El astuto Timoteo

**El listillo Timoteo**

Lucía y su madre llevaban varios días discutiendo. Se cansaban, se alejaban a sus rincones, guardaban silencio y se enfurruñaban. Pero en cuanto una, ya calmada, retomaba la conversación, volvían las broncas.

—¡Es imposible hablar contigo! No escuchas a nadie. Solo existe tu opinión y nada más. Ni siquiera escuchaste a papá. Por eso se fue —gritaba Lucía. Sabía que mencionar a su padre era un golpe bajo, pero el enfado la arrastraba, incapaz de controlar su rabia.

—Me voy igual, porque no puedo vivir sin Adrián. Lo quiero. Quería irme en buenos términos, pero ya veo que no podrá ser. Soy adulta, tengo veinte años. Antes, a esta edad, las chicas ya eran consideradas solteronas. Tú siempre tan perfecta, ¿no te das asco de ti misma? No quiero ser como tú… —Lucía se mordió la lengua.

—Si no me opongo. Y te escucho perfectamente. ¿Por qué no os casáis, si tanto os queréis? —dijo su madre casi serena, asustada por el arrebato de su hija.

—Otra vez lo mismo —susurró Lucía—. ¿Casarnos? Somos estudiantes. ¿Vivir a tu costa? ¿O a la de sus padres? Que ya le han comprado un piso.

—¿Y de qué vais a vivir?

—Te lo he dicho, Adrián trabaja, hace páginas web y programas pequeños en el ordenador. Le pagan por eso. Sí, mamá. ¿No has oído que ahora se trabaja así, en línea? Tenemos para comer, y en un año terminamos la carrera y nos casamos.

—Pues esperad ese año. ¿O corre prisa? ¿Estás embarazada y no me lo dices? —La madre escudriñó el cuerpo de Lucía con mirada crítica.

—No, mamá, no estoy embarazada. Estoy harta. Hablar contigo no sirve de nada. —Lucía entró en su habitación y empezó a sacar ropa del armario, metiéndola en la mochila. No cabía todo, y se quedó parada junto al sofá, pensando qué hacer.

En ese momento, entró su madre. «Ahora empezará a gritar otra vez», pensó Lucía. Pero su madre se quedó callada unos segundos y salió. Lucía no sabía qué pensar. Minutos después, regresó y dejó sobre el sofá, junto al montón de ropa, una maleta. La misma con la que había viajado al balneario con su padre.

—¡Gracias! —Lucía abrazó a su madre—. No me voy al fin del mundo, vendré a verte. Te llamaré todos los días. Si necesitas algo, dímelo, Adrián y yo iremos a ayudarte.

De pronto, su madre se desmoronó, se sentó en el sofá y se tapó el rostro con las manos.

—Todos me abandonan. Claro, huid, marchaos, como si fuera un monstruo. Joven y sana os hacía falta, pero ahora solo os estorbo. Tu padre ya encontró a una más joven, la vieja ya no le sirve. Cuando le dolía la úlcera o la espalda, ahí sí que me necesitaba. Le cuidaba, le hacía masajes, le cocinaba al vapor. Hasta le extraía zumo de patata y col. Entonces sí que era útil. Pero en cuanto se recuperó, se fue con otra, joven y sana. Ya verás, cuando le vuelva el dolor, arrastrándose vendrá, pero no le perdonaré.

—Y ahora tú te vas. ¿Tan mal se estaba aquí? Tendrás que cocinar, ir de compras, lavar la ropa. Y además, estudiar. La vida de mujer es dura. ¿Y si te quedas embarazada? ¿A qué viene tanta prisa?

Lucía se sentó junto a su madre y la rodeó con un brazo. Notaba su cuerpo tenso, resentido. Incluso le pasó por la cabeza ceder y quedarse.

—¿Por qué no seguís saliendo, como antes? ¿Para qué irte de casa? —No se calmaba.

—¿Por qué la gente vive junta? Porque no pueden vivir separados. Le quiero. Vendré a verte. Te lo prometo. Y llamaré cada día. Si quieres, nos mudamos contigo.

Su madre apartó las manos del rostro y se enderezó de golpe.

—Ni hablar.

Lucía sonrió para sus adentros.

Su madre se casó tarde. Su abuela era muy estricta y no la dejaba salir de su lado. Solo cuando falleció, su madre se casó. Subió al último vagón, como se suele decir.

Lucía tenía veinte años, y su madre ya estaba jubilada. La fábrica donde trabajaba quebró y cerró. A todos los mayores los mandaron a casa. Y encima, su padre le hizo esa jugada. Lucía lo entendía. Pero, ¿cómo dividirse entre su madre y Adrián? Difícil que convivieran los tres. Conocía el carácter de su madre. Y, para qué probar, si Adrián tenía piso. Así era mejor para todos. Solo que su madre temía quedarse sola.

—Perdóname, mamá. Te quiero mucho. Pero también quiero a Adrián. —Lucía se levantó y siguió guardando sus cosas.

Cuando su madre salió, sacó el móvil del bolsillo del vaquero.

—¿Me esperas? —preguntó al otro lado—. Ahora voy.

Guardó el teléfono, se colocó la mochila y arrastró la maleta hasta la puerta.

Su madre estaba en la cocina, de espaldas, mirando por la ventana.

—Mamá, no te enfades. Te llamaré mañana —dijo Lucía con voz culpable.

Su madre ni se movió. Parecía tan perdida, sola y dolida, que Lucía sintió pena. Pero si cedía ahora, si se acercaba, su madre empezaría otra vez a rogarle que se quedara. Y Adrián llevaba rato esperándola en la calle, seguramente helándose. Así que, antes de que su madre reaccionara o ella cambiara de opinión, salió decidida.

Podrían haber cogido un taxi, pero había que ahorrar. Así que fueron a la parada del autobús.

—¿Y? ¿Cómo ha ido? ¿Se ha enfadado mucho? ¿Te ha pedido que te quedaras? —preguntó Adrián en el autobús, apretando la mano de Lucía.

—Bien —refunfuñó ella. No le apetecía contarlo.

—¿Te arrepientes?

—No, qué dices —respondió Lucía rápido, apretándole la mano y acurrucándose contra él.

Lucía llamaba a su madre todos los días entre clases. Se quejaba de la presión, de que le dolían las articulaciones con el cambio de tiempo. Era finales de noviembre, pero hacía un calor extraño, llovía o caía aguanieve. Hasta a los sanos les pesaba ese clima, imagínate a su madre.

Lucía la animaba. Pero oír cada día lo mismo la agotaba. «Tómate una pastilla, descansa», ¿qué más podía decir? Empezó a llamar menos. Aquel fin de semana, decidió visitarla.

—¿Quieres que vaya contigo? —propuso Adrián.

—Mejor voy sola. Para mamá, ahora mismo eres el enemigo público número uno, la causa de su soledad. No falta más que un escándalo. Quédate trabajando.

Lucía compró mandarinas y un pastel. Al abrir la puerta, le golpeó el olor fuerte a valeriana. Le dio un vuelco el corazón. Su madre estaba en el sofá, con una toalla en la cabeza.

—¿Qué pasa, mamá? ¿Te duele algo? ¿Llamo a una ambulancia? —preguntó Lucía, inquieta, sentándose al borde del sofá.

—Ya vinieron. Me pusieron una inyección y se fueron —dijo su madre con voz débil.

—Te traje tu pastel favorito. Voy a poner la tetera. —Lucía salió de la habitación.

«Cuando me vaya,**El listillo Timoteo** (continuación)

Lucía decidió pasar a saludar a la vecina para pedirle que estuviera pendiente de su madre, aunque sospechaba que su malestar era más una representación para hacerla sentir culpable que una verdadera emergencia.

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