Diario personal, 12 de marzo
Hoy ha sucedido algo tan surrealista que no puedo evitar escribirlo para intentar entenderlo. Todo empezó esta mañana, cuando mi gato, ese pillo pelirrojo que recogí de las calles de Valladolid el año pasadoal que acabé llamando Leóndescubrió mi móvil nuevo. Qué desastre.
El móvil, recién comprado después de ahorrar mis euros durante meses, olía a mí y estaba tan tibio que León, ni corto ni perezoso, se echó encima, lo abrazó con las patitas y, de un simple roce peludo, ¡lo encendió! La verdad es que ni he llegado a disfrutar realmente del teléfono. Desde el primer momento daba problemas: se calentaba muchísimo incluso al escribir un mensaje. Pero lo peor llegó cuando lo perdí en algún lugar de mi ruta diaria. ¡Qué pena! Un pantallón enorme, batería superpotente aunque parece que fue esa misma batería la que terminó de fastidiarlo. Ahora ni puede devolverlo; simplemente ha desaparecido.
No pude evitar llamarme tonta mientras rebuscaba otro teléfono viejísimo, uno de esos con botones. Teclée mi propio número, imaginando aún que lo encontraría fácilmente. Tono de llamada, pero nadie contestaba. Me eché unas gotas de valeriana para calmar los nervios y me tumbé en la cama, repasando cada sitio donde había estado. Quizá, si rehacía el recorrido, lo encontraría. Y justo entonces, vibró algo debajo de la almohada: me estaban llamando. El número en la pantalla era el mío.
¡Hola! ¿Quién es?
Solo escuché ruidos de fondo, suaves jadeos y, de repente:
Miau
Colgué de inmediato. Se están burlando de mí, pensé, acordándome de que ni le puse bloqueador al móvil. Ahora alguien lo está usando para jugar conmigo. Me invadió una mezcla de rabia y tristeza, pero antes de poder reducirla volvió a sonar el móvil. Las mismas respiraciones, los mismos roces y de nuevo un maullido seco como respuesta.
¡Dejad de llamarme! estallé.
Y nada, los toques siguieron. Al final, convencida de que poco peor podía ir la cosa, me puse la chaqueta y bajé a la calle. Los sonidos venían clarísimos del exterior. Quién sabe, quizá el bromista seguía por ahí, cerca de donde perdí el teléfono. Decidí repetir mi ruta, llamando a mi número cada poco.
De repente, escuché mi tono de llamada. Allí, bajo una encina en la plaza Mayor, hallé la escena más insólita: León sentado, la mirada un tanto resignada, pegando manotazos enfurecidos al móvil, intentando hacerlo callar. El móvil no dejaba de vibrar y sonar; León, fascinado y aterrado, luchaba a su manera. Nada del intrépido rufián que me había imaginado. Solo un felino asustado peleando con un extraño artefacto parlante.
Cuando el gato me vio, su actitud cambió por completo. Corrió a mi encuentro como si me hubiese esperado toda la vida. Se restregó por mis mejillas, ronroneando a un nivel casi escandaloso. Noté que estaba helado, pobrecito: normal que eligiera mi móvil ardiente para refugiarse.
Regresé a casa con el móvil en el abrigo y León hecho un ovillo en mis brazos, pensando en que no era el teléfono lo que más me preocupaba, sino ese amor incondicional a primera vista que aquel animalito acababa de demostrarme. ¿Cómo podía dejarlo solo después de esa muestra de confianza y cariño? León se refregaba contra mis labios y mi barbilla, y aunque me apartaba un poco, en realidad me sentí más acompañada que nunca.
En el fondo la explicación de tanto afecto era más sencilla de lo que parecía Resultó que León estaba borrachín perdido con el olor a valeriana que yo misma me eché para los nervios. Ay, León, ¡menudo día!







