti seguro que te viene bien. Ya haces todo tú solo, al fin y al cabo.
Fui a protestar, pero entendí que así hablaba él. No te quiero, sino llévatelo, para que no te falte.
Vale, me lo quedo. Solo no me quites la llave del trece. Esa es tuya, la más importante.
Él sonrió.
Ahora sí que me acordaré siempre de ponerla en su sitio.
Subimos otra vez y en la entrada recogí mi abrigo. Mi padre estaba junto a la puerta, sin prisa.
¿Te pasarás la semana que viene? preguntó, fingiendo indiferencia. Tengo también una puerta del altillo que chirría. Yo la engrasaría, pero ya no estoy para esos trotes.
Lo dijo tranquilo, sin autocompasión. Y supe que en esas palabras no había queja, sino solo una invitación.
Iré, pero llámame con tiempo; que no tenga que venir corriendo.
Asintió, y al cerrar la puerta, murmuró apenas:
Gracias por venir.
Bajé despacio, las herramientas de mi padre envueltas en un trapo me pesaban en la mano, pero no me resultaban un peso. Ya en la calle, miré los ventanales del tercero. La cortina se movió un poco, como si él estuviera allí observando. No saludé; simplemente caminé hacia el coche, sabiendo que, a partir de entonces, podría volver no solo por una faena, sino por esa tarea realmente importante, la que por fin los dos habíamos aprendido a reconocer.







